La abuela

Es la primera tarde de abril y huele a lluvia. De inmediato, me acuerdo de la abuela. No sé por qué surge esa asociación, porque jamás le escuché decir que le gustara la lluvia ni tengo ningún recuerdo que la vincule a ella.

Han brotado las primeras amapolas en el muro de piedra de la estación del tren y, de repente, la echo tanto de menos que me duele no poder abrazarla. Me acuerdo de su casa pequeña y ordenada, como dice el poeta García Montero, y de las veces que venía a casa y hablaba y hablaba y yo apenas la escuchaba. Recuerdo perfectamente el tacto de sus manos y su forma de coger el periódico después de comer, antes de quedarse dormida. Me acuerdo de pronto de tantas cosas de la abuela…

Se quedó viuda relativamente joven, aunque cuando uno es pequeño los abuelos son siempre así, viejos. Ahora, con la distancia y mis años, me doy cuenta de que la abuela no eran tan mayor. Por eso tenía la fuerza de acoger a tantos nietos, de preparar tantas croquetas, de coger el autobús con nosotros y llevarnos a la piscina cargada de toallas y bocadillos. Dormíamos en su casa muchos días de verano y hacíamos tiendas de campaña con las sábanas y hablábamos de cosas prohibidas en otros meses del año. La abuela no nos reñía, la abuela no nos gritaba. Estaba ahí, como un agosto feliz donde todo lo que necesitábamos nos estaba permitido.

Observo las cuatro amapolas que han nacido entre las hierbas que escapan por las juntas de las piedras del muro del tren y quiero abrazarla y decirle que me cuente toda su vida. Todo lo que nunca nos contó porque no se lo pregunté y seguramente porque ella no quería; porque en casa, a mi abuela y a mi madre no les gustaban las cosas del pasado. Y, como no había pasado, para mí la abuela era solo presente.

Un presente que a veces llenaba con viajes de la tercera edad. Cuando volvía le gustaba contar lo que había hecho, lo que había visto, lo que había aprendido y yo, inmersa en el presente eufórico de la juventud, apenas la escuchaba. Ahora, cierro los ojos y dejo que las primeras gotas de lluvia me mojen la cara. No sé por qué, me siento triste y tengo ganas de llorar. Le he pedido perdón muchas veces. Cuánto lamento haber empezado a conocerla cuando ella hace muchos años que se había ido…

Me gustaría apoyarme en su pecho generoso y blando y reposar mi cabeza, sentirla bien cerca. Le preguntaría cómo se sintió cuando murió el abuelo, si lo seguía queriendo a pesar de lo mal que parece que se portó con ella. Le diría que me hablara de todos sus viajes, uno por uno. Le pediría que me enseñara a hacer sus croquetas de bacalao. Y allí, en su cocina pequeña, le contaría mis cosas. Mis preocupaciones, mis proyectos, mis alegrías, mis anhelos. Le contaría cuánto echo de menos a mamá y le diría que el próximo domingo la recogería para dar un paseo por un sitio que he descubierto donde hay caballos y vacas.

La abuela continuaría preparando la masa de las croquetas en la mesa (qué diminuta era, ahora que yo soy mayor) y me miraría con esos ojos marrones donde cabía todo el universo.

¿Qué te gustaba hacer? ¿Cómo aprendiste a coser? ¿A qué sitios ibas con el abuelo? ¿Qué hacías cuando él se ponía violento? ¿Cómo es que escribía y dibujaba tan bien y luego bebía y era malo contigo, con mamá y con la tía? ¿Sabes que he escrito una novela y algunos cuentos donde hablo de ti? ¿Por qué te echo tanto de menos así de repente?

La abuela empieza a redondear las croquetas con gestos precisos y calmos. Cuando la bandeja está preparada, se lava las manos en la pila y se sienta a mi lado. Creo que me va a contar muchas cosas y que va a responder a todas mis preguntas. La abuela viste con una falda y una blusa que se ha hecho ella misma. Yo espero con las manos sobre la mesa que cojea un poco y espero con los ojos brillantes. La abuela, entonces, se levanta y abre la nevera.

—Mira, hija, qué chorizos tan buenos me han traído del pueblo. Vamos a probarlo, ya verás qué rico.

Como en el fondo la conozco bien, no me sorprenden sus palabras.

Ha dejado de llover y las amapolas lucen más rojas que nunca.

 

2 comentarios en “La abuela

  1. Menos enclenque
    el rojo de la amapola
    es de todo.

    La evocación es tan saludable como el olvido, ese que sin darnos cuenta nos escabulle de lo que fuimos.

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