Ilusión

Todo sucedió en un rato.

Me levanté y los tulipanes tenían la cabeza agachada. No entiendo mucho de flores, era Marga, otra flor, quien se encargaba de traerlas a casa. No solían faltar.

Estaba en pijama y hacía frío. Mientras apuraba el café, que se me había quedado helado, me quedé mirando aquellos tulipanes rojos cabizbajos, desmayados y con los pétalos derrotados. Pensé que estaban en las últimas y dudé si tirarlos, pero también era Marga quien se ocupaba de ello.

Hacía tres días que no la veía porque estaba haciendo un curso. Hacía tres días que apenas me escribía, debía de estar muy ocupada. Hacía tres días que yo no sabía qué decirle en los breves mensajes que le mandaba. Hacía tres días que la cosa languidecía, como los tulipanes que, en esa mañana fría y lluviosa, daban más pena que nunca.

Para distraer mi zozobra cogí el móvil y abrí Facebook. Apareció un artículo recomendado que hablaba sobre ilusiones ópticas. Las hacía un japonés que se llamaba Jagarikin y parecían tener mucho éxito en internet. «No todo lo que ve el ojo humano se ajusta a la realidad», decía. Siempre me han atraído y repugnado a partes iguales estos trucos visuales. Por un lado, parece que el autor te está vacilando mientras se descojona de ti desde su sofá y, por otro, tienen algo que atrapa completamente la curiosidad, eso está claro.

Tenía frío y sueño y, por supuesto, pinché para ver aquella ilusión. Eran dos círculos, uno al lado del otro, cuyo contorno estaba dividido en cuatro partes, coloreadas alternativamente en amarillo fuerte y azul. Dentro del círculo de la izquierda había una flecha que apuntaba a la derecha y dentro del círculo de la izquierda había una flecha que apuntaba a la derecha.

«Dado que el cerebro humano es muy simple, puedes confundirlo usando flechas», explicaba el japonés. Me jodía mucho esa prepotencia de los que inventaban ese tipo de trucos, ya lo he dicho. Pulsé la tecla de inicio y los dos círculos empezaron a girar con las flechas que tenían dentro. Parecía que ambos círculos se movían hacia donde indicaban las flechas, que segundos más tarde se convirtieron en un grupo de cuatro flechas que en un círculo apuntaban hacia fuera y en el otro hacia dentro.

Efectivamente, cuando la flecha apuntaba hacia la izquierda, parecía que el círculo se movía en esa dirección. Lo mismo sucedía con el de la derecha. Cuando las flechas apuntaban hacia afuera daba la sensación de que el círculo se agrandaba y cuando lo hacían hacia dentro parecía que el círculo se hacía más pequeño.

Aunque en realidad nada de eso estaba sucediendo.

El truco, según leí, estaba en el contorno de los dos círculos, pintados del color opuesto a los bordes del otro círculo. De ahí que cuando uno de los dos parecía expandirse, el del otro lado parecía encogerse. Lo mismo sucedía con los desplazamientos laterales, aunque, en realidad, los círculos no se movían.

Cuando quité la vista del móvil, estaba un poco mareado y me pareció que los tulipanes habían recobrado algo de vida. Me senté al lado, en el sofá, y cerré los ojos. Unas formas extrañas aparecieron en la oscuridad mientras notaba un ligero temblor en los párpados.  Eran formas sin forma que iban y venían acompañadas de puntos de luz que se movían aleatoriamente en ese espacio oscuro. Sentí que me mareaba más que antes, así que abrí los ojos.

Se había puesto a llover con fuerza y allí, con los pies descalzos y en pijama, contemplé los tulipanes que, tras esa confusa impresión de falsa vida, seguían mostrándose taciturnos y apesadumbrados.

Al poco, recibí un mensaje de Marga: «Tenemos que hablar».

Y me pregunté si todo aquello no sería más que otra ilusión óptica.

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