Renacer

Está suficientemente demostrado que los humanos somos seres muy complejos, tanto a nivel físico como emocional o mental. Estamos compuestos por tantos elementos que me ha sorprendido saber que el 60 % de los átomos que nos componen son de hidrógeno.

He relacionado esto con algo que no tiene absolutamente nada que ver, pero que no por ello he podido dejar de hacer. Resulta que, a pesar de la citada complejidad del ser humano, a mí hay personas que me parecen que están hechas solo de una cosa. Hay un chico que veo por las mañanas mientras pasea a su perro que me parece que está hecho de pura armonía, mientras que otro padre que cada día acompaña a sus hijos al colegio está hecho de nervios. La quiosquera está hecha de suspiros y el pescadero está hecho de refranes. El farmacéutico está hecho de mal humor y la mujer que atiende el pequeño supermercado de la esquina está hecha de sonrisas perfectas.

Este sería el hidrógeno de estas personas. Yo misma me he preguntado de qué estoy hecha, pero me salían demasiadas cosas, me imagino que al igual que las personas mencionadas, a pesar de que yo las he querido reducir a solo un aspecto.

Pues bien, gracias a uno de los artículos que J. me manda de vez en cuando, me entero de la importancia del hidrógeno, el elemento químico más básico y abundante del universo. «El 90 % de los átomos del Sol son de hidrógeno. El 60 % de los átomos que componen a los seres humanos son de hidrógeno. El hidrógeno es la materia prima para formar estrellas. Sin hidrógeno no hay vida», dice Juan Miguel Hernández en el artículo de El País.

Hay varias cosas que me han enamorado de ese artículo (que recomiendo que leáis si os gustan estas cosas), tanto que para mí son pura poesía, es como si estuviera escuchando hablar a las estrellas.

El astrofísico colombiano Juan Diego Soler lidera un grupo de científicos que acaba de construir el mapa de hidrógeno atómico más detallado de la Vía Láctea. Sí, habéis leído bien, mapa de hidrógeno atómico, ¿no es maravilloso? El resultado más importante de esa investigación es haber encontrado una compleja red de filamentos de hidrógeno gaseoso, que es una reliquia del pasado de la galaxia, y descubrir así que la estructura de este elemento guarda un remanente de antiguas explosiones de estrellas. Es decir, en palabras del propio investigador: «Es como si hubiéramos encontrado un fósil de la muerte de estrellas, y ese fósil fuera a la vez la materia prima para formar estrellas nuevas. La historia de la Vía Láctea está escrita en el hidrógeno atómico».

Ahí lo tenéis. Ya os dije que es poesía.

El hidrógeno se acumula, se enfría, colapsa, forma una estrella y, cuando esa estrella se muere, expide de nuevo ese hidrógeno que otra vez se enfría, colapsa, forma una nueva estrella, muere… y así sucesivamente.

Otra cosa que he descubierto con este artículo es que, lo mismo que hay sitios específicos del planeta (como bosques, montañas, ciudades, desiertos, rutas culturales, edificios, etc.) que han sido declarados patrimonio de la humanidad, existe un patrimonio inmaterial de la humanidad, dentro del cual está la línea espectral de hidrógeno, con la que los científicos estudian la estructura de la Vía Láctea. «Los arqueólogos reconstituyen las civilizaciones a partir de las ruinas de las ciudades. Los paleontólogos reconstruyen antiguos ecosistemas a partir de huesos de dinosaurios. Nosotros reconstruimos la historia de la Vía Láctea utilizando las nubes de hidrógeno».

Pienso de nuevo en todo aquello que nos compone a los seres humanos y me gusta imaginar que somos como el hidrógeno del que estamos hechos, que vamos acumulando pensamientos, emociones, ideas, recuerdos, anhelos, sueños… y que en algún momento todo ello o parte de ello se enfría y colapsa para dar lugar a una nueva idea, una nueva emoción, una nueva experiencia.

Sin todo lo que he sido, pensado, hecho, soñado, amado u odiado y que un día concreto colapsó no sería lo que soy hoy, al igual que seguramente parte de lo que soy hoy seguirá el mismo proceso para seguir evolucionando y reconfigurarme en un futuro cercano o lejano.

La verdad es que no me interesa tanto el resultado como el propio movimiento de mis propias nubes de hidrógeno muriendo y renaciendo en un maravilloso proceso que sigue alimentando un corazón que sigue latiendo emocionado ante la vida y unos ojos que brillan, como pequeñas estrellas de una galaxia, al comprobar que somos parte vital y espejo de un universo que cada día podemos visualizar mejor a nada que descorramos un poco la cortina y nos detengamos a observar.

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