Rebeldía

—Yo es que soy un rebelde.

—¿A tu edad?

—Pues sí, qué pasa.

—Nada, hombre, nada. No te veo mucha pinta de «rebelde», solo eso…

—Has dado en el clavo. Precisamente de eso te quería hablar. De ese «solo»…

—¿De qué «solo»? Más que rebelde, estás difuso…

—Que difuso ni que difuso. Mira, cuando un hombre como yo ha cumplido con la sociedad y ha trabajado, se ha casado, ha tenido hijos, se ha comprado una casa y un coche, paga sus impuestos y hace regalos por Navidad, únicamente puede hacer una cosa.

—Que es…

—Que es rebelarse desde las palabras. Y qué mejor manera que rebelarse contra la vieja Real Academia.

—Pero ¿de qué me estás hablando? No sé qué te ha dado.

—Me ha dado que estoy harto de que nos mangoneen.

—Hombre, me parece a mí que hay cosas más importantes por las que luchar ahora o al menos por las que «rebelarse», usando tu terminología.

—No subestimes el valor de las palabras, amigo. Por cosas tan pequeñas como las tildes se empieza y luego no se sabe dónde puede llegar uno.

—Si tú lo dices…

—Lo digo yo y gente tan importante como Pérez Reverte. Todo un académico enfrentado a sus compañeros de la RAE. Ese tío sí que tiene un par. Yo, al igual que él, reivindico la tilde del adverbio «sólo».

—Pues yo oí un día a mi mujer que decía que no era obligatorio, sino una especie de consejo de la Academia. Vamos, que cada uno puede hacer lo que quiera.

—Bueno, bueno, ya sabes cómo se las gasta esta gente. Si fuera un «consejo» no se habría liado esta guerrilla.

—Hombre, guerrilla, guerrilla… No sé si es para tanto.

—Sí lo es. Uno se somete a la tilde y lo siguiente es acatar sin decir ni mu cualquier excentricidad de cualquier autoridad.

—Para eso están las normas, ¿no?

—Yo las normas me las paso por el forro…

—Anda, anda. Tú lo que tienes es un rebrote adolescente ahora que tus hijos se han hecho mayores y tu mujer pasa de ti.

—Qué tendrá que ver una cosa con la otra. Te voy a poner un ejemplo: «Me tomé un café solo».

—¿En serio? ¿En serio me estás poniendo un ejemplo que ya estudiábamos yo en el colegio cuando éramos pequeños? ¿Ese es todo tu argumento?

—Precisamente es un ejemplo de lo más útil. Y si ya se utilizaba cuando éramos pequeños es porque el debate es antiguo y tiene su solidez. Y sigue siendo actual, tan actual que estamos hablando ahora mismo de eso.

—Pues, si te soy sincero, preferiría que habláramos de las series que estamos viendo o de cualquier otra cosa.

—Mójate. ¿Tú eres de que los que tildan o de los que no tildan el adverbio «solo»?

—Yo me la quité hace mucho tiempo y, si te soy sincero, ahora hasta me molesta un poco. Veo esa tilde y me estorba.

—Acabáramos. Eso es porque has perdido tu espíritu rebelde.

—Y dale.

—En el ejemplo del café, si no lo conocieras, ¿cómo se solventaría la confusión?

—Pues como siempre se ha hecho, con el contexto.

—El contexto, el contexto… Venga a dar vueltas a la frase o a hacerla más larga únicamente por empecinarse en no usar una sencilla y útil tilde. Mira qué bien queda así: «Me tomé un café sólo».

—Es que tú siempre has sido muy tacaño… A veces no sé ni cómo te aguanto.

—No me vaciles, ¿no ves que estoy muy concienciado?

—Pues, chico, tan fácil como decir: «Solo me tomé un café solo cuando estaba solo» y listo.

—¿Tú no has oído hablar de la redundancia?

—Tú sí que estás plasta con esto del «solo».

—La Academia ya ha dado por perdida la batalla, no sé si lo sabes. Somos muchos, una legión ya, los que reivindicamos la tilde de ese adverbio.

—Guerrilla, legión… Se ve que estás muy combativo…

—Y cuando empiezas no puedes parar. Te entra el gusanillo y llegas hasta el final.

—¿Te refieres a?

—Me refiero a otras tildes que nos han usurpado. Como las de los pronombres, por ejemplo.

—Bueno, bueno…

—Yo hace tiempo que me planté también y sigo usando la tilde cuando escribo «éste libro», «ésas flores»…

—Anda, anda, no me seas antiguo, por favor. Esto ya no tiene nada que ver con tu «rebeldía», sino con dar la nota. Además de viejuno, ahí no hay posibilidad de confusión alguna, no te puedes agarrar a la tilde diacrítica ni nada. Ahí ya no hay ni que echar mano del contexto que tanto aborreces.

—Para el carro. ¿Y si te digo: «Me comentó que esta mañana vendrá»?

—Pues blanco y en botella.

—No tan blanco, amigo, porque «esta» podría estar refiriéndose a una mujer. Como si dijeras: «Me comentó que Pili mañana vendrá».

—Ja, ja, ja. Yo de risa partir. Pero ¿tú te estás oyendo?

—No sé qué te hace tanta gracia. Pero, como ya veo que desdeñas ese ejemplo, te pongo otro: «Pili dejó a ese tonto».

—Me alegro por Pili, ya era hora de que abandonara a ese tonto.

—¡Te pillé! ¿Ves cómo has interpretado que Pili dejó a alguien que era muy tonto, o sea, que lo abandonó? ¿Y si fuera que Pili le dio un puñetazo, por ejemplo, y lo dejó malparado o atontado? Como si dijéramos «A ése, Pilo lo dejó tonto».

—Esta Pili tuya cada vez me gusta más. Bravo por ella.

—Eres imposible, contigo no se puede tener una conversación inteligente. Entonces ya no te hablo de mis mayores transgresiones.

—Cada uno en su intimidad puede hacer lo que quiera…

—Ríete, ríete, pero yo sigo poniendo tilde a «truhán», «guión», «ión»…

—Para, para, que ya me ha quedado claro. ¿Nos tomamos una cerveza para celebrarlo?

—Nos tomamos 1 ó 2.

—Venga, hombre, esto es el no va más, ahí ya te has pasado.

—¿Y cómo sabes que le he plantado una tilde a la «o»?

—Solo hay que verte la cara. O, mejor, dicho, únicamente hay que verte la cara que has puesto cuando has pronunciado la pobre «o». Y con este rollo que me has soltado de las tildes no hay que ser muy listo para imaginar que tu cruzada llega hasta el punto desfasado de poner tilde a esa pobre vocal, algo que ya ni sé la de años que ya no se ve por el mundo.

—Ni desfasado ni obsoleto. Rebelde y a mucha honra.

 

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