Trampantojo

Conocí a Belén Bermejo hace ya algún tiempo a través de Instagram, esa red al principio tan denostada incluso por mí misma porque había demasiado selfi y postureo (eso sigue, claro y está bien porque hay a quien le gusta), pero que a mí me ha permitido descubrir a gente admirable por lo que comparte, ya sean fotografías de viajes, recomendaciones y críticas literarias o cinematográficas, poetas, artesanos o cualquier manifestación artística…

Belén Bermejo era editora, pero yo no la conocí por este oficio, sino por sus magníficas fotografías. Publicaba muchas y todas estupendas. Me solía detener durante algunos minutos a observarlas. Hay algo en ellas que atrapa: su sencillez, su color, su perspectiva, su cotidianidad, su alegría, su encuadre… Publicó un libro precioso titulado Microgeografías de Madrid.

Un día le escribí para mostrarle mi admiración y trasladarle mi propuesta de escribir relatos o impresiones inspirados en sus fotografías, que acompañarían a esos textos. Me respondió que estaba de viaje y que hablaríamos a su vuelta, pero luego no volvimos a hablar. No quise insistir.

Belén tenía cáncer y una sonrisa preciosa. Falleció el pasado 27 de junio.

Una de sus últimas fotos es de un escaparate que muestra un mueble de madera blanco, estilo rústico, sobre cuya superficie reposan adornos hechos de flores secas. También se observa su silueta en el instante en que hacía la fotografía. Se aprecia perfectamente su sombrero y yo adivino, como siempre, su mirada curiosa y su sonrisa.

Hoy, ordenando papeles y notas que nunca se acaban, descubro este escrito que nunca publiqué y que hoy me apetece compartir porque Belén Bermejo, sin conocerla personalmente, me inspiraba cercanía, calidez y simpatía. Le gustaban mucho las flores, las puertas y las ventanas, como a mí. Es mi sencillo homenaje por una mujer a la que me habría encantado conocer.

 

 

A veces me gusta soñar. No por la noche, sino a plena luz del día, en la calle, en medio de una acera. Me paro delante de un escaparate y hago como que miro la ropa que hay al otro lado del cristal, pero, en realidad, tengo los ojos cerrados para soñar mejor.

Para soñar, por ejemplo, que estoy sentada al pie de un árbol centenario y allí, con la espalda apoyada en su corteza rugosa, mullida y amable, los problemas desaparecen entre las ramas. Inclino la cabeza para atrás y admiro todo su entramado, hacia arriba, hacia un cielo que se cuela de vez en cuando. Allí, todo está bien.

O sueño que viajo por una carretera larga. No hay mucho alrededor y yo no tengo prisa. Parece que el coche es descapotable y el viento revuelve mi pelo. Parece, también, que no hay mucho que mirar a ambos lados de esa carretera que poco a poco se va definiendo como una carretera de dos sentidos en la que no me cruzo con nadie. Conduzco despacio observando la casi nada, extensiones de tierra, alguna planta, casas aisladas. El sol calienta mi cuello y mi nuca y avanzo con una cadencia que me es innata por ese asfalto que no sé adónde me conduce, pero que disfruto por el solo hecho de avanzar por él.

Un pequeño codazo, el roce de alguien que camina por la acera o que se detiene en mi mismo escaparate me devuelve a la realidad. Parpadeo dos o tres veces para situarme de nuevo en mi vida, en esa calle, delante de un escaparate de ropa que no consigue decirme nada.

Avanzo despacio, pegada a las tiendas, a los portales, a las paredes, pero es difícil no ponerme de nuevo a soñar cuando me encuentro con una tela que cubre un edificio. Es una playa, imagino que del Caribe o algo así, donde aparece el tronco de una palmera, aunque no veo sus hojas ni quizá los cocos que pueda tener.

Me cuesta mucho no meterme en la puerta de ese decorado tan hábilmente disimulado por esa espléndida playa. Un trampantojo perfecto. Sería tan fácil descorrer los dos cerrojos y entrar, pasar al otro lado…

Antes de que mi mano se dirija a uno de esos dos cerrojos atraída por una fuerza que no sé explicar, oigo que algo cae al suelo. No consigo saber qué ha sido, pero el simple contacto visual con la acera, con ese suelo gris que marca las distancias y me informa de que «lo otro» es solo imaginación, solo sueño, me vuelve a traer a tierra como si me dijera: «Es solo una tela, un decorado. Es mentira».

Yo suspiro y sigo caminando, pero no puedo evitar girarme y volver a mirar esa puerta de playa que no sé qué esconde detrás.

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