Abrazos

Soy mucho de guardar cosas. Guardo, por ejemplo, las gomas que sujetan los manojos de los espárragos trigueros, los canutillos sobre los que se enrollan las bolsas para recoger la caca de mi perro, el papel burbuja que envuelve algunos pedidos más delicados, botes y cajas de todo tipo, fotos, artículos de periódicos…

Muy de vez en cuando (pasan años, a veces) hago limpieza. Ocurrió el otro día. De todo lo que me proponía tirar diría que una tercera parte salió de casa y el resto volvió a sus cajas polvorientas. El artículo no era nuevo, pero me pareció de lo más actual y contradictorio en estos días.

Llevaba unas semanas alicaído, sin ganas. Ni mi perro conseguía animarme, hasta el punto de que cuando llegó la pizza que había pedido ni me molesté en guardar esa pieza de plástico en forma de mesita que colecciono sin ningún sentido ni provecho. El artículo hablaba de los abrazos, ese gesto que ahora se vende tan caro, y decía que es un gesto sencillo que puede mejorar nuestra calidad de vida porque sube la autocompasión, baja la presión arterial y nos da una sensación de paz. La autora recomendaba: «Practíquese sin moderación». Sonreí con amargura porque precisamente ahora eso parece un exceso y hasta un delito.

La duración media de un abrazo entre dos personas es de tres segundos, algo que para los investigadores es claramente insuficiente, puesto que han descubierto que cuando un abrazo dura veinte segundos se produce un efecto terapéutico sobre el cuerpo y la mente. La razón es que un abrazo sincero libera una hormona llamada oxitocina, también conocida como la hormona del amor, que nos ayuda a relajarnos, a sentirnos seguros y calmar nuestros temores y ansiedad.

Yo, como soy tímido y más bien introspectivo, nunca he sido mucho de abrazos, hasta que un día que me encontraba especialmente abatido me senté en una cafetería para tomarme un chocolate con churros con el fin de animarme. Cuando terminé, comprobé que no me sentía mucho mejor y, en cambio, la acidez de estómago amenazaba con estropearme aún más la tarde. En ese momento, se presentó una chica que trabajaba en mi mismo edificio, aunque en otra empresa, con la que coincidía algunos días a la hora de comer. Nunca habíamos intercambiado palabra.

Pues bien, me saludó con la mano, se sentó sin pedir permiso, me miró durante bastante tiempo y luego, sin decir nada, me dio un abrazo suave. Mi primer impulso fue zafarme, pero al cabo de tres o cuatro segundos empecé a sentirme reconfortado, no sé si por su calidez, por su olor como a madera o porque no trataba de imponer nada. Me fui aflojando y abandonando entre sus brazos hasta el punto de que fue ella la que tuvo que retirarse finalmente, de una forma amable y delicada, eso sí.

—Gracias —le dije.

Sentía que flotaba, debía ser la oxitocina, de la que por aquel entonces no tenía ni idea.

—No hay de qué.

—Es que no sé abrazar ni ser abrazado —confesé como si fuera un niño pequeño.

—Me he dado cuenta, pero al final te has dejado hacer.

Y me contó de un sitio donde ella iba a hacer relajación y a practicar el arte del abrazo. Puse cara de espanto y le di las gracias.

Unas semanas más tarde, en una tarde de domingo que se alargaba más de la cuenta sin que lograra llenarla con nada, me abracé a mi perro que, tras unos segundos, se retiró a su cama, como si yo le molestase. Decidí visitar el centro de relajación, no tenía nada que perder. Allí, pese a mis resistencias iniciales, aprendí a abrazar y ser abrazado. No lo lograba siempre ni con todas las personas, pero mis brazos ya no estaban tensos ni mi cuerpo dispuesto a salir pitando. Ya no canturreaba mientras me abrazaban ni me movía de un lado a otro como un péndulo para distraerme del propio abrazo.

Lo sé por propia experiencia: no todo el mundo sabe hacerlo. Hay quien aprieta mucho, hay quien deja los brazos demasiado flácidos, hay quien respira muy fuerte y quien aguanta la respiración hasta casi ahogarse… Se podrían decir muchas cosas de las personas y los abrazos.

Tras mi aprendizaje, cuando no encontraba a nadie idóneo para darle un abrazo, me abrazaba a mi perro y, algo que había descubierto también, a los árboles que me gustaban. Eso me procuraba cierto bienestar y era yo quien tenía la sartén por el mango. Abrazaba cuanto quería y me retiraba cuando lo estimaba oportuno sin dar explicaciones ni forzar ningún gesto, menos aún ninguna palabra. Los árboles son así de generosos.

Aquel día, después de meses de estar confinados y con el suelo del salón lleno de cajas y papeles, añoré más que nunca un abrazo. El artículo resumía muy bien sus beneficios: mejora del sistema inmune y del estado de ánimo, reducción del estrés, la ansiedad y la presión arterial, beneficios cardiovasculares, relajación de los músculos, elevación de la autoestima, generación de confianza y seguridad y rejuvenecimiento del cuerpo.

Esto último no se cumplía en mi caso, pero no se puede poner uno quisquilloso ni exigente con estas cosas. Para un tipo callado como yo, el abrazo supone mantener el contacto con la gente sin tener que decir nada. Un abrazo habla por sí solo, lo puedo asegurar.

En medio de aquel desorden, llamé a mi perro, que prefirió seguir dormido en su cama. Lo soborné con dos galletas que devoró en un segundo para volver a retirarse. Nada de abrazos.

Salí a la calle y en ese septiembre de días dorados, me acerqué al parque más cercano. Elegí un árbol y lo abracé. Me reconfortó un poco, pero necesitaba algo más. Se me ocurrió de pronto que tal vez podría abrazarme a mí mismo.

Así lo hice.

Ahí estaba, en medio del parque rodeándome con mis propios brazos y los ojos cerrados disfrutando del aire cálido de la tarde, cuando escuché:

—¡Será pervertido!

Y me desabracé como si estuviera haciendo algo malo, peor aún que abrazar a otro.

Como digo, esto de los abrazos es un arte y un misterio.

 

1 comentario en “Abrazos

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