Confesiones

La misa terminaba a la una, pero, como en la pospandemia todo lleva mucho más tiempo que antes, decidí ir pronto para recoger a mi madre con el coche. Me había llamado la noche anterior para decirme que iría andando hasta la iglesia, que el paseo le vendría bien después de tres meses sin salir de casa. Noté que estaba muy nerviosa por reencontrarse con sus amigos fieles y ella misma me dijo al final que no creía que pudiera pegar ojo por la noche.

—Mamá, no vas a un estreno.

—Ay, hijo, qué nervios tengo. No sé ni qué ponerme.

—Pues lo de siempre, ¿no? —dije tratando de recordar la ropa que usaba mi madre, que era básicamente una falda negra que le llegaba hasta media pierna y una blusa de color indefinido debajo de una chaqueta de color igualmente difuso.

—No sé por qué tienes que ser tan desagradable y desabrido.

Yo iba a decir cualquier cosa, cuando ella añadió:

—Igual me pongo la falda negra con esa blusita tan mona. Sabes cuál, ¿no? —Y, sin esperar respuesta, siguió—: Eso sí, me pondré un poco de sombra de ojos ahora que pintarse los labios es una tontería porque con esto de la mascarilla ni se te ven.

Me quedé pasmado. Mi madre nunca se había pintado los labios y, menos aún, se había apuesto sombra de ojos.

—Vas a ir muy guapa —contesté sin saber qué decía.

—Me he estado estudiando las nuevas normas, me las he hecho llegar don Curro por medio de su sobrina, esa niña tan pánfila. —Hizo una pausa por si yo añadía algo y continuó—: A la entrada hay una alfombra para que nos desinfectemos los pies y gel de mano al lado del agua bendita, hasta han señalizado los bancos uno a uno. Solo podemos entrar treinta y una personas, por eso tengo que estar allí bien pronto, no sea que me quede sin sitio.

—La misa es las 12.00, ¿a qué hora piensas ir?

—Pues ya veré, hijo, pero entre que ando lento y que hay que ir con tiempo, no sé, igual salgo de casa sobre las diez y media.

Yo sabía perfectamente que a esa era la hora mi madre ya estaría plantada en la iglesia, lo que equivalía a decir que saldría de casa a las nueve y media si no antes.

—Felipín se encargará de organizar la entrada y de sentar a los asistentes en los espacios reservados. Se lo ha encomendado don Curro y está entusiasmado. Si se forma jaleo, lo ayudará la pánfila.

—No la llames así, mamá.

—Es que no me acuerdo de cómo se llama, tengo la cabeza a pájaros.

—Lo sabes de sobra. Se llama Inés y bien que te viene cuando te hace favores.

—Solo habrá tres personas cada dos bancos, para mantener la distancia de seguridad —siguió, obviando a la sobrina del cura—. Los espacios están perfectamente señalizados con carteles y don Curro ha usado cinta aislante como de policía para indicar las zonas en las que no puede haber nadie. También ha puesto cintas para señalizar el pasillo para la hora de la comunión, ¿sabes? Ahora las cosas no son como antes —matizó con un tono un tanto misterioso.

—Ajá.

—Espera, que te leo el folleto… Don Curro escribe muy bien y lo explica todo perfectamente. —Se oyeron unos ruidos extraños y volví a escuchar a mi madre—: El párroco se lavará las manos con gel antes de oficiar la ceremonia y antes y después de la comunión. Y, en el momento de la comunión, ya no habrá el tradicional diálogo entre el cura y el fiel. Además, será por turnos.

Me quedé pensando qué tipo de «tradicional diálogo» se podía dar entre el párroco y el comulgante en esos breves segundos de tomar la hostia consagrada. Estaba tratando de recordar las misas de mi infancia, cuando mi madre interrumpió mis pensamientos:

—No habrá choque de manos en la paz, sino que nos pondremos la mano en el corazón.

— Umm…

—Pues mira, de esto me alegro, porque hay cada mano por ahí que da asco. Que si están sudadas o muy secas o frías o, ahora con esto del gel, pegajosas… Mejor cada uno a lo suyo. —Pensé que había acabado, pero la retahíla continuaba—: Felipín no va a pasar el cepillo, sino que don Curro ha dejado una cesta a la salida para los donativos. ¡Ah! Y las puertas deberán estar abiertas antes y después de la misa para evitar el contacto de los fieles con los pomos y las manillas. Ya ves que don Curro lo tiene todo previsto —dijo excitada.

—Bueno, pues…

—Te sigo leyendo. Se recomienda mantener un solo cantor o algunas voces individuales y algún instrumento. No habrá hoja de cantos ni se distribuirán pliegos con las lecturas o cualquier otro objeto o papel. Al terminar la celebración, se desinfectará todo el templo, desde los bancos hasta los objetos litúrgicos.

—Pero si vosotros no tenéis coro, ¿no? —dije, acordándome de la señora que de vez en cuando cantaba algo (con penoso resultado) sin el acompañamiento de una mísera guitarra.

—Bueno, ya sabes que está doña Amelia, que a veces viene con su hija y hacen unos dúos preciosos. Tendrías que escucharlas. Ahora solo podrá venir doña Amelia, a no ser que se la haya llevado por delante el virus… ¡Ay, qué ganas tengo de ir a misa!

No hacía falta ser muy listo para darse cuenta de que mi madre estaba francamente desquiciada. Me la imaginé en su cuarto con la ropa ya preparada y hablando una y otra vez con sus amigas sobre la hora a la que se verían a la entrada de la iglesia. Todas estaban ansiosas por retomar su rutina feligresa. Semanas atrás, mi madre ya me había informado por teléfono de que el arzobispo había dispensado a los fieles de asistir a misa debido a la pandemia y los había exhortado a seguir la celebración dominical por radio o televisión e incluso por internet. De hecho, don Curro había abierto un canal en YouTube para dar misa, pero según me había contado mi madre, dada la edad media de su congregación, las tecnologías no habían ayudado a aumentar o siquiera mantener la audiencia. Mi madre había intentado por todos los medios que fuera a su casa un domingo con el ordenador para escuchar la misa, pero yo me había negado, poniendo como excusa que, por encima de todo, estaba su seguridad.

—Yo voy todos los días a trabajar, mamá, es peligroso que vaya, no quiero exponerte a un contagio.

—Lo entiendo, hijo —dijo con voz de no estar entendiendo nada.

Iba a colgar ya para despedirme de mi madre hasta el día siguiente, cuando retomó el hilo, incansable:

—También hay normas para las confesiones, pero parece que de momento don Curro tiene el confesionario cerrado; además, ahora ya no viene don Manuel a echarle una mano los domingos y él no da abasto con todo. De todas formas, no tiene mucho sentido si hay mantener la distancia y eso en el confesionario es imposible.

Por fin pude colgar. Al día siguiente, arrastrado por su neurosis, yo también llegué pronto a la iglesia. Eran las doce y media cuando aparqué al lado de la capilla. Efectivamente, las puertas estaban abiertas y al lado del agua bendita había un bote de gel hidroalcohólico. Pensé para mis adentros que el agua bendita tendría que ser una especie de seguro contra el virus, pero, obediente, me eché un poco en las manos.

Cuando se me acostumbró la vista, me di cuenta de que aquello más que una iglesia parecía un terreno en obras. Había carteles, cintas señalizadoras y plásticos por todos los lados. Eso sí, las medidas tomadas por don Curro habían tenido efecto porque todos estaban sentados estratégicamente en los bancos.

Parecía que la misa estaba llegando a su fin. La tarde anterior me había quedado con la duda de si el cura daría la misa con mascarilla, pero don Curro, fiel cumplidor de las normas, no la llevaba puesta. Felipín, desde un lateral de la iglesia, me hizo un gesto con la mano para que no me sentara, así que me dirigí a la esquina del fondo, al lado del confesionario. Me extrañó que no tuviera cinta amarilla y negra para indicar que estaba cerrado, tal y como me había contado mi madre, así que, cuando Felipín no me estaba mirando, abrí la cortinilla con disimulo y entré en el confesionario sin saber por qué. Me estaba viviendo un recuerdo lejano de mis confesiones de la infancia cuando escuché:

—Ave María Purísima —dijo una voz al otro lado de la celosía. Era una voz tamizada, como si estuviera disfrazada o envuelta en algo.

—¿Perdón? —dije con la intención de correr la cortina y salir pitando.

—Adelante, hijo, ya veo que hace tiempo que no te confiesas.

Me quedé callado durante unos segundos, en los que creí escuchar una respiración crepitante y rasgada al otro lado. Debía de ser don Manuel. Estaba a punto de decirle que todo era un error cuando me dijo:

—Tranquilo, hijo, tómate tu tiempo.

Me arrodillé involuntariamente y, como no se me ocurría otra cosa, carraspeé dos o tres veces. La vista se me había acostumbrado a la oscuridad y pude ver que, pegada a la rejilla que nos separaba al cura y a mí, había una mampara de plástico con pequeños agujeros. «Y mi madre sin enterarse de esta novedad», fue lo primero que pensé.

Fuera, se escuchaban pasos que rozaban contra el suelo, quizá la misa había acabado. Allí dentro hacía demasiado calor y olía raro.

—Sin pecado concebida —dije un poco aturdido, acordándome de pronto de la respuesta adecuada.

—Tú dirás —dijo la voz cavernosa y lejana, tamizada aún más por la mampara y quizá por la mascarilla que acaso aquel cura debía de llevar puesta.

—Verá, padre, mi vida es un infierno.

—No digas eso, hijo, ni en confesión.

—Perdón, es la falta de costumbre.

Se hizo un silencio; solo se percibía la respiración asmática de aquel hombre. Yo tenía la frente llena de sudor y me dolían las rodillas de estar postrado.

—El otro día robé en el supermercado. Me he quedado sin trabajo y tenía hambre.

—Más alto, hijo, apenas te escucho.

Volví a carraspear.

—Le digo que he robado, padre. Y no en el súper del barrio, no. Me fui al Corte Inglés —dije excitado y elevando el tono de voz por los nervios y para que el cura me oyera bien—. Total, ya que tenía que robar algo para comer, pensé que era mejor algo bueno. Cogí dos sobres de jamón de bellota, uno de salmón noruego ecológico y unas anchoas de las caras.

Esperé a que la voz dijera algo, pero su mutismo me invitó a continuar:

—Además, he dejado de pagar el alquiler y estoy haciendo chapuzas sin IVA.

El cura parecía estar meditando, porque solo se oía su respiración entrecortada y rugosa.

—Confieso que visto mucho porno en el confinamiento, la soledad es muy mala, no sé si usted lo sabe… —Tras unos segundos de espeso silencio, deduje que me invitaba a seguir—: Lo de robar no fue solo esa vez, le he cogido el gusto y apenas compro nada. Me he dado cuenta de que no es tan difícil.

No sabía por qué estaba diciendo tantas mentiras, salvo lo del porno, todo hay que decirlo. Dado el silencio del cura, me sobresalté cuando oí su voz.

—Debes reconducirte, hijo, no puedes seguir así, aunque Dios lo comprende y te perdona.

—Ya…

—Bueno, son tiempos excepcionales y también el perdón es excepcional. Anda, ve en paz y haz algo de provecho. Ego te absolvo a peccatis tuis.

Me extrañó que no me mandara rezar unos padrenuestros y unas avemarías, así que me incorporé como pude. Me dolían las rodillas y estaba sudando. Cuando descorrí la cortina vi que mi madre estaba sentada en el banco contiguo con las manos cruzadas sobre el regazo y los ojos cerrados. Estaba seguro de que me había escuchado y quise explicarle que lo que le había contado al cura era casi todo mentira, que no sabía por qué lo había hecho y que, si ella quería, estaba dispuesto a volver a entrar y confesarme de verdad.

La tomé por el brazo, compungido y disperso, y dimos tres o cuatro pasos hasta la salida. Antes de poner los pies en la calle dijo:

—Don Manuel sigue enfermo, pero ha dicho don Curro que para el domingo ya estará bien y podrán empezar con las confesiones. Además, tiene pensado hacerlas también desde el coche aprovechando el descampado que hay detrás. Como en los sitios de comida rápida, ¿a que es buena idea?

No pude responder nada, así que me limité a mojar los dedos en agua bendita deseando retomar cuanto antes mi rutinaria y monótona vida.

 

 

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