Autocine

Era viernes por la noche y hacía más frío del que habitualmente suele ofrecer el mes junio, lo que me agradó bastante porque Beatriz (odiaba llamarla Bea) no había dejado de quejarse sutilmente como hace ella debido a que mi coche no era descapotable, lo que cual habría sido «ideal» para disfrutar de nuestra visita a un autocine. Beatriz estaba encantada. Yo estaba un poco alarmado y mustio, sin saber bien por qué. Nada de eso me parecía «excitante» ni novedoso como a ella, a quien le había parecido una idea brillante que nuestra primera cita después del confinamiento fuera en un cine para coches. Yo ni siquiera había preguntado por la película, detalle que Beatriz había interpretado como un deseo de dejarme sorprender.

—En tiempos de distanciamiento físico, el habitáculo del coche se ha convertido en uno de los espacios más seguros para disfrutar del ocio —me había dicho por teléfono.

En realidad, yo solo quería seguir distanciado porque en esos meses me había dado cuenta de que me encontraba perfectamente en soledad. Veía películas y series y, sobre todo, pintaba mis figuras medievales con la dificultad que implican las cotas de malla y las armaduras, los escudos con representaciones de leones, leopardos, águilas castillos y las gualdrapas de los caballos. Había convertido la mesa del comedor en una especie de taller y exposición que me encantaba ver nada más levantarme. Poco a poco, me había ido olvidando del trabajo, de la familia, de los amigos y de Beatriz, a la que había logrado ir esquivando con la excusa inventada de un máster online que me ocupaba muchas horas. A Beatriz todo lo que fuera hacer «algo de provecho» le parecía estupendo, aunque eso implicara no poder hacer videoconferencias.

—Nada más ni nada menos que 27 000 metros cuadrados al aire libre y una pantalla tan enorme que no te la puedes imaginar.

Creía que nada podía ir a peor, cuando Beatriz añadió:

—Así no tenemos que tener contacto con nadie, estate tranquilo. Además, los empleados van protegidos según las normas de seguridad sanitaria y nos tomarán la temperatura antes de entrar. Y, por si fuera poco, luego nos llevan las palomitas y la cena al coche sin coste extra.

Iba a decirle que tenía que entregar un trabajo del máster de forma urgente, que me había entrado fiebre o que me había roto una pierna cuando Beatriz me mandó una foto de las entradas con una sonrisa que casi se salía de la pantalla del móvil.

Una vez que llegamos, todo fue sumamente penoso hasta que un operario con una linterna fosforescente como de policía nos indicó con muchos aspavientos el lugar exacto donde teníamos que situar el coche. Beatriz le daba las gracias desde dentro con una sonrisa para mi gusto desproporcionada y a mí me sudaban las manos. Debíamos de estar a muchos metros de distancia de la pantalla, que, hasta que diera la hora de la película, no hacía más que escupir un anuncio tras otro. El volumen era ensordecedor aun con los cristales bajados, pero Beatriz había insistido en que, cuando empezara la película, las bajáramos para parecer «más americanos».

—Lástima de capota —volvió a decir.

Pensé en huir poniendo como excusa la necesidad de ir al baño, pero Beatriz me había repetido treinta veces que los aseos portátiles estaban cerrados como medida de higiene y que saliera de casa con «todo hecho». Tampoco podía improvisar una urgencia familiar porque en el autocine todo estaba milimétricamente ordenado y habría tenido que molestar a los coches que nos rodeaban para poder salir.

Beatriz parloteaba sin parar mientras yo, ya con la noche cerrada, observaba los cuatro rascacielos de Madrid, situados al final de la Castellana. Todo estaba oscuro salvo el fulgor de la enorme pantalla y los destellos de las cuatro torres que me resultaban magnéticas y terroríficas a partes iguales.

Beatriz me apretó la mano y me ofreció unas palomitas que alguien debía de haber llevado hasta su ventanilla sin que yo me diera cuenta. Yo no podía decir nada y menos aún tragar palomitas.

—Qué soso —dio Beatriz con la misma sonrisa, pero más forzada.

Empezó la película, que se titulaba El ascenso. Pensé que era muy apropiado, puesto que no podía parar de mirar aquellos rascacielos con todas sus plantas iluminadas e imaginarme cómo tenía que sentirse uno en esa cúspide metálica. Sin poder evitarlo, me imaginé a mí mismo con unos pantalones de traje, una camisa con gemelos y unos tirantes rojos observando la ciudad desde mis dominios con las manos cruzadas en la espalda al lado de una mesa de cristal muy sofisticada llena de mis figuras medievales.

La película trataba de Samy, un joven senegalés que se propone escalar el monte Everest para impresionar a la mujer a la que ama ante la mirada del mundo entero. Beatriz me susurró (sin que hubiera necesidad) que estaba inspirada en la historia de Nadir Dendoune, el primer franco-argelino que coronó la cima más alta del mundo.

Samy vivía en una zona obrera de París un poco mediocre y con un paro bastante elevado. Era de familia modesta y tenía tres hermanos, un padre taxista y una madre protectora.  Exactamente igual que yo, salvo que mi madre, más que protectora es una histérica. Mi padre también es taxista, pero su coche es de alta gama y lo lleva tan limpio que da reparo montarse en él. Le iba bastante bien y ganaba mucho dinero, por lo que yo no tenía ninguna necesidad, como Samy, de demostrar nada al mundo. Justo en ese momento, sin poder evitarlo, me acordé de la vez en que en un autocine (no sabía si ese mismo u otro) un hombre le pidió la mano a su novia en directo en pantalla y ella dijo que no ante cientos de personas.

—Hace años, un chico se declaró a su novia en este mismo autocine. ¿Y sabes? Ella le dijo que no. ¿No te parece increíble? —dijo Beatriz entre asombrada y abatida.

Un ligero mareo hizo que tuviera que reclinarme en el reposacabezas mientras un sudor frío me empapaba la espalda. ¿Acaso todo aquello, incluida la sonrisa magnificada de Beatriz, obedecía a un plan para que ella se me declarara delante de todo el mundo? ¿Todo estaba urdido de antemano? ¿En qué momento había acordado con los responsables que la película se detuviera para que ella surgiera en la pantalla diciéndome palabras de amor y proponiéndome matrimonio? ¿Había sido casualidad que la película fuera justamente la historia de un senegalés dispuesto a coronar el Everest para demostrarle su amor a la chica de la que estaba enamorado? ¿O había sido capaz de Beatriz de negociarlo?

A pesar de que teníamos las ventanillas bajadas para parecer más americanos, abrí la puerta y salí del coche, lo que inmediatamente me valió las recriminaciones de nuestros vecinos. Me puse de cuchillas en el suelo al lado de la puerta mientras Beatriz se inclinaba por encima de la palanca de cambios para tratar de averiguar qué me pasaba.

—Sube, anda, que estás dando el espectáculo —dijo susurrando.

Allí acuclillado miré para los lados, sorprendido de que ninguno de los coches que teníamos alrededor se moviera al compás amatorio de sus ocupantes. «Basta», me dije alarmado por haberme dejado llevar por el recuerdo de alguna mala película y el entusiasmo americano de Beatriz.

Conseguí volver a sentarme justo cuando el guía de la expedición de Samy decía: «No se trata del ritmo en el ascenso, lo importante es no pararse». Beatriz me miró de reojo. Su sonrisa se había ido apagando y solo volvió a resurgir levemente cuando una chica vestida de los años cincuenta nos trajo una bandeja con la cena y nos deseó buen provecho con una sonrisa que le daba cien vueltas a la de Beatriz. Yo solo tenía ganas de vomitar, pero por no hacer el feo cogí mi hamburguesa con patatas y me la puse encima de las rodillas.

De pronto, un sonido aún más fuerte que el que brotaba de los altavoces del autocine impidió que siguiéramos escuchando el diálogo entre Samy y su guía. Fuimos muchos los que asomamos la cabeza por la ventanilla para ver cómo un helicóptero sobrevolaba el autocine. Todo aquello sí me parecía una verdadera película: la enorme pantalla, los coches, la hamburguesa pegajosa rozando el volante, los rascacielos y ese helicóptero.

Me acordé de una entrevista al filósofo Rafael Argullol que había leído la noche anterior en la que mostraba su preocupación por que la salida a todo lo vivido en relación al coronavirus fuera una en la que los mecanismos de control de la libertad fueran demasiado lejos. Cámaras que nos están vigilando, noticias inquietantes como los sistemas de geolocalizacion de los móviles y la creación de carnets víricos, cosas que si se convierten en persistentes pueden ser una amenaza para la libertad tremenda, decía. Estuve a punto de abandonar la entrevista, ciertamente angustiado, cuando el filósofo explicaba que debemos mantener la esperanza porque la parte más brillante del Renacimiento, en Florencia, apareció justo después de la peste negra. «El ser humano es imprevisible, tanto puede ir en una dirección como en otra», lo que me había dejado igual de angustiado y aún más confundido.

Argullol reconocía que, aunque era lógico tener miedo, no había que entrar en estado de pánico, ni quedar paralizado, porque la vida es insegura y frágil. Venía a decir que nadie nace con un certificado de seguridad, aunque parece que lo habíamos olvidado. La entrevista finalizaba con una especie de consigna: «Coraje, compasión y espíritu libre».

El helicóptero se estaba alejando cuando en la pantalla Samy decía: «Antes de que puedas amar a alguien, ámate a ti mismo».

Tiré con disimulo la hamburguesa por la ventanilla y me limpié los dedos en el pantalón. Luego subí el cristal y apoyé la cabeza al tiempo que cerraba los ojos para hacerme el dormido. No sabía bien cómo combinar la compasión y el coraje, así que continué fingiendo que dormía para no tener que enfrentarme a la extraña sonrisa de Beatriz mientras me preguntaba cómo podía resultar tan difícil entender que yo no quería escalar nada ni hacerme el americano, sino quedarme tranquilamente en el campamento base pintando pequeñas figuras medievales.

 

 

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