Recortables

recortes Astro. N.º 26. Ed. Roma. Barcelona

Recortes Astro, n.º 26. Editorial Roma. Barcelona

 

Cuando era pequeña y vivíamos en Vitoria, un día apareció mi padre, exultante, con un coche nuevo. Era un Chrysler verde metalizado. Grande, muy grande. Tanto que destacaba en la acera sobre todos los demás. Mi padre hacía sonar el claxon con fuerza y alegría mientras mi madre, mis hermanos y yo lo veíamos desde la ventana de la cocina del quinto donde vivíamos.

Desde allí arriba el coche se veía enorme y brillaba demasiado. El claxon no paraba de sonar y creo recordar que mis hermanos aplaudían. Yo no, porque todo aquello me daba muchísima vergüenza. No quería aquel coche grande, verde y brillante. Tampoco quería que mi padre tocara el claxon ni que ninguno de nosotros aplaudiera ese espectáculo.

Debía de ser por mi timidez, claro. Durante toda mi infancia me esforcé mucho por pasar desapercibida, ser de las niñas «normales», ni alta ni baja, ni lista ni corta, ni líder ni de las que se quedaban atrás. Y aquel coche desentonaba y mucho.

Luego, vinieron años de llamar la atención, por supuesto. De ir probando estilos y destacar de alguna manera para ir construyendo mi personalidad y afianzándola. Hubo años en que no me importó ser la «rarita» porque eso quería decir que era diferente, que me había forjado mi propio carácter, que no era como los demás.

Cuento todo esto porque el otro día me acordé, no sé por qué, de los recortables con los que jugábamos las niñas de aquellos años. Nunca se me dieron bien. Las prendas de papel que venían no se ajustaban del todo bien a la niña modelo y se caían constantemente, a pesar de que yo doblaba con la uña la pestaña para que no se moviera e, incluso, les ponía celo por detrás.

Pues bien, una de las cosas que me han sucedido en este retiro de más de dos meses es que, sin darme cuenta, se me han ido cayendo ideas que tenía fijas en mi cabeza, se me han roto juicios y prejuicios y se han desmontado algunas estructuras internas.

En estos días raros que nos ha tocado vivir (en los que todo daba vueltas demasiado rápido, pero también el silencio lo llenaba todo en una especie de tiempo sin tiempo), se me han roto varias imágenes que tenía de mí misma, como esos modelos de papel recortables con los que jugaba cuando era pequeña y que, a pesar de que los intentaba sujetar de la mejor manera posible, terminaban cayéndose y dejando a la niña modelo con su vestimenta original.

Y así me he quedado, un poco más desnuda. O, al menos, con menos capas. Menos disfraces. Menos personaje y ojalá más persona.

Como resultado de todos esos movimientos más bien sutiles, me he dado cuenta también de que me han entrado ganas de hacer como cuando era pequeña, cuando lo único que quería era vivir tal y como era de una manera natural, despojada de artificios. Sin añadidos que llamaran la atención, sin el aparataje necesario de la adolescencia, la juventud y unos cuantos años que vinieron después.

El hecho de volver a conectar con esa sensación de no necesitar capas añadidas o elementos que llamen la atención no se debe ya a la vergüenza, sino a que, cuantos menos conceptos, ideas y papeles asumo de mí misma y de los demás, mejor me reconozco en el espejo cada día.

 

 

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