Mayusculistas

«La escritura normal utiliza habitualmente las letras minúsculas, si bien, por distintos motivos, pueden escribirse enteramente con mayúsculas palabras, frases e incluso textos enteros; pero lo usual es que las mayúsculas se utilicen solo en posición inicial de palabra, y su aparición está condicionada por distintos factores». Esto lo dice el Diccionario Panhispánico de Dudas, que tanto consulto por mi oficio.

Pues bien, al igual que la escritura normal utiliza habitualmente las letras minúsculas, también en la vida normal nos manejamos casi siempre minúsculas. Sin embargo, no vamos a hablar aquí de lo que se pueda considerar «normal», sino de esos otros «distintos factores» que menciona el diccionario.

En estos días raros de retiro pandémico, muchas cosas que eran normales han dejado de serlo y, al mismo tiempo, lo extraordinario ha bajado dos o tres escalones para ponerse a pie de calle. A quien era una hazaña pasar toda la tarde en casa un día entre semana le ha sido ofrecido un sinfín de días y de horas: tiempo para hartarse. Quien no se había reconciliado con el sofá de su salón o tenía una pila de libros pendientes de leer, ya no tiene excusas que poner. La crispante frase «no me da la vida» ha dejado de tener sentido en los días raros.

Y lo que era «normal», como era dar un paseo, ir de cañas o atiborrarse de centros comerciales se ha convertido en una auténtica excentricidad, casi en una locura. La distopía (esa representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana), inventada por escritores, guionistas y cineastas, no es algo que esté por venir, sino que ya lo hemos vivido, lo hemos consumido y nos lo hemos tragado como si tal cosa, sin ningún miedo ni pavor. Y resulta que ahora muchos están acongojados por lo que pueda pasar. No creo que haya nada más revolucionario en estos momentos que el silencio y el ajetreado y un poco alocado canto de los pájaros.

Bien, regresemos tras esta pequeña digresión a las mayúsculas.

En estos días raros, hay personas que han decidido abandonar las mayúsculas, de las que, por otra parte, se habían adueñado sin permiso. Hace años ya que la Academia nos viene diciendo que no son necesarias las mayúsculas para las fórmulas de tratamiento, como se hacía en el pasado, donde se empleaba esta mayúscula inicial por motivos de respeto, pero ¿a quién no le gusta una buena mayúscula?

No es lo mismo decir «Director General del Departamento de Administración y Finanzas» que «director general del departamento de administración y finanzas» o «Soy Doña Pepita, Directora del Área Tecnológica» que «Soy doña Pepita, directora del área tecnológica». Pues bien, sé de muchos que en estos días y en estas semanas extrañas han cogido las mayúsculas y las han tirado a la basura o las han colgado del perchero de la entrada, que se ha quedado sin mucho uso porque no se puede salir a la calle. Tengo la certeza de que hay quien, nostálgico de un pasado que no volverá a ser igual, ha metido en álbumes todas sus mayúsculas para poder echarles un vistazo de vez en cuando si llega la melancolía.

Y todos aquellos que por un motivo u otro han decidido desprenderse de la mayúsculas se han dado cuenta de que sus pasos son más ligeros y de que aquella presión que sentían y que se iba metiendo dentro de ellos hasta inundar cada célula de su cuerpo ha ido desapareciendo como por arte de magia. Al tiempo que han aprendido a manejarse por la vida con las sencillas minúsculas, advierten que ahora un simple bocadillo de atún con tomate les sabe mejor que nunca y que las sábanas han adquirido una suavidad nueva que hace que se metan en la cama con gusto, sin necesidad de pastillas ni televisión, con la confianza de que al despertar una minúscula y tímida línea de luz se colará ente las rendijas de la persiana. Y don Manuel, Chief Analytics Officer, se encuentra mucho mejor desde que es Manuel (Manu para los más atrevidos), responsable de análisis de datos. En ocasiones, surge un efecto colateral: abandonar el empleo del inglés para apuntalar la mayúscula y hacer que eres más y mejor. Y Manuel ahora que se ha hecho más mortal y menos engolado ha comprendido que su trabajo es de lo más aburrido y algunas tardes hasta se aventura a imaginar otra vida.

En estos días raros, hay quienes han empezado a dejar de ver la tele o a mirarla con otros ojos, hastiados y abrumados de las mayúsculas publicitarias, por ejemplo, que resultan de lo más agresivas cuando la vida se ha minimizado. Lo que hasta hace bien poco podía resultar atractivo, motivador o ilusionante (VEN A VERNOS, NO TE ARREPENTIRÁS; COME FRESCO, GANARÁS VIDA; CERCA DE TI; SIEMPRE CONTIGO; TUYO, AHORA MÁS QUE NUNCA…) ahora se ha convertido en algo estomagante, molesto, antipático e insoportable.

Por otro lado, también están los que han hecho el proceso a la inversa. Aquellos que, hartos de una vida tranquila y «normal», no han podido con tanta sencillez en las últimas semanas (la cotidianeidad pura y dura los ha aplastado) y han cogido las mayúsculas desechadas por el vecino o han salido a la calle de extranjis y las han comprado en el mercado negro. Y así, de pronto, se han puesto las mayúsculas y han empezado a actuar como verdaderos imbéciles. Y dejan carteles en el portal advirtiendo TE ESTOY VIGILANDO, A TI Y A TU PERRO. O gritan desde el balcón TE VOY A DENUNCIAR. O se vienen arriba y vociferan para todo el vecindario VIVA ESPAÑA, que en la cresta de la ola suelen envolver como para regalo con signos de admiración para darle más empaque a la cosa. ¡VIVA ESPAÑA! Todos sabemos, a estas alturas, que no hay nada tan cargante como un mayusculista que se alía con un admiracionista. No hay cosa peor, os lo digo.

Y sin tener en cuenta la paz de los minusculistas, se genera hasta una pequeña guerra en estos días porque los mayusculistas no conciben la vida en pequeño e insultan y molestan a aquellos que dicen «gran confinamiento» en lugar de «Gran Confinamiento». Referirse a este retiro en minúsculas por entender que se trata de algo meramente descriptivo no tiene ningún valor para los mayusculistas, que se agarran al sentido antonomástico e histórico de la pandemia para darle aún más relieve, no sea que alguno todavía no se haya enterado.

Mientras, la naturaleza sigue su curso, libre de la molestia humana. Aves, peces, delfines, plantas que asoman tímidas entre el asfalto, pájaros que alborotan, cabras que se acercan a tu ventana, jabalíes por las ciudades, patos silvestres, aguas cristalinas…

La naturaleza, sin alardes ni alharacas, se expande, crece, se oxigena y se expresa a lo grande.

Ella sí en mayúsculas.

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