Detrás de la palabra: Tiempo

 

Hablemos un poco del tiempo, de la duración de las cosas sujetas a mudanza, porque de eso, de una especie de mudanza, es acerca de lo que vamos a reflexionar.

Hablemos, pues, del pasado y del futuro en estos días raros en los que las horas se estiran y se encogen de una manera diferente y donde a veces el tiempo y el espacio se funden en una nueva sensación, para muchos desconocida, que atrae y da pavor a partes iguales.

En estos días he recordado que, para los aymaras, población indígena de los Andes, el pasado está delante y el futuro está detrás, y el concepto de tiempo y el concepto de espacio confluyen en un único término o categoría que ellos denominan pacha.

Al contrario que nosotros, para ellos el futuro está detrás, pues todavía no se ve, en tanto que el pasado y el presente están delante, pues ya se han visto y se ven. «Los aymaras no comprenden el futuro porque solo saben lo que está ocurriendo, que es presente, y los sucesivos presentes conforman el pasado, que se sabe cómo se desarrolló, pero nunca pueden hablar de futuro, sencillamente porque es algo que no existe, no ha llegado todavía y no se sabe lo que es porque permanece oculto», dice José Antonio Cobeña en su blog.

En los días raros que vivimos, tal vez no estaría de más hacer como los aymaras, colocar el pasado delante para verlo con nitidez y que no nos pese como una losa. Si uno hace el ejercicio de situar el pasado delante, puede darse cuenta de que se obtiene otra perspectiva completamente distinta. El pasado, lo que ya ha sucedido, se observa con una nueva visión, una nueva mirada más amplia que permite descubrir matices que hasta ahora nos habían pasado inadvertidos en el constante y agotador hacer y decir diarios.

Al poner el pasado delante de nosotros, además de matices, lo que vemos enfrente son directamente actos, pensamientos y verdades que con mucho afán hemos mantenido escondidos o envueltos en nebulosa porque a veces consideramos que es mejor mirar para otro lado o hacer como que aquello no nos pertenece realmente, no sea que tengamos que tomar alguna decisión o hacer algo al respecto.

Lo mismo que no se trata de esconder el pasado situándolo bien detrás de nuestras espaldas, con la propuesta aymara de colocarlo delante de nosotros tampoco estamos hablando de recrearnos en él como si no tuviéramos otra cosa que mirar, pero sí observarlo con un gran angular y extraer alguna conclusión o análisis que nos permita ir creando otros presentes bien distintos.

Tal vez sea un buen momento para quedarnos a gusto en este presente incierto, dudoso, tan nuevo, y vivirlo de forma plena. Es precisamente una de las cosas más bellas de cada instante: su autenticidad y completitud.

Si conseguimos congraciarnos con cada presente, podemos lograr disfrutarlo, sentirlo, vivirlo y degustarlo como un bocado exquisito, efímero, pero que a la vez lo contiene todo y es algo perfecto en sí mismo.

En los días raros, no estaría de más ir ocupándonos de cada presente para que él solo vaya creando un pasado formado de infinitos momentos que tengamos bien a la vista.

Cuando uno se ocupa de cada presente no está girando el cuello para ver el futuro que los aymaras sitúan a sus espaldas, puesto que, sencillamente, este no existe. Colocar el futuro detrás es una opción excelente para que este se vaya formando solo con lo que hagamos, digamos y pensemos en cada momento. No hay un futuro vasto, inexpugnable y desconocido delante de nosotros y, por tanto, no debemos preocuparnos por llenarlo con nada.

Y a mí me parece que es un alivio, la verdad.

La vida de los aymaras gira en torno al Sol. Es una evidencia que el Sol sale todos los días, aunque no tanto que nos demos cuenta de ello. No hay que preocuparse de si saldrá o no, no hay nada que predecir ni forzar ni elaborar. Es algo que no falla nunca. No necesita futuro.

Si uno se levanta y alza la cabeza y mira hacia arriba, hacia el Sol, se da cuenta de que es eso lo que alumbra cada día, cada presente. Y que acaso no sea necesario llenarnos con las incertidumbres, dudas, deseos, miedos, afanes, preocupaciones, sueños e ilusiones por un futuro que, para los sabios aymaras, es claramente innecesario.

Yo me asomo a la ventana, escucho el piar de los pájaros y el sonido de las hojas movidas por el viento, siento el aire frío en la cara, observo el movimiento de las nubes, una nieve inesperada, huelo la primavera recién estrenada y, libre de futuro y congraciada con el pasado, me quedo a mis anchas en este momento que, de pronto, me regala un rayo de Sol en la mirada.

 

 

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