El castaño

Mi amiga Nati me pasó un sobre como si se tratara de algo importante, incluso confidencial. Estábamos tomando un té en uno de esos cafés de mesas redondas con faldas de terciopelo y velas con churretes de cera que casi nadie se puede resistir a no tocar. A mí no me gusta el lugar, pero a Nati, que es muy teatrera sí, dice que tiene mucho «encanto». No sé si tiene encanto, pero es cierto que es el único local del pueblo donde te puedes tomar un café sin el sonido de la tele o de las máquinas tragaperras.

Los días que quedamos en el café, Nati se arregla de forma distinta, se pone pañuelos en la cabeza o se echa mucho rímel o aparece con anillos demasiado grandes que no le veo lucir nunca más; incluso parece que habla distinto, con una cadencia inusual.

A mí me divierte y solo de vez en cuando me permito hacer alguna observación puntual sobre su atuendo y siempre en tono halagador. Ella me da unos toques con sus uñas largas en la mano y luego nos tomamos un té con un trozo de tarta Sacher.

Pues bien, Nati me pasó el sobre con mucho misterio. Yo abrí los ojos y ella asintió levemente al tiempo que dejaba caer los párpados de una manera que no supe interpretar. Abrí el sobre y extraje una hoja impresa, que leí seguidamente.

Era una especie de bando municipal donde el Ayuntamiento solicitaba a los vecinos que no abrazaran el castaño centenario que hay al final de la carretera con el objetivo de prolongar la vida del ejemplar, ya que las pisadas —nuestras pisadas— estaban compactando el terreno, evitando así que no penetrara el aire en las raíces.

Desde el consistorio nos pedían encarecidamente que respetáramos la nueva señalización que prohíbe el acceso al perímetro que rodea al ejemplar, que acababa de ser renovado para mejorar las condiciones de vida del árbol.

Dejé caer la carta sobre el cristal de la mesa y suspiré, pero Nati me dio otro de sus toques en la mano para animarme a seguir, así que volví a coger la carta y seguí leyendo. El Ayuntamiento explicaba que el servicio municipal de parques y jardines había procedido a renovar el acolchado exterior con el objetivo de «mejorar sus condiciones de vida y que este querido árbol esté mucho más tiempo con nosotros» y añadía: «Para muchos vecinos es una agradable rutina diaria pasear hasta el castaño y algunos de ellos no pueden resistir la tentación de abrazar al árbol. Estamos seguros de que les proporciona un gran bienestar, pero tenemos que pedirles que respeten la señalización que lo prohíbe y no entren en el perímetro acotado, que también se ha renovado».

Leí con desgana el último párrafo, donde recordaban que hacía cuatro años ya se procedió a descompactar y airear su base de raíces «con air spade, un instrumento de excavación de aire que sirve, entre otras aplicaciones de la arboricultura, para localizar, estudiar y descubrir las raíces de los árboles sin dañarlas, con el fin de mejorar su vida».

¿Air spade? —dije.

—Efectivamente, querido —dijo Nati adoptando uno de esos términos que solo empleaba en ese café.

—¿Dónde ha quedado entonces todos los beneficios de abrazar a los árboles y todo eso que tan pomposamente nos contaron en el curso que nos dieron?

—Puedes seguir abrazando a los árboles, mon chéri, pero a «otros» árboles.

—Nati, no te pongas excesiva. Deja de hablarme en francés, que esto es serio.

—Por eso te estoy acompañando.

—Pues mira, no pienso dejar de abrazar a ese castaño. Si hace falta, lo haré de madrugada o cuando no haya nadie.

—Igual ponen cámaras.

—No fastidies, Nati, me estoy poniendo malo. Voy a escribirles una carta para recordarles todos los beneficios de los que nos hablaron, que si cura la depresión, que si mejora los niveles de concentración, disminuye el estrés, ¡incluso que si sirve para algunas formas de enfermedad mental! ¡Y para los dolores de cabeza!

—Lo sé, Matías, lo sé. Estuve contigo. Yo no soy tan entusiasta, ya sabes, hay algunos de raspan.

—Nati, por dios.

—Pero sí, hablaron de todo eso y más. Y todos nos echamos a campo a abrazar a los árboles, parecíamos de una comuna o algo.

—Qué cosas tienes, una comuna… Pues mira, igual era raro al principio, pero yo le fui cogiendo el gusto y ese castaño es especial para mí.

—Pues habla con el ayuntamiento, igual te dan una especie de bula papal o consistorial…

—Nati, me estás poniendo muy nervioso. ¿Estás para ayudar o qué?

Nati, bajó los párpados lentamente, inclinó un poco la cabeza y volvió a darme unos toquecitos en la mano.

—Querido, por ti estoy dispuesta a encadenarme al castaño cual Tita Thyssen en el Paseo del Prado.

Suspiré y metí el comunicado en el sobre. Me sentía engañado, estafado. Nos habían animado a abrazar a los árboles para sentirnos mejor y ahora me privaban de algo tan beneficioso… Yo no sentía nada especial en aquel castaño, me refiero a que no notaba ningún tipo de vibración y cosas de esas, pero el tacto de su tronco me calmaba y me hacía sentir a gusto. No me sucedía lo mismo con otros árboles.

—Tranquilo, ya tengo preparados los disfraces para la incursión de esta noche. Ropa negra, gorra y deportivas. Tú no te vas a quedar sin abrazar a tu árbol, mon chéri.

Y yo no supe si alegrarme o levantarme y salir corriendo. Finalmente, suspiré y esta vez fui yo quien di unos toquecitos sobre la mano de Nati.

Enchanté, ma chérie.

 

 

1 comentario en “El castaño

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