Personajes

Yo era un escritor fracasado hasta que un día adquirí cierto éxito en el sector. No exactamente como escritor, pero casi. Tampoco se trataba de un éxito público, notorio, reconocido. Era un éxito en B, digamos. Estaba en boca de muchos escritores, de agencias literarias, de escuelas de escritura y de algunas editoriales; al menos, en muchas de ellas se me conocía, aunque casi todos hacían como que no.

Quizá os estéis preguntando a qué me dedico, pues bien, no lo demoro más. Puedo decir con orgullo que poseo una de las mayores bases de datos de personajes que pueda existir. Casi todos son personajes puramente originales; otros, inventados a partir de personajes que ya existen pero que «cruzo» con otros o los doto de nuevas características hasta dar vida a un ser nuevo único.

No voy a negar la genialidad de algunos escritores, pero no es oro todo lo que reluce, os lo puedo asegurar. La imaginación decae, los clichés abundan, los tópicos, los prototipos, los personajes planos, sin vida, como hechos en serie. Cuando esto sucede, ellos (vamos a dejarlo así) recurren a mí, a mi base de datos. Casi siempre utilizan seudónimos, como si a mí me importara quiénes son. Yo no juzgo a nadie. Yo vendo personajes, y cuando uno se mueve en el mercado negro literario no hay remilgos que valgan.

Mi modus operandi es este: fabrico de uno en uno los personajes. No hay algoritmos, ni fórmulas, ni mecanización de ningún tipo. Les dedico toda mi atención, los voy engordando y dotando de matices, les busco mujer o marido, o un hijo, o una empresa que está en quiebra, o un viaje inesperado. Les invento una casa, una ciudad, un entorno. Los doto de una fisonomía y me fijo hasta en qué ropa interior llevan y qué sabor de chicle es su preferido. También les procuro unos sentimientos en consonancia; el mundo emocional es muy importante en el mundo de la ficción y yo me esmero mucho en esto. De tanto crear personajes, creo que me he convertido en un buen conocedor de la raza de humana, una especie de psicólogo metaliterario, y domino todos los matices.

Igual pensáis que es fácil, pero os aseguro que no. Todo el mundo puede inventar un personaje taciturno o deprimido; o, al revés, uno de estos personajes vitales que exhalan positividad y buen rollo en cada frase que dicen o en cada cosa que hacen. Lo difícil es ser capaz de inventar criaturas que sean completas, con sus luces y sus sombras, pero que, al mismo tiempo, no resulten demasiado «corrientes». Y ese punto extra, ese toque de individualidad y de particularidad que yo les doy es lo que me asegura el éxito.

Porque no solo se trata de todo lo que he explicado hasta ahora, sino que cada uno de ellos tiene una forma de hablar, de expresarse, unas muletillas y un universo propio.

Por último, ofrezco exclusividad. Que me mueva en el mercado negro literario no quiere decir que sea un pirata. Cuando un cliente compra un personaje sabe que ese personaje es solo para él, que nadie más lo va a tener y que esa criatura de ficción es única y no va a aparecer en ningún otro lugar. Como los escritores y gentes del sector son personas delicadas y susceptibles, siempre les pongo el mismo ejemplo: les digo que nunca, nunca (y recalco bien esta palabra) les va a pasar como cuando dos famosas van a una fiesta de prestigio y aparecen con el mismo traje de alta costura.

Con esta breve (y quizá básica) explicación logro dos cosas: me comprometo a que eso sea verdad y pongo en valor mi producto porque, no sé si os habéis fijado, en el ejemplo siempre utilizo los términos «prestigio» para referirme a la fiesta y «alta costura» para aludir a mis personajes. Ellos se quedan tranquilos, con la seguridad de estar haciendo una «compra segura» en lo que para ellos es el inframundo literario, y, además, con la sensación de que están haciendo una gran adquisición, un traje exclusivo.

En mi negocio suceden cosas parecidas a las del mercado textil. Hay gente que se compra ropa y luego la devuelve porque no le vale o no le gusta o porque la adquirió en un momento de estrés o de desesperación y luego, una vez en casa frente al espejo de la habitación, se dan cuenta de que realmente no la quiere. Otros guardan alguna prenda, la usan una vez sin quitarle la etiqueta, y luego la devuelven. Incluso hay quienes guardan ropa que les han regalado en temporada y luego la descambian para adquirirla dos días más tarde más barata en las rebajas. Sí, hay de todo y yo conozco todos sus mezquinos métodos.

En mi área, tengo clientes que después de haber comprado un personaje me lo han devuelto. Una veces, después de probarlos; otras, sin siquiera probar. O eso dicen. Yo sé que es mentira porque cuando regresan a mí esos personajes no son exactamente los mismos. Han sido usados, tienen una mota de caspa, una pequeña mancha o cierta holgura que no tenían antes.

De pronto, cuando los quiero meter en la base de datos, compruebo que no encajan del todo bien. ¿Que cómo lo sé? Porque de pronto hablan de una manera distinta. Si, por ejemplo, antes decían «¡Qué diablos!» ahora dicen «¡Qué hostias!». O si antes vestían una minifalda de cuero ahora se han puesto un pantalón de pinzas. He detectado, incluso, cambios de residencia. A quien yo le había diseñado una casa unifamiliar en las afueras de pronto veo que se ha ido a vivir a una buhardilla del centro.

A veces trato de entender por qué han hecho esos cambios, pero casi nunca consigo explicármelos porque se deben a algo que su dueño les ha hado. Muchos empiezan a escribir una novela o un cuento y cuando a la página veinte ven que aquello no funciona me devuelven al personaje. «Sin usar», dicen. Pero para algunos personajes es demasiado tarde. Han probado ya otras cosas, otra forma de vivir, en cierta manera se han contaminado, y ya no se puede hacer nada con ellos.

Solo unas pocas veces, he detectado alguna transformación en alguno de ellos y cuando he querido volver a cambiarlos, hacerlos tal y como yo los había creado, he conseguido que vuelvan a su ser; aliviados, incluso, como si la vida que les tenía preparada tal o cual escritor fuera un espanto para ellos y estuvieran deseando recuperar su personalidad original y «volver a casa».

Por eso, he tenido que habilitar dentro de mi base de datos nuevas categorías. Además de los «personajes transformados» he creado la subclase «personajes recuperados». Y aún otra que os cuento a continuación.

Como en cualquier negocio, tengo pérdidas. Personas que me dicen que mis personajes les resultan demasiado caros, pero que es algo «vital» para ellos. Entonces, según de quién se trate, les dejo que me paguen a plazos. Algunos son cumplidores, no lo niego, pero hay otros que desfallecen en el camino. El proceso de la escritura —lo digo yo, escritor fracasado— es largo, difícil, solitario, frustante, laborioso… y no todos están a la altura. Por eso, a veces me encuentro con personajes tirados por cualquier lado, como pobres animales abandonados. Están en un banco del parque, por ejemplo, en medio de la crudeza del invierno, sin saber qué hacer ni adónde ir. O con una familia a la que no conocen de nada, o en otro país del que ignoran el idioma y las costumbres, o en mi propio portal, pero en tan malas condiciones que me ha costado dios y ayuda sacarlos adelante, recuperarlos. Estos, por supuesto, ya no pueden volver al mercado. Me los tengo que quedar. Son la subclase «personajes abandonados».

Al principio eran tres o cuatro, pero la crisis de creatividad general que vive el sector ha provocado que su número vaya aumentando, por lo que he tenido que suspender los pagos a plazos. Aun así, no es extraño que me tope con alguno de ellos en escenarios desconocidos para mí o que regresen convalecientes y derrotados, como si volvieran de la batalla.

Se va formando un grupo tan abultado que estoy pensando, por qué no, meterme otra vez en la piel de escritor y crear una novela con todos ellos. Yo apenas si tendría que poner mis manos en el teclado. Los pobres han vivido tantas cosas que ellos mismos armarían una trama tan auténtica, tan original, tan bella que ni el mejor escritor del mundo podría crear.

Aquí los tengo, tan cerca, que cada día siento que me comunico mejor con ellos y los comprendo más que a otras personas, mejor, incluso, que a mí mismo.

 

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