Detrás de la palabra: Alquimia

 

Hay palabras que enamoran. «Alquimia» es una de ellas.

Tiene ese sonido limpio y un poco misterioso de lo que no se conoce pero que resulta atractivo y sugerente, transformador. Un cierto aire antiguo que sin darte cuenta te lleva a las Mil y una noches o a cuartos oscuros o a un bosque denso donde de pronto aparece un claro de luz.

«Alquimia», nos informa el diccionario, significa «conjunto de especulaciones y experiencias, generalmente de carácter esotérico, relativas a las transmutaciones de la materia, que influyó en el origen de la química».

Es una antigua práctica protocientífica y una disciplina filosófica que combina elementos de la química, la metalurgia, la física, la medicina, la astrología, la semiótica, el misticismo, la espiritualidad y el arte, popularmente conocida como la búsqueda de transformar plomo u otros elementos en oro o lograr la panacea universal.  

No se puede hablar de alquimia sin mencionar a Hermes Trimegisto, a quien se considera el fundador de la alquimia y de un sistema filosófico y espiritual cuyos principios fueron recogidos a principios del siglo XX en un libro titulado Kybalion, donde se habla de los siete principios que explicarían el funcionamiento de la vida y el universo y cuya lectura es realmente interesante. Se han atribuido tantos orígenes a Hermes Trimesgisto que ha pasado ya a ser, para algunos, una figura arquetípica más que un personaje histórico del que se tenga evidencia concreta.

Además del proceso para transformar plomo en oro o la de la búsqueda de la piedra filosofal, con la que se pretendía conseguir la vida eterna, en el plano espiritual, la alquimia habla de transmutar la propia alma. El psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, una vez superados sus recelos iniciales, dedicó muchos años a estudiar la alquimia, que él aplicó a la psicología analítica y a la búsqueda del logro de la individuación. Para él, la alquimia era, sobre todo, una propuesta de transformación y evolución personal.

Ciñéndonos a la parte más científica, la alquimia fue una de las principales precursoras de las ciencias modernas, ya que muchas de las sustancias, herramientas y procesos que utilizaba fueron pilares fundamentales de las industrias químicas y metalúrgicas modernas y es considerada la precursora de la química.

Me gustan las cosas que anteceden, aquello que está por formular, que aún no se puede demostrar con números, con fórmulas, con parámetros, pero que existe. Ese estado de las cosas en el que todavía no son demasiado concretas, donde carecen de una forma definida, sin una estructura sólida y bien armada que las sustente.

Luego, cuando llega la ciencia, las cosas pierden cierto misterio (aunque el funcionamiento del cuerpo humano, por hablar de algo tan estudiado, es para mí un auténtico enigma) y es como si las contemplaras en una estantería perfectamente ordenadas, sin una mota de polvo y con un cartel donde te dice cómo se llaman, de qué están compuestas y cuánto valen.

Aquí, en el escaparate científico, no valen ya veleidades. Nada de «especulaciones» ni «experiencias de carácter esotérico» ni «práctica protocientífica». Todo está claro, y es bueno que así sea. La ciencia explica, la ciencia formula, la ciencia demuestra, la ciencia ordena, la ciencia resuelve, la ciencia avanza.

Pero para avanzar hay veces que, mirando de reojo o para otro lado, se apoya en lo informe, en lo que parece no tener sentido y se queda flotando en el campo de lo no demostrable. Y aquí podemos decir un montón de adjetivos: misterioso, esotérico, mágico, oculto, escondido, secreto, enigmático, impenetrable, encubierto, recóndito, reservado, incógnito, indescifrable…

Bueno, cada uno que entienda las cosas como mejor le parezcan. Yo me quedo con la imagen del alquimista transmutador de metales y de almas. Hay veces que en la vida suceden cosas que no nos podemos explicar y esa es su magia. Podemos llamarlo casualidades, podemos llamarlo intuición, sexto sentido o una emoción tan profunda que no sabemos de dónde nace y que nos impulsa a hacer cosas que, si hubieran pasado por el raciocinio de la mente, se habrían quedado en meras ideas o pensamientos.

Ya sabéis que me gusta lo pequeño. Hablar de alquimia quizá sea algo elevado, algo demasiado grande, lejano, incluso vacuo para algunos.

Sin embargo, justo mientras escribía este texto la víspera de Reyes, recibí un regalo compuesto por dos preciosas bolsas que contenían un libro y unos separadores pensados para mí de parte de T., una mujer con la me he cruzado en la vida. No sabemos demasiado la una de la otra a nivel personal, me refiero a que no somos «amigas», pero de alguna manera estamos conectadas.

Este regalo, este hecho «pequeño», para mí es alquimia, una suerte de magia que me remueve por dentro, que me emociona, que me refuerza en la idea de que hay más humanidad de la que parece y que es esta humanidad, el latido del corazón puro, sin ataduras, la encargada de una «transmutación maravillosa e increíble».

No lo digo yo. Lo dice la segunda acepción del diccionario de la Academia. Y eso son palabras mayores 😉

 

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