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diciembre 2019

Posibilidades

    El mundo era tan grande y a la vez tan pequeño que en unas ocasiones no sabía por dónde empezar a buscarse y en otras se daba de bruces una y otra vez consigo mismo. Lo bueno de las medidas, de los límites, es esto: que se estiran como una goma o se encogen como los jerséis en la secadora. Y a veces (solo a veces), los contornos desaparecen o se diluyen en una neblina mágica que, cuando se evapora, ofrece un precioso y vibrante vacío tan lleno de vida… Todas las posibilidades ahí, bailando. Y entonces solo se me ocurre pensar: «¿Y si estiro la mano y cojo una?».   Image Credit: NASA/SOFIA; NASA/JPL-Caltech/Roma Tre Univ   Completamente invisible, pero increíblemente influyente. Según una nueva investigación de SOFIA (observatorio aéreo que estudia el universo en un espectro… Leer más »Posibilidades

Vicenta

Vicenta me había invitado a su casa para tomar un té. Nos habíamos conocido en la iglesia, en la misa de nueve. A esas horas éramos tan pocos que era imposible no verse o ignorarse. Vicenta y yo empezamos a darnos la paz y a intercambiar frases breves a la salida y una cosa llevó a la otra hasta que una mañana me invitó a su casa a tomar el té, porque ella no tomaba café. Me lo dijo con mucha seriedad, demasiada, como si eso fuera algo que pudiera determinar nuestra incipiente amistad. No sabíamos mucho uno del otro, salvo que los dos estábamos solos. Ella, viuda desde hacía diez años, yo, un viudo más reciente. Vicenta tenía unas manos regordetas, de esas con dedos que parecen de plastilina, pero eran suaves y nunca le sudaban, ni siquiera en… Leer más »Vicenta

Incomprensión

Lo reconozco: estaba estresado. Es más, estaba muy estresado. Se me había caído el pelo de la coronilla y en lugar de una limpia calva habían aparecido una especie de escamas (no confundir con caspa, por favor) asociadas a un picor bastante insoportable. También los dedos de las manos tenían un aspecto extraño, como si se estuvieran pelando. No me picaban, pero me producían una sensación de escozor que me había llevado a morderme de forma continuada los labios, que finalmente también acabaron con pequeñas heridas y úlceras. Eso, por un lado. Por otro, tenía ardor de estómago, nuevo para mí, y no lograba conciliar el sueño. De madrugada, revisaba una y otra vez esas patologías y barruntaba sobre otras nuevas que podían surgir, tal vez un pinzamiento, contracciones en los trapecios, un buen lumbago, subida de la tensión arterial… Leer más »Incomprensión