Fotohistorias: La mujer y el puente

 

Una mujer decide casarse con un puente.

Eso es, al menos, lo que dice el titular de la noticia, más o menos reciente. Ella es australiana y el puente francés. Un matrimonio mixto, vaya. No me detengo a leer la información, pero observo durante varios minutos las fotografías. Parecen las de una boda normal, aunque de ellas se infiere algo teatral.

No sé si en la noticia hablan de los motivos que han llevado a esta mujer a tomar semejante decisión, pero intuimos que las relaciones con humanos no han debido de ser totalmente satisfactorias. ¿Qué pasa en el cerebro de esta mujer para que un día, paseando por Le Pont du Diable, al sur de Francia, surja en su cabeza (imagino que también en su corazón) la idea de casarse con él?

Quizá fue un atardecer de septiembre cuando la luz sobre la piedra puede llegar a enamorar, a obnubilar, incluso; o tal vez fue una mañana de enero tras una gran nevada cuando ella quiso penetrar en aquel frío con todo el ardor de su corazón. O un amanecer de primavera, aún con la rémora del insomnio…

O, por qué no, un día cualquiera. A cualquier hora.

Me gusta imaginar, dentro de esa idea loca, que ella posó suavemente su mano por la piedra y sintió algo; no vamos a dejarlo todo en una mera locura o excentricidad. Esta mujer, no obstante, no estaba sola en el evento. Al casamiento acudieron catorce amigos. Entre ellos, debía de haber de todo: los que lo hicieron por solidaridad, por cariño, por experimentar una rareza… El caso es que en una de las imágenes se los ve a todos felices y muy contentos, radiantes, diría.

¿Qué palabras de amor le dijo Jodi Rose al puente? ¿Cómo imagina Jodi que él le contestó? ¿Es necesario algún tipo de consentimiento (alguna respuesta «natural») para saber que Le Pont du Diable aceptaba? Algo así como una pequeña piedra que se desprende, una ráfaga de viento que se levanta de pronto, un rayo de luz que se posa en un punto concreto…

Cuando te casas con un puente, parece que se trata de un matrimonio apacible. Lo ves desde tu ventana cada mañana, le das los buenos días, paseas por él mientras le cuentas qué vas a hacer ese día, te apoyas con delicadeza en sus piedras o te marchas por otro camino cuando estás harta de él… Tal vez no vivas a su lado y vayas de vez en cuando a encontrarte con él, que permanece ahí, imperturbable, fiel, sin hacerte ningún reproche.

Pero, ya metida en faena, ¿qué sucede cuando el amor se rompe o se acaba? Jodi podría quitarle el anillo que le regaló a Le Pont du Diable o, en un acto lleno de alevosía, asestarle en plena noche un martillazo o, simplemente, posarse en mitad de su estructura y decirle: «Ahí te quedas». Las reacciones del puente son un poco más difíciles de imaginar, aunque bien podría dejarse caer, un hundimiento repentino de su estructura del siglo XIV, o enamorar a otra turista, libre ya de la presencia de Jodi.

Pero dejémonos de fantasías. Jodi ha compartido con todo aquel que la quiera leer su experiencia. No informa de que había estado viajando por todo el mundo mientras grababa un proyecto musical relacionado con los puentes cuando se enamoró de Le Pont du Diable en Ceret, al sur de Francia, y decidió comprometerse con quien asegura es un «hombre guapo, fuerte y robusto».

Se refiere al puente, claro, al que regaló un anillo que dejó encajado entre sus piedras. «Pensé que esa era la persona con la que realmente podía conectarme, y creo que me puede ofrecer un poco de tierra», relata. «Me hace sentir conectada a la tierra y me lleva a descansar de mis interminables andanzas nómadas. Es fijo, estable, está enraizado en el suelo, mientras que yo soy nómada, transitoria, siempre en el camino. Él me ofrece un refugio seguro, me lleva de nuevo a la tierra y luego me deja ir nuevamente a seguir mi propio camino, sin tratar de mantenerme atada o enganchada a sus necesidades o deseos. Estoy dedicada a él».

Así es Jodi, que, sin embargo, confiesa que tiene otros amores, aunque a su esposo no le importa porque sabe comprender que ama a otros puentes y a los hombres.

¡Ah, el amor libre…! Pero una cosa no quita la otra y Jodi reconoce que Le Pont du Diable es «robusto, confiable, sensual, amable y guapo».

Cómo no, una información me lleva a otra en este mundo digital tan direccionado. Por eso me entero de que una mujer de California que se llama Carol Santa Fe se casó con la estación de tren de San Diego, después de 36 años de amarla, porque le resultaba difícil estar lejos de ella. Y otra más: Erika LaBrie se casó con la Torre Eiffel hace unos años (ignoro si se siguen amando). En fin, ya no tengo fuerzas para sumergirme en estas informaciones ni para afrontar otro nuevo enlace de este calibre, así que apago el ordenador.

Me quedo con la imagen de Jodi en el puente, vestida de novia, rodeada de sus amigos. Sea lo que sea lo que les pasa a esas personas, ofrecen una imagen divertida y estival, como si fuera una escena de una película surrealista. Igual es un montaje perfecto y se ríen a carcajadas cuando algún incauto como yo cae en las redes de su performance…

Al final, por si hiciera falta, dos informaciones muy pertinentes (que pueden servir para todos los casos mencionados).

Primera: algunos expertos alegan que Jodi sufre un trastorno de sinestesia de personificación de objetos, una condición en la que las personas asocian ciertos objetos con personalidades y géneros.

Segunda: la boda entre Jodi y el puente no está legalmente reconocida en Francia, pero ella alega que su unión es fuerte y eterna.

Yo la comprendo. No resulta fácil, a veces, relacionarse con el humano.

 

 

 

 

1 comentario en “Fotohistorias: La mujer y el puente

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