Detrás de la palabra: Cartas

 

 

 

Seamos sinceros. Casi nadie escribe cartas así, en papel, ordinariamente cerradas, salvo los bancos (cada vez menos), el Ayuntamiento o Hacienda. No hay duda de que todos ellos, esas entidades, pretenden «comunicarse» con nosotros, aunque creo que a nadie le gusta demasiado ese tipo de comunicación.

No se trata ya de anhelar una carta de amor (eso sería lo más, a mi entender), pero sí una carta de un amigo, de un familiar… en la que te cuenta, con el ritmo pausado de la escritura manual, cómo está, qué es de su vida, qué cosas le preocupan o cómo «se encuentra la familia».

Es de sobra conocido que uno no escribe de la misma manera cuando lo hace a mano que cuando lo hace por ordenador, no digo ya nada si es desde el móvil. El ritmo lento de la escritura manual permite que las ideas, los sentimientos, las sensaciones y los recuerdos broten de forma más pausada, siguiendo su propio ritmo, su propio latido. Se toman su tiempo, su espacio, saboreando las palabras y las frases a medida que avanzan por la hoja en blanco.

Últimamente, no paran de cruzarse en mi vida algunas cartas. Una de ellas la mencioné en la entrada Arcano de la serie «Detrás de la palabra» del blog hace unas semanas. Fue la carta que la hija de Antonio Esteve Arcoba, capitán de Ingenieros del Ejército Republicano, descubrió en una maleta repleta de documentos, objetos personales y cartas que su padre había enviado durante la guerra y que habían permanecido olvidadas en un armario durante todo ese tiempo. En esa carta, bellamente escrita, Antonio Esteve narraba a principios de 1938 cómo fue la extraña e insólita aurora boreal que se vio la noche del 25 y el 26 de enero y que tiñó el cielo de rojo, lo que indujo a muchos a creer que se trataba de un colosal ataque del enemigo o de un gran incendio.

También, hace poco me topé con esta otra carta que Carl Sagan y su mujer enviaron a Chuck Berry en 1986 cuando el cantante cumplió sesenta años. En 1977 el astrónomo y astrofísico y su equipo tuvieron que escoger las canciones que irían en las Voyager, las dos sondas lanzadas con el objetivo de explorar la parte exterior del Sistema Solar. Según la NASA, las dos naves incluyen «un mensaje para cualquier forma de vida, por si se encuentra» grabado en un disco de gramófono.

El disco incluye un mensaje en inglés del secretario general de la ONU, saludos en 55 idiomas, sonidos representativos de la Tierra (animales, máquinas, fuego, un beso…), 115 imágenes donde se explica en lenguaje científico la localización del Sistema Solar, las unidades de medida que se utilizan en la Tierra, características de nuestro planeta y características del cuerpo y la sociedad humana… y una selección musical. Y aquí, acompañando a Bach, Mozart o Stravinsky, aparece Johnny B. Goode.

En 1986, Sagan y su mujer le enviaron la siguiente carta:

Querido Chuck Berry:

Cuando te dicen que tu música vivirá por siempre, la mayor parte del tiempo puedes estar seguro de que exageran. Pero Johnny B. Goode está en el disco interestelar de la nave espacial Voyager de la NASA. Ahora debe de estar a dos mil millones de millas de la Tierra con destino a las estrellas.

Este disco durará mil millones de años o más. Feliz 60 aniversario, con toda nuestra admiración por la música que has dado a este mundo.

Go, Johnny, go.

No sé si Chuck Berry contestó a Sagan o no, pero me imagino al cantante mirando a escondidas el cielo una noche de octubre para ver si el universo le enviaba algún tipo de señal sobre si le gustaba su música. Tal vez, el cantante soñó, mientras acariciaba su guitarra, con ver bailar a las estrellas al ritmo de su Johnny B. Goode.

También se me han cruzado dos cartas más, esta vez musicales, en viajes en coche realizados este verano. Una es del grupo Celtas Cortos y Jesús Cifuentes canta:

Bueno, pues ya me despido.
Si te mola me contestas,
espero que mis palabras
desordenen tu conciencia.
Pues nada, chica, lo dicho.
Hasta pronto si nos vemos.
Yo sigo con mis canciones
y tú sigue con tus sueños.

La otra, Lico Manuel, la canta Manolo García, de El Último de la Fila:

Ahora ya no van a merendar
los de la fábrica de gas.
Ahora ya no hay palomas
ni aquel gato que era cazador.
Arrancaron el árbol
que hacía sombra en tu puerta.
Y casi te oigo decir:
«Hola, ¿qué tal, Lico Manuel?».
Casi te puedo imaginar
al ver tu firma en un papel.
Aún te recuerdo, muchas veces pienso en ti.
Y hoy he pensado en volverte a escribir.

Voy acabando. Unos meses atrás, J. me enseñó la música de la cantante mexicana Silvana Estrada. Son de esas voces y de esas letras que te perforan, te embelesan, te conmueven, te llenan… Enseguida compramos entradas para un concierto que da en Madrid en noviembre y, al entrar en su web, me topé, oh, sorpresa, con esto tan bonito. Dice Silvana:

Querido lector:

​Gracias por visitar esta página, significa mucho para mí que estés aquí.

​Hace algunos años escribí una carta que hablaba de aceptar y afrontar un sentimiento tan complejo y aterrador como lo es el amor. Una carta para dejar a un lado el miedo.

​Finalmente, nunca la mandé y con el paso del tiempo decidí hacerla una canción.

​Ahora que nadie se da el tiempo de escribir cartas y plasmar con calma sus emociones, me hace muchísima ilusión compartirles esta dinámica…

​Si tienes alguna carta que aún no has mandado o que quisieras mandar, escríbela aquí y entrégala en este «buzón» digital —también la puedes enviar física a Av. Oaxaca 96, Roma Norte, 06700, Ciudad de México—.

​Puede ser en anonimato o la puedes firmar si quieres, yo las voy a leer y compartiré mis favoritas.

​​ ¡Besitos!

 S.E.

Cómo no, le ha escrito. Me da cierto pudor, pero, ya que estamos hablando de cartas, me animo a compartirla.

Querida Silvana:

Gracias por permitirme retomar un formato (este, el de la carta) que anda pululando últimamente por mi vida. De una u otra manera, llegan a mi conocimiento cartas que me resultan interesantes. Algunas no están dirigidas a mí, pero participar con mi lectura en lo que esas dos personas se quisieron decir o tratar de imaginar qué sintió alguien al recibir una carta, qué impacto pudo tener, qué ensoñaciones pudo causar… me es suficiente recompensa.

Hablo de cartas de personajes célebres, como la que le envió el gran Carl Sagan a Chuck Berry cuando cumplió 60 años, o cartas sencillas, de personas con las que, de repente, un día de tu vida comienza a desarrollarse un vínculo. Me está sucediendo con un señor septuagenario en un momento delicado de su vida que se coló en mi camino por temas profesionales y con el que ahora sigo manteniendo una especie de correspondencia por correo electrónico. Creo que es la forma en la que él se expresa mejor y se permite (y me permite) compartir sus pensamientos, emociones y reflexiones para, por medio de la escritura, por medio de las cartas, tratar de comprenderse y mantener ese hilo que a veces te conecta con otra persona sin saber muy bien cómo ni por qué.

Por eso, quiero trasladarte yo también desde una carta el hondo impacto que me causan tus letras, tu poesía, tu voz, tus imágenes… Me ayudan a soñar, a ver luces de colores, a asomarme a la ventana y dejar que el aire me acaricie el rostro, hacen correr más rápido la sangre por mis venas y dan aliento a lo que bulle en mi propio corazón.

Me siento muy cercana a tu mirada, a lo que crees, a lo que creas.

Un pájaro bate sus alas desde tu propio espacio y puedo ver cómo vuela dentro del mío. A través de las palabras. A través desde esta carta desde la que abro los ojos y me dejo inundar de luz, de música, de poesía. Algo delicado, sutil, vibrante, hondo.

Iré a tu concierto de Madrid del día 8 de noviembre para seguir recibiendo toda tu magia.

Te mando un abrazo cálido.

Elena

 

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