Fotohistoria: Lágrimas

 

Todos, creo, conocemos los efectos que tiene llorar. Cuando un llora, suelta, descarga, libera. Las lágrimas condensan en cada gota una emoción, una alegría, un sufrimiento, algo retenido o algo que se dispara sin saber a veces cómo ni por qué. Cada lágrima nos alivia por dentro y permite comunicar a un nivel más profundo sensaciones y emociones difícilmente traducibles a palabras, al menos en ese momento.

Lo magnífico de las lágrimas es que el que es dado a llorar (yo lo soy, y mucho) no controla en absoluto su llegada ni, en muchas ocasiones, sabe cómo pararlas. Estás leyendo algo y los ojos se te humedecen de pronto o escuchas a una amiga y te emocionas sin poder evitarlo; también con una canción o, simplemente, con una conversación ajena cazada fortuitamente. Con un recuerdo, con una preocupación, con una confesión íntima, con un buen chiste o una película…

Pues bien, parece que esto de llorar es un acto que se da en todas las culturas y que habitualmente realizamos en la intimidad, sobre todo en Japón, donde llorar, cuando está asociado al sufrimiento, está mal visto porque supone cargar de energía negativa a las personas que nos quieren o que nos rodean.

Y como de todos es sabido que guardarse las cosas nos afecta negativamente y que los japoneses son seres especiales, algunos empresarios están ofreciendo a sus trabajadores sesiones de llorar para rebajar los niveles de estrés de los empleados y afianzar las relaciones entre ellos. Es, como si dijéramos, una fiesta de las lágrimas, un paint ball emocional.

Como ellos son muy organizados para todo, no se trata de juntar a toda la plantilla en el salón de actos (si es que los japoneses tienen semejante espacio) y a la de tres ponerse a llorar en comandita o al toque de campana o de gong. No. Ellos contratan a un ikemeso para poner en marcha la terapia del rui-katsu, que significa algo tan bello como «búsqueda de lágrimas».

Yo me imagino perfectamente en una terapia de esas, más aún cuando el mero concepto de la «búsqueda de lágrimas» me puede llegar a emocionar per se. Imagino que os estaréis preguntando qué o quién es un ikemeso. Se trata de un apuesto joven que a lo largo de cuarenta minutos se dedica a retirar las lágrimas de sus clientes deslizando con suma delicadeza un suave pañuelo. Esto, por supuesto, tiene un nombre: cheek-pong.

No puedo dejar de suspirar con la idea. No creo que me gustara que un ikemeso me retirara las lágrimas; en mi caso, no bastaría un suave pañuelo, yo necesito muchos clínex y me gusta, si estoy acompañada, ser reconfortada con un abrazo, una caricia, un coger de manos.

Y esto, ¡atención!, es algo que está prohibido. Estamos hablando de Japón. El apuesto joven solo puede hacer llorar a sus clientes, aunque realmente deberíamos hablar de clientas porque esta terapia ha sobrepasado los muros de la empresa para meterse en los pequeños y ordenados pisos de las mujeres japonesas. Son ellas las que han descubierto en estos hombres quitalágrimas profesionales una manera de poder llorar en compañía, un soltar sus lágrimas en la intimidad de su casa sin tener que enfrentarse a su propia soledad, a sus propios miedos.

Así lo interpreto yo. Cuando uno llora, abre la puerta, quita la tapa y deja que salgan cosas que a veces ni te esperas. Aunque, quizá, no sea esto lo que les ocurra a los japoneses y simplemente se trate de una especie de ritual delicado y elegante para impregnar de belleza el hecho de llorar. Porque yo me imagino que un japonés llora siempre de la misma manera: de forma sutil, elegante, tierna.

No sé qué pensaría un japonés si me viera cuando me pongo a llorar en serio. Creo que el apuesto ikemeso saldría huyendo de mi casa (no tan limpia y recogida como la suya) ante tamaño alarde de naturalidad emocional. Pero a ellos les gusta interpretar. Por eso, cuando llega a casa de su clienta, el ikemeso sabe que su función es hacerla llorar (utilizando vídeos y música emotivos), secarle las lágrimas y, solo bajo petición previa, rozar levemente su mejilla o acariciar su espalda para calmarla.

Nada más. Todo lo que exceda de estos ademanes de acompañamiento está prohibido. Ni el joven puede ir más allá en sus gestos de consuelo ni ellas pueden exigirlo. La sesión cuesta unos sesenta euros y otro dato curioso es que la empresa que ofrece este servicio dispone de un catálogo para que las clientas puedan elegir sus candidatos según sus gustos y personalidades: un intelectual, un dentista, un artista, un chico «malo»… ¿Chico malo?», me pregunto…

En fin, estoy acostumbrada a escuchar y a permitir y acoger el lloro de otras personas, sobre todo de amigas. Lo hago en silencio, limitándome a estar presente y ofrecer mi mano y mi abrazo si la otra persona lo quiere. También soy yo la que llora a veces. Las mujeres, en general, no tenemos pudor en esto, no nos avergonzamos de llorar ni reprimimos las lágrimas. Un ikemeso de estos se nos quedaría corto; él mismo saldría huyendo despavorido. No creo que llegara a comprender, además, que una patochada me pueda hacer patalear y llorar de risa porque eso debe estar fuera de lugar para ellos. Es otra suposición; en realidad, no sé por qué y cómo ríen los japoneses. El poco humor japonés que he podido captar a través de lecturas y de mi propia visita al país me deja confusa, desconcertada.

Pero, aunque me gusta Japón y me gustan los japoneses, pensar en un ikemeso delicado limpiándole las lágrimas a una japonesa delicada con un pañuelo igual de delicado con el fondo de una música emotiva no me lleva sino a la tristeza. ¿Qué puede pasar por la mente de ese chico? ¿Cómo se queda esa mujer después de que se haya ido el apuesto ikemeso una vez que le ha retirado las lágrimas y a lo sumo le ha acariciado con tacto la mejilla o pasado la mano levemente por la espalda? ¿Permanece triste esa mujer, sumida en su propia soledad, con ganas de soltar más lágrimas a partir del minuto cuarenta y uno o, por el contrario, una vez que se ha desfogado se pone a ver la tele o a cenar o arreglar las plantas tan tranquila?

Tengo mis dudas. Yo, por si caso, voy a dejar de pensarlo, no sea que se me escape a mí también alguna lágrima.

 

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