Detrás de la palabra: personajes

 

Los personajes de las historias que escribo son seres peculiares.

A muchos los conozco, sé de qué están hechos. Me resultan familiares sus gustos, sus manías, sus miedos, sus anhelos, sé cómo les gusta el café o si son más de playa o de montaña… Es un decir.

Los miro y los reconozco. Se presentan ante mí como alguien conocido o con quien tengo confianza. No son exactamente amigos, pero casi. Con ellos me siento cómoda, digamos que los manejo a mi gusto.

Lo malo (o lo bueno, más bien lo bueno) es cuando aparecen personajes díscolos. Esos que hacen lo que les da la gana. No sé muy bien de dónde salen ni lo que pretenden. Sus acciones me dejan sorprendida, patidifusa; intento controlarlos, domarlos a fuerza de teclado, pero no sirve de nada. Son seres libres, indómitos, rebeldes que a la vuelta de una frase me la han vuelto a liar. Trato de reconducirlos, borro frases, reescribo diálogos, pero su voz es una voz imponente, avasalladora.

Ignoro por qué hablan como hablan y no sé dónde han vivido o han aprendido esas expresiones que yo misma desconozco. Algunos días, no tengo otro remedio que detener la escritura y cerrar los ojos mientras dejo las manos exánimes sobre el teclado. Hago unas respiraciones o bebo un poco de agua, pero cuando vuelvo a la escritura compruebo que siguen ahí. No se esconden. Son valientes o unos inconscientes, no sé.

Usurpan el espacio en blanco y empiezan a moverse en todas direcciones, a entablar relaciones con otros personajes sin siquiera pedirme permiso. Asisto, impávida e impotente, a unos amoríos que deduzco que no van a salir bien o a extrañas alianzas que soy incapaz de imaginar cómo pueden acabar. A ellos no parece importarles, como si lo prioritario fuera el mero hecho de existir y expresarse a mi pesar. Da igual que me enfade con ellos, que los borre, que cambie sus palabras, que modifique sus pensamientos, que trate de influir en su forma de ser. Los personajes rebeldes son indestructibles, así que, al final, no me queda otro remedio que mirar para otro lado y dejar que se cuelen como si no me diera cuenta.

En ocasiones me hacen llorar porque hablan y confiesan secretos que prefiero dejar escondidos y que me esfuerzo por ocultar, pero ellos no tienen reparos. Ya he dicho que son intrépidos y, como son personajes, no sé si son conscientes de lo que hacen. Ignoro si saben que están abriendo la caja de Pandora o que me recuerdan cosas que prefiero olvidar o que, con toda su exhibición emocional, me ponen delante mis propias sombras cuando yo lo único que quiero es escribir una historia agradable donde personajes «normales» y obedientes siguen el camino que les marco, que les invento para que se sientan cómodos.

Otras veces los personajes insurrectos me ofrecen una idea que me parece hasta genial y entonces no me queda otro remedio que leer una y otra vez sus frases, sus palabras llenas de magia, intrigada por saber de dónde brota tanta belleza.

Nunca responden. Ya lo he intentado. He tratado de hablar con ellos muchas veces (ojo, no me creáis loca, es una especie de diálogo interno. ¿O si estoy un poco loca?), pero son seres misteriosos que van y vienen a su antojo, libres. Tanto que, al final, cuando claudico ante alguno de ellos y trato de hacerlo mío y convertirlo en un personaje «amigo», se repliega y no vuelve a aparecer jamás.

Y me vuelvo a quedar ahí plantada delante del ordenador o del cuaderno preguntándome por qué hacen eso, porque me abandonan cuando por fin les abro la puerta y los dejo pasar.

Una sensación incómoda surge dentro de mí y entonces no sé si tengo ganas de reír o de llorar, de seguir escribiendo o de mandarlo todo a la mierda. Me siento invadida, utilizada, ridiculizada por esos seres que me manejan a su antojo. Solo me consuela pensar que han dejado su rastro: solo tengo que abrir las páginas que han habitado y leer una y otra vez todas sus andanzas, sus idas y venidas, sus magníficas expresiones, mucho mejor que las mías, sin duda.

Y entonces, solo entonces, tengo que admitir que hay muchas cosas que se me escapan y empiezo a quitarme importancia, es inevitable. Observo mis manos como una especie de antenas por las que se cuelan ideas que yo no tengo, palabras que yo no escribo, personajes que yo no conozco, tramas que yo no imagino; y mi cabeza es una especie de coladero por donde entra y sale todo esto. Me veo, en fin, como una especie de cable transmisor, vete tú a saber a qué enchufado…

Ellos, los personajes, los dóciles y los insumisos, tienen una vida peculiar; creo que duermen poco porque cuando alguna noche me desvelo están ahí, alerta, para susurrarme sus secretos, dejarme entrever parte de su alma. Ya lo decía Saramago: «Hay personajes de novela que están más vivos que algunos que andan por ahí». También mi admirado Paul Auster confesaba en una entrevista: «Crear personajes no es una acción gratuita, es algo que entraña una responsabilidad. ¿Qué significa dar vida a un ente de ficción? Lo paradójico, creo yo, es que, si el libro que se escribe es bueno, las criaturas imaginarias estén destinadas a tener una vida mucho más larga que la de su creador».

No sé si algún día escribiré un libro bueno, como dice el magnífico Auster, pero estoy segura de que los personajes, mis personajes, tienen, efectivamente, una vida larga.

Como a veces ignoro de dónde vienen, tampoco sé adónde van cuando se cansan de acompañarme.

Mientras, sigo escribiendo, anhelando que un día, quizá de madrugada, se presente uno que quiera quedarse conmigo, entre mis páginas, más allá de lo que nunca pueda imaginar.

 

1 comentario en “Detrás de la palabra: personajes

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