Detrás de la palabra: Chiribita

 

Chiribita es una palabra un poco antigua.

El otro día, no recuerdo por qué, la dije. No sé de dónde salió, quizá de ese espacio donde se guardan las cosas que te gustan. Esta palabra me gusta mucho; es más, me encanta.

Las chiribitas son chispas, partículas encendidas que, vagando en el interior de los ojos, ofuscan la vista. Eso dice el diccionario. Me sorprende el uso de la palabra «ofuscar» en la acepción. Ofuscar para mí siempre ha tenido que ver con oscurecer, trastornar, confundir… Pero leo, gratamente, que «ofuscar» significa también deslumbrar. Y eso me va más.

Cuando cierro los ojos y veo chiribitas me creo que estoy bailando con las estrellas o que, de repente, estoy en el escenario de un teatro con muchas luces y puedo moverme por él libremente haciendo lo que me da la gana.

A veces, las chiribitas hacen formas, juegan entre ellas y me regalan geometrías que esconden sus propios secretos. Casi nunca las entiendo, pero me gusta escucharlas, ver cómo se mueven y transforman, cómo se acercan a mí y me susurran mensajes al oído.

Cuando creo que las chiribitas han desaparecido, abro los ojos para volver a la realidad, y alguna, juguetona, se viene conmigo. La veo flotar en mi habitación o pulular por la calle. Trato de apresarla, pero aparece y desaparece mientras yo parpadeo. Al final, la chiribita se va alejando hasta hacerse un minúsculo punto de luz que se pierde en el espacio y en el tiempo y me deja una extraña melancolía.

Vuelvo un poco chafada a la realidad, a mi día a día, a mi casa, a mi familia, a mi trabajo, a mis lecturas, a mis paseos, hasta que un día, al cerrar los ojos, aparecen por sorpresa nuevas chiribitas para regalarme su magia y decirme cosas que solo yo entiendo.

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