Laberinto

Me interné en el laberinto como si fuera un juego. Estaba ahí, en mitad de esos hermosos jardines que rodean el palacio. Me pregunté cómo era posible que no lo conociera, que nadie me hubiera hablado de él, ni siquiera Darío, que es tan aficionado a ellos. Los laberintos siempre son atractivos, tienen ese lado mágico que nos lleva a tiempos remotos y olvidados; aquel estaba perfectamente cuidado. Sus paredes de seto eran mullidas y no permitían ver el otro lado; además, eran lo suficientemente altas para impedir que se pudiera mirar por encima de ellas.

La última vez que me había adentrado en uno había sido un fiasco. El suelo estaba tan marcado de huellas que no había espacio para la imaginación, solo faltaba carteles de vez en cuando que dijeran: «Siga usted por aquí». El seto era tan escaso y la altura tan insuficiente que parecía hecho solo para niños. Lo recorrí con desgana y un punto de rabia, tanta que rellené un formulario de queja a Patrimonio Nacional para expresar mi malestar y sugerir que lo cuidaran más y lo mejoraran para hacer de él un laberinto digno.

Aquel era otra cosa. Olía exquisitamente bien, el seto tenía un verdor que brillaba bajo el sol y el suelo parecía como si lo hubieran barrido recientemente, sin rastro de pasos ni de huellas. Eran las tres de la tarde de un martes de agosto y el lugar estaba vacío. Absolutamente vacío. No había nadie por allí y no se oía nada, ni siquiera el piar de los pájaros ni el sonido de los mosquitos.

Me había comido un bocadillo sentada en uno de los bancos de los jardines que estaban a la sombra, cerca de una fuente que procuraba un cierto frescor con el agua que salía a chorros de las boca de aquellos peces de tamaño desmesurado. Estuve a punto de tumbarme en el banco de piedra para observar desde abajo las ramas de los árboles, pero decidí aprovechar aquel silencio para pasear sin ver ni oír a nadie. Eran muy pocas las ocasiones en las que podía disfrutar de un absoluto silencio. En el trabajo todo eran voces, tecleo del ordenador, llamadas de móviles, sonidos de notificaciones… y en casa Darío no paraba de hablar. Decía que era la manera que tenía de ordenar su mente y sus ideas. Nunca lo iba a reconocer, pero le daba absolutamente igual que yo lo escuchara o no. Lo tenía comprobado. Eran muchas las veces que le hacía una observación sobre lo que me estaba contando o le preguntaba algo y él seguía con su parlamento, ajeno a mi presencia, a mis palabras, a mis preguntas.

Daba clases de Filosofía en el instituto y su estrés iba en aumento. Los chavales, decía, cada día eran más tontos, más cortos, más estúpidos. No leían, no entendían, no sentían curiosidad, nada despertaba su interés. Y él se había propuesto solucionar esto. Había probado varias tácticas, pero ninguna le había funcionado hasta ahora. Los chicos seguían absortos en su propio mundo sin que los avatares de Aristóteles o Kant les interesaran lo más mínimo.

Darío estaba escribiendo un ensayo sobre los jóvenes y la incultura, sobre los jóvenes y la desmotivación, sobre los jóvenes y la ausencia de curiosidad. Sobre los jóvenes y tantas cosas que una y otra vez se veía obligado a reajustar su material, de tal manera que no hacía otra cosa que escribir y reescribir tratando de dar forma a alguna idea. Y me hablaba. Me hablaba mucho. Cuando no lo hacía, ponía música o veíamos una película, lo que fuera con tal de no escuchar el silencio. Su cabeza bullía y yo cada día me sentía más agotada. Me había dado por comer, no porque tuviera hambre a todas horas, evidentemente, sino porque al comer me centraba en mi propio masticar, en el sonido de los alimentos al ser triturados por mis dientes y mis muelas y sentía que, al menos yo, estaba haciendo algo real. A Darío le gustaban mucho los conceptos y, sin que yo me hubiera dado cuenta, se había instalado a vivir cómodamente en ellos. El concepto de belleza, el concepto del saber, el concepto de la cultura, el concepto de la vida, el concepto de la muerte…

Reaccioné enseguida. De pronto, estaba harta de conceptos, de ideas, de abstracciones. Solo quería tocar el seto, aspirar su aroma, seguir avanzando por ese laberinto y descubrir a dónde me podía llevar. Me detuve a beber agua de la botella que llevaba en el bolso y aproveché para apagar el móvil. Al detenerme, escuché unas voces. En medio de aquel silencio aplastante y atrapada entre aquellas paredes vegetales era incapaz de saber si las personas que hablaban estaban cerca o lejos.

Me quedé quieta, no quería que sintieran mi presencia. Tampoco yo quería sentir la suya. Únicamente quería volver a estar sola en aquel laberinto. Esperé unos segundo para ver si las voces se alejaban o, aún mejor, para ver si desaparecían, pero cada vez estaban más cerca. Miré para atrás por si venían por mi mismo camino, pero no vi a nadie. Quizá estaban al otro lado del seto, pero no tenía manera de saberlo.

Se trataba de un hombre y una mujer. Al principio solo capté palabras sueltas, pero enseguida me vi escuchando de forma involuntaria toda la conversación. Ella le preguntaba si había encargado las brochetas y él decía que sí, que mañana se pasaría a por ellas. Luego empezaron a hacer un repaso de todas las cosas que les faltaba por hacer: comprar carbón para la barbacoa, ir a por más bolsas de hielo, arreglar un poco el césped y rellenar el frigorífico con bebidas para que no faltara de nada.

Por un momento, estuve a punto de chistarles, de reconvenirlos, como cuando alguien habla en voz alta en el cine y molesta al resto de espectadores. Allí la única espectadora era yo y solo quería que se callaran. ¿Cómo se atrevían a hablar de semejantes insulseces en medio de un lugar mágico y casi sagrado como aquel? ¿Acaso eran conscientes de la belleza y de la literatura de aquel lugar? ¿Qué estaba ocurriendo para que aquellos dos estuvieran hablando de brochetas y de hielo en lugar de quedarse fascinados por el encanto de aquel maravilloso lugar?

La risa de ella acabó con todas mis preguntas. Era una risa fresca, tan fresca como el seto donde yo había apoyado la espalda sin darme cuenta. Una risa vital, abierta; una risa de verano. ¿Cuándo era la última vez que yo me había reído de aquella manera? Me era imposible recordar una risa así de ligera, así de luminosa. Con Darío todo eran palabras y pensamientos. Nada era real. Y de pronto me pareció maravilloso que dos personas pasearan por un laberinto tan compenetrados, cómplices en los preparativos de una fiesta que parecía ilusionarlos por igual.

Me imaginé en esa barbacoa, llena de gente alegre con ganas de comer y de beber. Me vi entre todos ellos con una cerveza bien fría en una mano, una brocheta en la otra y una sonrisa enorme en la cara. En esa escena no estaba Darío, por supuesto; para él todo aquello no pasaría de ser un entretenimiento baldío.

Estuve a punto de llamarlos, de decirles: «Perdonad, estoy aquí, cerca, al otro lado del seto. Me encantaría ir a vuestra barbacoa», pero lo único que pude hacer, obviamente, es permanecer ahí quieta, con el alma encogida y el aliento retenido. Poco a poco dejé de oír sus voces hasta que de nuevo se hizo el silencio.

Reanudé la marcha con la cabeza llena de imágenes de esa barbacoa imaginaria. Ignoraba si estaba cerca o lejos del centro del laberinto; quizá, con la cabeza llena de conceptos al principio, y con escenas de una fiesta de verano después, lo único que había hecho era dar vueltas a los mismos sitios. Es algo que puede pasar cuando estás en un laberinto. Darío me habría dicho que eso no era más una reticencia mía a llegar al centro de algo, como si él fuera un experto en llegar a algún lado, precisamente.

Me sabía toda las teorías y todas las historias en torno al laberinto. El laberinto dificulta el acceso al centro, pero al mismo tiempo complica también la salida de lo que se encuentra en su interior: nuestro particular Minotauro. Parecía que estaba escuchando a Darío como si estuviera allí mismo. Más de una vez me había contado cómo Minos había mandado a Dédalo construir el laberinto de Creta para esconder al Minotauro que era alimentado cada nueve años por siete doncellas y siete donceles en la flor de la vida. Y cómo, un día, Teseo se hizo nombrar como uno de esos jóvenes para matar al Minotauro y liberar a los atenienses de la tiranía de Minos. Lo que más me gustaba de la historia era cuando Ariadna, la hija de Minos, se enamoró de Teseo y le enseñó cómo desenrollar un hilo a medida que avanzara por el laberinto para poder salir más tarde. Teseo mató al Minotauro, volvió siguiendo el hilo hasta Ariadna y huyó con ella de Creta.

Nunca me imaginé cómo podía ser ese Minotauro, lo único que veía una y otra vez era ese hilo, que siempre suponía de color rojo. Un hilo que guía y que te rescata, y me prometí a mí misma que la próxima vez que me internara en un laberinto llevaría en mi bolso una madeja de lana roja para ir desenrollándola hasta el llegar al centro y poder salir sin perderme.

A Darío le encantaba esa parte de la mitología griega porque decía que el Minotauro representa la sombra, todo lo negativo que tiene un ser humano, sus deseos irracionales, sus crímenes y sus peores vicios, la sombra que todos tenemos oculta y que no queremos ver ni aceptar pero que proyectamos más allá de nosotros mismos en los otros. Me explicaba que el Minotauro permanece cautivo, que nadie lo ve ni lo oye, como nuestra sombra, y que reconocer la sombra que todos tenemos dentro como nuestra parte más instintiva, primitiva y feroz, pero que a su vez contiene nuestro potencial, es avanzar hacia la autocrítica y hacer desaparecer la maldad. Luego me miraba fijamente y me decía: «Abrazar la sombra de nosotros mismos es mejor que negarla». Yo veía claramente su sombra y me imagino que él debía ser consciente de la mía, pero yo solo quería ir a la playa con él, darnos un baño, tomarnos un helado, hacer el amor en la arena… Darío le sacaba punta a todo y creía ver en el hilo de Ariadna el hilo que une todas las cosas, lo que vincula el pasado con el presente, el hombre exterior y el hombre interior…

Podría estar así durante horas y horas y odiaba que todo eso me hubiera venido a la cabeza, así que me detuve para volver a apoyar la espalda en el seto. Había perdido la noción del tiempo, no sabía qué hora era, puesto que había apagado el móvil, y tenía mucho calor, pero me había quedado sin agua. Por unos instantes cerré los ojos y miré al cielo buscando un poco de respiro, tal vez una señal. Lo único que quería era salir de allí y no volver a entrar nunca más en un laberinto, ni siquiera con el hilo rojo de Ariadna. Era, me estaba dando cuenta, como estar dentro de la cabeza de Darío.

A la mierda todo ese rollo del Minotauro y de nuestras propias sombras y el hilo que todo lo une. ¿Cuándo se había esforzado Darío en salir de su propio mundo para asomarse, aunque fuera por unos instantes, al mío? Me pregunté cómo era posible que un día me hubiera fascinado. Él y la filosofía, él y sus conceptos, él y ese aire de intelectual que lo sabe todo…

Empecé a sudar y estaba a punto de echarme a llorar cuando percibí de nuevo unos sonidos. Me alegré, por primera vez, de no estar sola y deseé con todas mis fuerzas que fuera la pareja que preparaba con tanto entusiasmo la barbacoa. Necesitaba volver a escucharlos, necesitaba la risa de esa mujer, que me trajera a un mundo donde la gente hace fiestas y come y bebe y dice cosas insustanciales y se ríe y se emborracha y dice cosas aún más absurdas y divertidas mientras bebe cerveza y come brochetas recién hechas a la barbacoa. Pero no era la pareja, al menos esa pareja. La voz de la mujer era más grave y la del hombre más cantarina. No hablaron mucho porque enseguida empezaron a besarse.

No hay duda cuando alguien escucha el sonido de los besos, de las respiraciones, de los jadeos. Aquellos dos se estaban besando con pasión, ajenos a todo, al calor, al laberinto y a la sombra del Minotauro. No sé por qué, pero no lo pude soportar y eché a correr sin saber si estaba avanzando o retrocediendo. Tenía la boca seca, el pelo pegado a la cara por el sudor y una leve sensación de mareo, pero aún así seguí corriendo desesperada por salir o encontrarme con alguien que me sacara de allí.

Tras unos minutos más en los que tuve que aflojar la marcha porque estaba agotada, me encontré, de pronto, en el centro del laberinto. Allí no había ningún Minotauro ni ninguna sombra ni ningún hilo. Solo había una rosa. Estaba en el suelo. Me agaché y observé que era una rosa que aún estaba fresca, una rosa silvestre de color rojo. Dudé, pero al final la cogí entre las manos y aspiré su olor, su aroma tan delicado. Pasé la yema de los dedos por sus pétalos y sentí el contacto aterciopelado. Cerca había una nota. Dejé la rosa en el suelo y me levanté. Miré para todos los lados y agucé el oído. No se oía nada. No se oía a nadie.

Me pregunté quién había dejado la rosa y el papel. Por qué, para qué y para quién lo había hecho. Al cabo de unos segundos, me volví a agachar y con el pulso acelerado cogí la hoja y la desdoblé. «Si has sido capaz de llegar hasta aquí, no tendrás problemas para salir. Te espero en la entrada. F.».

Dejé la nota de aquel «F.» en el suelo al lado de la rosa y sonreí ante aquel juego o aquel código establecido entre esas dos personas.

Yo, al revés que el destinatario o la destinataria de aquella hermosa rosa, no quería que nadie me esperara en la entrada del laberinto ni en ningún otro lugar. Con una energía renovada, me dispuse a salir sabiendo que, en realidad, no necesitaba el hilo de Ariadna y que pronto iba a estar en una barbacoa con una brocheta en una mano y una cerveza fría en la otra diciendo tonterías y riéndome con ganas en un día lleno de sol y de luz, de aire fresco, de personas brindando, de humo de barbacoa y de tantas cosas olvidadas.

 

 

 

 

 

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