La carta

Desde que descubrí la carta fui incapaz de separarme de ella durante unas semanas. La llevaba en mi bolso, la guardaba en la mesilla y alguna noche, incluso, la ponía debajo de la almohada. Era una carta preciosa. Una carta de amor que descubrí una tarde de invierno en lo alto del armario del trastero.

Imagino que debía llevar ahí desde que nos mudamos tres años antes, cuando nació Lucía. Estaba dentro de un maletín que había quedado oculto por el trineo que Óscar puso ahí arriba para que molestara lo menos posible. Había nevado y aquella tarde de invierno fui a bajar el trineo porque al día siguiente teníamos pensado ir a jugar con los niños a la nieve. Me subí a una banqueta y al tocar el borde de plástico del trineo me pareció que había algo más. Tuve que poner unos libros en la banqueta para ganar algo de altura y comprobar si estaba en lo cierto.

Cuando bajé el trineo lleno de polvo (no lo habíamos usado en todo aquel tiempo) y la superficie superior del armario quedó libre es cuando pude tocar el maletín. Era negro, no excesivamente antiguo, pero sí pasado de moda, con unas correas y unas hebillas demasiado grandes y algo oxidadas. Pasé la mano por encima para quitar la suciedad que se había acumulado y con el corazón acelerado empecé a manipular las correas. Levanté la solapa y, para mi decepción, no encontré nada. Estaba vacío. Rebusqué en los pequeños departamentos que tenía dentro y solo encontré una pequeña cartera vacía, lo que me llevó inmediatamente a preguntarme a quién había podido pertenecer.

Al cerrar el maletín y darle la vuelta, me fijé en una cremallera que me había pasado desapercibida. La abrí y ahí estaba. Era un papel amarilleado, pero que se conservaba en buen estado. Había algo escrito con lo que parecía tinta de pluma; la letra era espigada con una cierta inclinación hacia la derecha. A simple vista, no supe determinar si era letra de hombre o de mujer, si es que eso se puede saber o hay alguna diferencia entre ellas. La leí de corrido. Y luego otra vez.

Estaba sentada en el suelo frío del trastero y la luz era insuficiente. A mi lado, yacía el trineo rojo con restos de polvo. Volví a leer la carta y luego cerré los ojos. Cuando me di cuenta estaba llorando. Con una tristeza, una melancolía, una pena y una añoranza que no sabía que tenía dentro.

La carta decía: «¿Tú temes, a veces, que yo no te quiera tanto como tú lo deseas? Mi querida niña, yo te quiero siempre y sin reserva. Cuanto más te conozco más te quiero. De todas las formas posibles, incluso mis celos han sido agonías de amor. Yo habría muerto por ti. Tú siempre eres nueva. El último de tus besos siempre es el más dulce; la última sonrisa, la más brillante; el último movimiento el más elegante. Cuando pasaste por mi ventana ayer, sentí tanta admiración como la primera vez que te vi. Incluso si no me quisieras no podría evitar sentir una completa devoción hacia ti: así que me siento profundamente enamorado al saber que me amas.

Mi mente ha sido las más descontenta e inquieta y se ha puesto sobre un cuerpo demasiado pequeño. Nunca había sentido que mi mente reposara con absoluta alegría, como me ocurrió contigo. Cuando tú estás en el cuarto mis pensamientos nunca se van por la ventana: tú siempre haces que todos mis sentidos se concentren».

Nunca había leído algo tan hermoso, tan vibrante. Y yo hacía tiempo que no me sentía tan triste, tan apagada. ¿Qué había pasado entre Óscar y yo en los últimos años? ¿Dónde estábamos y cómo nos reconocíamos cuando no éramos los padres de Miguel y Lucía? ¿Adónde se habían ido nuestros códigos secretos, nuestras miradas, nuestras caricias?

Doblé la carta con cuidado para no mojarla con mis lágrimas y tras un largo rato en el que intenté serenarme y que no se me notara que había llorado, bajé a mi casa con el trineo en una mano y la carta en la otra. Justo antes de entrar, guardé la carta en el bolsillo trasero del pantalón, sin saber muy bien por qué lo hacía.

Quería contárselo a Óscar, puesto que el hallazgo me había conmovido, pero no sabía aún si era capaz de explicarle todo lo que había sentido al leerla. Además, quería disfrutarla para mí sola, leerla y volverla a leer muchas veces y tratar de imaginar qué clase de hombre había escrito algo tan bello para su enamorada. La carta no tenía fecha y me resultaba difícil averiguar cuándo podía haber sido escrita, pero sin duda debía ser de la época anterior a los ordenadores porque ya nadie escribe cartas. Había un detalle que me gustaba especialmente, cuando el anónimo enamorado decía: «Cuando pasaste por mi ventana ayer, sentí tanta admiración como la primera vez que te vi».

Recordé cuando Óscar y yo nos conocimos y las notas que nos escribíamos. No eran cartas de amor tan bellas como aquella, ni siquiera cartas propiamente dichas, pero sí nos dejábamos notas en los bolsillos del abrigo, del pantalón, o metidas en algún libro o en la cartera. Solo decíamos cosas simples como «te quiero», «no me he despedido de ti y ya te echo de menos» y cosas así. Yo las fui guardando todas en una caja de latón que debe estar en algún lugar del trastero junto a tantas cosas olvidadas. No sabía si Óscar había guardado mis notas. Arriba había cajas con libros, películas y recuerdos suyos que seguían con el precinto de cuando nos mudamos.

Me acostumbré a leer la carta todas las mañanas y todas las noches. No tardé en aprendérmela de memoria. Mientras Óscar atendía a los niños y desayunaban, yo me metía en el baño con la carta. Daba el agua de la ducha y mientras esperaba a que saliera caliente leía la letra sentada en la taza del váter. No era muy romántico, pero para mí era un momento especial. El sonido del agua, el calor del baño, los niños atendidos y yo leyendo la carta, pasando la vista por esa letra inclinada y elegante y deteniéndome en una frase determinada según los días.

Volvía a leerla por la noche antes de dormirme. Aunque pasados unos días ya me la sabía de memoria, me gustaba sentir el contacto del papel en mis manos y observar la caligrafía de aquel hombre. Luego la apoyaba en mi pecho durante unos segundos y la guardaba en el cajón de la mesilla antes de cerrar los ojos y sumergirme en la noche acompañada de esas hermosas palabras.

En varias ocasiones estuve tentada de contárselo a Óscar, pero había algo que me frenaba. Tampoco lo compartí con ninguna amiga ni con mi hermana. Era algo que solo quería para mí. Mientras tanto, trabajaba, cuidaba de los niños, hacía la compra y veía series con Óscar por la noche cuando lograba mantenerme despierta en el sofá. Estábamos tan cansados que apenas teníamos ganas de hablar. Menos aún de hacer el amor. Eso se había convertido en algo esporádico, en algo programado y buscado. No era fácil que mis padres o mi suegra se quedaran con los niños y nosotros habíamos entrado en una inercia de parques, cine y cumpleaños infantiles que hacía que ninguno de los dos nos acordábamos bien de quiénes éramos antes de ser padres.

Los dos creíamos que era «lo normal» cuando se tienen niños pequeños, que es «una etapa», pero aquella carta me había puesto delante de mis narices una tristeza profunda, solapada y disimulada que no era consciente que guardaba dentro de mí.

Había más. Faltaban las bromas entre nosotros, faltaban los besos inesperados, faltaban las notas en el bolsillo del abrigo… Faltaban muchas cosas. Durante aquellas semanas, observé de cerca a Óscar. Era un padre estupendo, solía estar siempre de buen humor y hacíamos muchas cosas en familia. ¿Y yo? ¿Dónde estaba yo en la vida de Óscar? ¿Cómo me veía él a mí?

También me preguntaba cómo lo veía yo, al cabo de los años y con dos hijos de por medio. Me seguían gustando mucho sus manos, su voz, su sonrisa. Me seguía pareciendo un tipo interesante, pero a veces lo notaba demasiado cerca y, al mismo tiempo, demasiado lejos.

Una noche me desvelé de madrugada y empecé a recitar la carta como un mantra dejándome llevar por el ritmo de las frases, por la cadencia de las elegantes palabras. «Cuanto más te conozco más te quiero», «tú siempre eres nueva», «tú siempre haces que todos mis sentidos se concentren». Tumbada en la cama en medio de la noche, me pregunté por primera vez si yo sería capaz de escribir algo así. O, al menos, una bonita carta de amor para Óscar. Quería volver a enamorarme de él, quería que él se volviera a enamorar de mí, que los dos volviéramos a tener ese vínculo especial que yo me imaginaba como un cordel dorado que nos unía de forma invisible.

No es que fuera una ingenua, no. Sabía que una carta no iba a obrar milagros, no era ese el propósito. Más bien prender una cerilla, procurar algo de luz y de calor y que, por unos momentos, mis ojos volvieran a brillar y que mi corazón se acelerara al escribir la carta, al pensar en cómo dársela y esperar a ver cómo reaccionaba.

Empecé varias, pero nada me convencía, no sonaban naturales. No se me da especialmente bien la escritura y parecía que mis sentidos se habían adormecido en los últimos años. Me metí en internet para ver algunas cartas de amor, pero eran demasiado tópicas, demasiado estereotipadas. Amplié un poco más mi búsqueda hasta que di con un enlace de cartas de amor escritas por personajes célebres.

Después de leer varias, me quedé pensativa. Ninguna era tan bonita como la del hombre que la había guardado en un maletín que descansaba en lo alto del armario de mi trastero. Es más, algunas, a pesar de estar escritas por grandes escritores, rozaban lo ridículo. Había una de Oscar Wilde dirigida a «mi niño» en la que decía cosas como «esos labios tuyos, rojos como pétalos de rosa», u otra de Ernest Hemingway para «Mi querido pepinillo». Incluso una de Balzac donde decía: «Me siento tonto y feliz tan pronto pienso en ti».

Todo me parecía banal, superfluo, manido. Y pensé que el amor todo lo iguala, al menos esos grandes escritores no parecían decir más que cursiladas cuando estaban enamorados, cuando hablaban por ellos mismos por medio de cartas, cuando no estaban escribiendo libros e inventaban tramas y personajes. Lo de «pepinillo» y «rojos como pétalos de rosa» me hacía creer que las notas que nos habíamos intercambiado Óscar y yo hacía años no debían ser tan patéticas.

Seguí leyendo un par de cartas de amor más, una de Lewis Carroll y otra de Flaubert, cuando di con mi carta. Con la carta que yo tenía guardada en el cajón de la mesilla. La misma que me sabía de memoria y que un día lejano un hombre elegante y enamorado había escrito y guardado en el maletín que yo había descubierto en la parte superior del armario del trastero unas semanas antes. Solo que el autor de semejante poema de amor era John Keats no un hombre anónimo y romántico, tal y como había imaginado.

Cuando leí aquellas líneas en la pantalla del ordenador no supe si reírme o llorar. Me entraron ganas de romper la carta, de arrugarla, de insultar al imbécil que la había guardado en el maletín y de insultarme a mí misma por haber caído como una tonta en semejante sueño de amor. No era capaz de calcular las horas que había dedicado a imaginar a ese hombre, a pensar en cómo debía vestir, qué cosas le gustaban, dónde y cuándo había escrito aquella carta, a quién iba dirigida… Una y cien veces había visualizado esa ventana por la que su amada había pasado mientras él escribía aquello de «sentí tanta admiración como la primera vez que te vi».

Al investigar un poco supe que Keats había escrito aquella carta, y muchas más, a Fanny. Era Londres, verano de 1818. El poeta, con solo 23 años, se había establecido en la residencia de Wentworth Place, donde su amigo Charles Brown estaba alquilado junto con la familia Brawne. Allí conoció el amor de su vida: Fanny Brawne, una chica de tan solo 18 años. Fue un flechazo a primera vista. Al parecer, Fanny se quedó impresionada con la sensibilidad y los poemas de Keats y ella se convirtió en la musa inspiradora de sus poemas y cartas románticas.

Y allí estaba yo, con mi imaginación echa pedazos y una carta de alguien que seguramente había querido hacer pasar por suya. Me enterneció de pronto que ese hombre se hubiera tomado la molestia de buscar una carta de amor preciosa como aquella y transcribirla para dársela a la mujer a la que amaba. Yo misma había acabado mirando en internet para inspirarme.

Ya era primavera. Por la ventana entraba un viento fresco y las nubes iban y venían en un cielo claro y luminoso. Apagué el ordenador, cogí una hoja del taco que siempre tengo al lado y escribí: «Te echo de menos. ¿Nos encontramos otra vez a mitad de camino?».

Doblé el papel, lo metí en el bolsillo del vaquero que Óscar había dejado encima de la silla y me senté a esperar.

 

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