Montaña rusa

La gripe me había dejado para el arrastre. Me dolían los huesos, los músculos y las articulaciones, me seguía sintiendo un tanto aturdido y las mejillas se me habían quedado flácidas. Me miré al espejo y, francamente, me di pena, mucha pena. Antes de la gripe tenía 55 años; dos semanas después parecía que me había echado cinco años encima.

Me di una ducha larga para ver si entraba en calor y me afeité con cuidado. Luego me puse una crema que mi exmujer se había dejado en el armario del baño. Revitalizante, ponía. Sí, yo necesitaba justamente eso: revitalizarme.

Había decidido reincorporarme al trabajo aquel viernes para ir cogiendo el pulso, así que me vestí para ir a la oficina, pero el traje parecía que había ensanchado. Las hombreras dejaban un espacio fantasmal entre la tela y mis hombros y el cuello de la camisa no conseguía ceñirse como quince días antes. Forcé un poco el nudo de la corbata, pero no se trata de eso; se trataba de que, al parecer, había perdido algunos kilos y había ganado en desgaste.

Quise hacer algo por recobrar los ánimos y las energías y en la cafetería pedí un desayuno completo. Al principio me estaba gustando mucho, pero, después de lo poco que había comido durante la gripe, parecía como si el estómago se hubiera cerrado, así que tras el zumo y media tostada casi no me entraba nada más. Aún así, aferrado a una fuerza de voluntad un tanto absurda, seguí comiendo, haciendo como que estaba disfrutando. Logré acabarme la tostada, el café y el cruasán y hasta llegué a dejar escapar un suspiro que me habría gustado que fuese de satisfacción, pero solo sonó a empacho.

Antes de salir, fui al baño a lavarme las manos y me miré en el espejo. No sé si era por la luz, pero mi rostro parecía más demacrado que antes. Las mejillas tenían un tono blanquecino nada favorecedor y de la frente me bajaban unas gotas de sudor que hacían que mi aspecto fuera aún más deplorable. En la puerta alguien había escrito con un rotulador rojo: «Nunca es tarde para emprender un nuevo rumbo, vivir una nueva historia o construir un nuevo sueño». Me entraron ganas de darle una patada, pero, a pesar del copioso desayuno, apenas tenía fuerzas. La frase era de lo más gilipollesca. Lo único que se salvaba era que no tenía faltas de ortografía, lo que, por otra parte, no hacía que fuera menos estúpida.

Quien la había escrito no tenía ni idea de lo que era pasar una gripe a los 55 años ni de cómo se te queda el cuerpo después de la fiebre, las tiritonas, el dolor de espalda y de piernas… Eso sí, se permitía alentar a «emprender un nuevo rumbo». Me dije a mí mismo que bastante era si lograba llegar a la oficina y pasar ocho horas delante de clientes que pedían préstamos con cara de lerdos.

Los compañeros y la jefa me recibieron con displicencia, así que me senté a mi mesa, encendí el ordenador y me dispuse a sobrevivir a la jornada de trabajo. Al llegar a casa, arrastrándome como un alma en pena, Matilde, la portera, me preguntó si había hablado ya con su sobrina por lo del plazo fijo. No pude disimular y ella se dio cuenta enseguida de que o no me acordaba de qué estaba hablando o sí lo sabía, pero había olvidado hacer la gestión.

—No se preocupe, Alberto. Veo que no se encuentra usted bien todavía. La gripe anda coleando… Y, a ciertas edades, todo se sufre de otra manera —dijo.

Fue como la picadura de una avispa. Que lo admitiera yo para mis adentros era una cosa, pero que aquella señora con la que tenía un trato cortés se atreviera a decirlo en alto rayaba la mala educación. Antes de que hiciera referencia al estado de mis mejillas, intervine.

—No se trata de eso, es que he estado ocupado.

—No se disculpe, todos tenemos derecho a ponernos enfermos. Ahora solo necesita recuperarse y comer bien. Además, es normal que no se acuerde.

Iba a defenderme cuando ella siguió hablando:

—Durante dos semanas de rutina, una persona puede almacenar entre seis y nueve recuerdos. Lo acabo de leer en la revista de la asociación de mayores. Pero como usted ha estado con esa gripe, es normal que hasta se le hayan borrado cosas. Por lo del plazo fijo de mi sobrina, digo.

Yo seguía allí de pie, apenas sin poder sostenerme y sin fuerzas para coger el ascensor y subir a mi casa cuanto antes.

—En cambio, en un solo un día de asueto podemos almacenar los mismos recuerdos que en dos semanas —siguió diciendo con un tono completamente desconocido para mí—. Me atrevería a decirle que usted necesita hacer algo nuevo, tomar un nuevo rumbo.

Me apoyé en el quicio de la puerta. Aquello no podía estar sucediendo, no era real. Seguramente no me había dado cuenta de que volvía a tener fiebre y aquello no era otra cosa que una pesadilla.

—¿A quién no le gusta perseguir un nuevo sueño? —siguió diciendo.

Las piernas me temblaban y había empezado a sudar. ¿Sería posible que aquella señora, la amable y discreta Matilde, se hubiera transformado en quince días? ¿Acaso ella también había sido víctima de la gripe y eso había alterado su personalidad para convertirla en una especie de ser repelente con aires de psicóloga barata? ¿De dónde se sacaba aquellas frases, aquellas palabras, aquellas teorías? Es más, ¿era ella quien había escrito la ridícula frase que había leído aquella ya lejana mañana en la puerta del baño donde me había obligado a ingerir un desayuno que todavía daba vueltas en mi estómago?

No tenía fuerzas para nada más que para seguir apoyado en la puerta. No podía hablar. No podía moverme. No era capaz de dar los pocos pasos que me separaban del ascensor, pero de alguna manera debí conseguirlo porque cuando me quise dar cuenta estaba en mi cocina, sentado en una silla y con la cabeza apoyada en la mesa.

¿Era verdad, entonces, que la fiebre había borrado mis recuerdos?

Me arrastré hasta la habitación y sin aflojarme siquiera la corbata me desplomé en la cama. Cuando abrí los ojos estaba atardeciendo y yo me había destemplado. Me puse la mano en la frente, pero estaba helada. No había fiebre. Por unos momentos, lo lamenté. Lamenté no tener fiebre y volver a estar griposo, eso explicaría de una manera decente que últimamente no me acordara de nada. Hice un esfuerzo y traté de recuperar lo que había hecho ese día. Si lo conseguía, era señal de que estaba bien, que estaba recuperado. Como si fuera algo que había ocurrido hace mucho tiempo, recordé el lamentable desayuno, la llegada a la oficina y la lamentable acogida que me habían hecho y las lamentables horas que habían discurrido como en el infierno hasta que dieron las tres de la tarde. Luego, recordé la extraña conversación con la portera. Después de esas horas de sueño, empecé a no ver tan extravagante lo que Matilde había comentado acerca de los recuerdos.

Se generaban de seis a nueve recuerdos en una semana. Los mismos que en un solo día de diversión.

¿Cuántos recuerdos era yo capaz de generar en dos semanas de vida rutinaria? Como venía de dos semanas de fiebre y enfermedad donde había vivido en una especie de limbo, no me hacía a la idea de lo que uno puede recordar a lo largo de quince días. Mi vida, he de reconocerlo, se había vuelto de lo más ordinaria. Más aún desde que Carmen se fue de casa. No es que con ella la vida fuera una tómbola, por así decirlo, pero mis rutinas se habían intensificado y apenas había nada que me sacara del aburrimiento y el hastío. Hasta cuando quedaba de vez en cuando con algunos amigos me invadía el tedio. «Tienes una depresión encubierta», me decían. «Tienes que salir más y divertirte». «Tienes que superar lo de Carmen». «Todavía eres joven y tienes un buen trabajo». Escuchar semejante sarta de estupideces había hecho que me refugiara aún más en casa. Alguna película, alguna serie, alguna cerveza y el algún paseo solían ser suficientes para sobrevivir al fin de semana y llegar al lunes para intentar sobrevivir al viernes. Ahora que lo pensaba, mi vida era una verdadera mierda.

Me cagué en la gripe que me había vuelto olvidadizo, en la frase que había leído en la puerta del baño del bar, en la portera y sus reflexiones pseudomísticas, en mi vida y en mis recuerdos. Todo se había puesto patas arriba de repente. Me dispuse a hacer inventario de los recuerdos más recientes, así que me cambié de ropa, me puse una cerveza con unas patatas fritas y me senté en el sofá. Cerré los ojos un momento para concentrarme, pero no me vino nada a la cabeza. Maldije la enfermedad de nuevo, me había dejado peor de lo que imaginaba. Sin embargo, empecé a recordar algunas cosas: no solo la conversación con la portera, las insoportables horas en el trabajo, el desayuno y la frase del baño, sino que me vino a la memoria el traje que debía recoger de la tintorería, la llamada pendiente que tenía que hacer al dentista, el olor a pelo sucio del guarda jurado de la oficina, la música con la que abría la serie que estaba viendo, la revisión de la nevera para ver qué hacía falta y la ausencia de papel higiénico en el baño. No sé cuántos recuerdos sumaba, pero eran realmente penosos.

Hice un esfuerzo por buscar algo más glamuroso, pero solo encontré una especie de vacío. Ni una mirada de una mujer interesante de camino al trabajo, ni un nostálgico recuerdo de la infancia, ni una llamada inesperada, ni una cita. Nada. Eso era lo que había detrás de aquellos recuerdos insustanciales y absurdos: nada.

Me bebí la cerveza de golpe y me levanté a por otra. Todo aquello me había dado sed, además, volvía a tener calor, mucho calor. Hice el amago de ponerme de nuevo la mano en la frente para comprobar si era fiebre, pero desistí. Aquel día estaba resultando de lo más extraño y la temperatura de mi cuerpo subía y bajaba como una montaña rusa. También yo, que no sabía a ciencia cierta si estaba agotado, deprimido, aburrido, sobrepasado o, como ahora, desconcertado. Después de la segunda cerveza, me empecé a sentir mejor, a relativizar todo ese rollo de los recuerdos, el olvido, la rutina y lo nuevo. Me comí medio bol de patatas y abrí otra cerveza. Después de tomármela salí a la calle, parece que había recobrado las fuerzas. Me miré en el espejo que había en el portal y comprobé que mis mejillas habían recobrado su color habitual y que un cierto brillo había aparecido en mi mirada. Las ojeras no eran tan marcadas y hasta el cuello parece que llenaba mejor el jersey que me había puesto.

Era uno de esos días cálidos de finales de la primavera. Después de dos semanas enclaustrado y tras unos meses de hibernar en mi casa solo, aquella tarde me parecía inusualmente viva. La gente caminaba por la calle con brío, algunos se reían con ganas, los niños correteaban de un lado para otro, una pareja de jóvenes se besaba apoyada en una farola, otros hablaban a grito pelado por el móvil y la luz lo bañaba todo con un brillo especial. Todo aquello que unas semanas antes me habría producido urticaria, ahora me parecía una especie de festival. Mi mirada se quedaba atrapada en toda aquella gente, en toda aquella movilidad, en todos esos sonidos y olores.

Me dejé llevar por la masa hasta que di con una especie de recinto ferial que habían habilitado a las afueras del barrio. Debían ser las fiestas y yo, para no variar, no me había enterado. Entré, atraído por ese espectáculo que no recordaba desde mis años de la infancia. Había puestos de comida, de bebida, atracciones para los niños, casetas de tiro con escopeta y con pelotas de tela, coches de choque y una especie de balsa que se movía de un lado para otro con gente dentro que chillaba cada vez que la estructura se balanceaba de un lado a otro hasta el punto de que parecía que iba a dar la vuelta sobre sí misma. Al fondo, una montaña rusa y una noria.

Me acerqué a unos de los puestos y pedí una cerveza con un bocadillo de chorizo. Sin darme cuenta, yo también me sentía revitalizado y animoso, como si todos los efectos de la gripe y el cansancio hubieran desaparecido por arte de magia. Lo comí con gusto y me dirigí a un puesto de disparar con rifle y tras tres partidas conseguí una serpiente multicolor de tela que le regalé a un niño que estaba a mi lado acompañando a su padre y que se puso a dar saltos de contento.

La vida me parecía, a cada instante, más luminosa. En ese momento no pensaba en nada, ni en el trabajo, ni en Carmen, ni en los amigos, ni en la tintorería, ni en el dentista, ni en la portera, ni en mi frigorífico vacío. Solo caminaba entre la gente llenándome del olor a churros, a manzanas cubiertas de caramelo, a algodones de azúcar de color rosa, de los gritos de la pareja que llevaba la tómbola, de los lloros y las risas de los niños y de la música que salía de todas partes en una algarabía que funcionaba como un imán.

Me acerqué a la montaña rusa y, llevado por este espíritu, saqué un tiquet para montarme. Esperé en la cola a que la montaña hiciera su recorrido y escuché con el corazón un poco alborotado los gritos histéricos de los que estaban arriba. Creo que estaba sonriendo. Creo que, en aquellos momentos, había vuelto a conectar con algo de mi infancia y adolescencia. Creo que estaba buscando algo nuevo que rompiera la monotonía y que, por primera vez desde hace mucho tiempo, lo estaba consiguiendo. No era aquello de «Nunca es tarde para emprender un nuevo rumbo, vivir una nueva historia o construir un nuevo sueño» o como fuera lo que algún gilipollas había escrito en la puerta del baño del bar, pero yo me sentía eufórico, exultante. Cuando la gente empezó a bajar, noté que me sudaban las manos y el estómago empezaba a hacer ruidos raros. Demasiados nervios para un hombre que acaba de salir de una gripe y unos meses de encierro en su casa.

Había bastante gente en la cola. Me senté en uno de los asientos y, justo cuando me estaba atando, una mujer con un pañuelo de color fucsia y los ojos más verdes que nunca había visto en mi vida se sentó a mi lado. Me saludó con una gran sonrisa y se dispuso a asegurarse ella también. No sé a qué olía, pero era algo que de inmediato me recordó a un verano en la playa con mis compañeros de la universidad. No me dio tiempo a mucho más. La montaña rusa se puso en marcha y sentí que empezaba una especie de aventura.

Me gustó sentir el aire en la cara tras las primeras subidas y bajadas, que me acercaban aún más el perfume de la mujer que se había sentado a mi lado. No gritaba y parecía disfrutar del recorrido. Yo, en cambio, no pude evitar soltar un chillido ridículo cuando enfilamos la primera baja fuerte. Quería hacer como que todo iba bien, pero notaba que estaba sudando más de la cuenta y que los retortijones del estómagos iban en aumento. Abrí la boca para respirar y serenarme antes de la siguiente bajada, pero todo sucedía muy rápido. La cabeza me daba vueltas, tenía la cara empapada de sudor y unas arcadas asomaban a mi boca. Apreté los labios y contuve el aliento mientras aquella máquina infernal se retorcía como una culebra endemoniada. Tras una subida y una bajada suaves, creí ser capaz de retener las ganas de vomitar, pero en la última bajada potente el perfume nauseabundo de aquella mujer que no paraba de sonreír como si estuviera en una barca en medio de un lago escuchando a el canto de los pájaros se me metió en las fosas nasales hasta conectar directamente con mi estómago que dio la orden inmediata de echar por la boca las cervezas y el bocadillo de chorizo que me acababa de tomar. Aquello salió en todas las direcciones, hacia mí mismo, hacia la mujer que estaba sentada a mi lado y que abrió los ojos verdes más que nunca y quién sabe hacia dónde más.

Justo cuando la atracción paró, la mujer se puso a chillar como una histérica mientras se quitaba el pañuelo fucsia de la cabeza para limpiarse el vómito que le había caído encima. Oí ruido de gente que se aproximaba, de otros que también gritaban, no sé si alarmados por las voces de la mujer o por que también se habían visto afectados por mi vómito.

Me sentía sin fuerzas, la cabeza me seguía dando vueltas, el estómago no paraba de moverse, el sudor no cesaba y, al mismo tiempo, tenía mucho frío. El asqueroso olor de los churros y el insoportable sonido de las atracciones junto con el griterío de los niños y de los padres nerviosos y excitados hacía que me estallara la cabeza.

Tenía que moverme, tenía que salir de allí, decir algo, excusarme, pedir perdón, dar algún tipo de explicación, compensar lo que acaba de hacer de alguna forma. Pero me sentí incapaz. Sencillamente, no podía hacer nada, así que opté por cerrar los ojos y hacerme el desmayado. Me dejé resbalar en el asiento y aflojé toda la musculatura. Noté cómo me agarraban, me movían, me levantaban entre varias personas y me depositaban en el suelo. Uno decía que había que llamar a un médico, otro que no, que era mejor hacer espacio y dejar que corriera el aire, y alguien más me ofreció un regaliz para reanimarme. Yo seguía quieto, haciendo que estaba inconsciente, y allí, tirado en el suelo, tuve que aguantarme la risa para no explotar.

Todo resultaba de lo más gracioso. «Nunca es tarde para emprender un nuevo rumbo, vivir una nueva historia o construir un nuevo sueño». Y una puta mierda, pensé mientras el olor a vómito se mezclaba con el perfume de la mujer del pañuelo fucsia. «Una puta mierda», insistí.

 

 

 

 

 

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