En el mercado

Llevo tantos días viviendo en esta especie de trastero que he perdido la noción de mí mismo. Tal vez no sea un hombre normal y corriente, si es que ese concepto existe. Hace más de dos años que me quedé sin trabajo. También sin mujer, sin hijos, sin amigos. Todo ha ido desapareciendo a mi alrededor. Casi es un milagro que yo no me haya disuelto como la que era mi vida hasta no hace tanto tiempo.

A estas alturas, ya da igual el orden de los factores: el resultado, en este caso, sigue siendo el mismo. Por empezar por algún punto, diré que un día me quedé en el paro. Me vi, con cincuenta y dos años y un finiquito nada desdeñable, en la calle, en mi casa. Con Pilar. Con la televisión. Con muchas horas vacías que fui llenando, cada vez más, con muchas horas de bar y de alcohol. Supongo que yo cambié, que empecé a ser otro, pero ignoro si Pilar también cambió y empezó a ser otra o, realmente, ya se había transformado en alguien diferente mucho antes.

Pensar esto me ha aliviado en algunas ocasiones, una manera infantil de aligerar mi culpa, pero sucede cada vez menos, he aprendido a dejar de culparme, he ido aprendiendo a rescatarme a mí mismo y a sobrevivir. He dejado de hacer sumas y restas con mi vida. Si cambié yo o cambió ella, si eso se produjo antes o después o simultáneamente a perder el trabajo no hace que la habitación donde vivo se convierta en un verdadero hogar, aunque he logrado darle una cierta apariencia de vivienda digna.

El último año y medio de mi vida se parece a la mancha de humedad que hay en el techo. Es ambigua, borrosa y, aunque tiene unos contornos definidos, parece una especie de nebulosa. Muchas noches me quedo dormido mirándola. Así recuerdo lo que fui, lo que he sido y lo que no quiero volver a ser jamás.

No quiero volver a ser una mancha en la pared, no quiero que la humedad se extienda. Por eso, a veces, cuando mirar la mancha me duele más de la cuenta giro la cabeza hacia la puerta y observo el pájaro que hay pintado en ella. Es tan real que parece que va a echar a volar. Lleva poco tiempo ahí que en ocasiones me olvido de que está. Sus rasgos vívidos y delicados hacen que algunas noches me entran ganas de hablar con él. No lo hago porque me da la sensación de que es algo que hacen los locos o los que están demasiado solos como yo.

El pájaro lo ha pintado un chico. Es el nieto de mi nuevo vecino, si se puede llamar vecino a un hombre que acaba de alquilar el local de al lado en el viejo mercado donde vivo. No es el mercado de mi barrio, pero sí el mercado donde resido desde hace siete meses. Desde que Pilar vio cómo me estaba consumiendo y agotando el finiquito y decidió hacer algo por ella y por mí. También por nuestros hijos, supongo, aunque hace tiempo que han volado.

Pilar hizo varias cosas y, en este caso, sí importa el orden: cogió lo que quedaba de la liquidación, gestionó el subsidio que me corresponde, convenció a mi hermano para pusiera algo de dinero y me llevó a firmar la compra del pequeño local donde vivo ilegalmente. No tiene ventilación, no tiene ventanas, pero es mío. Es mi casa.

En un gesto un poco teatral que supongo que necesitaba, me puso las llaves en la mano y me echó de casa. No quería volver a verme. No quería que regresara al barrio. Tampoco mis hijos parecen querer saber mucho de mí, y no se lo reprocho. En realidad, todos se han ido alejando, ocupados en sus trabajos, en sus casas, en sus familias, en sus vidas. Quizá yo habría hecho lo mismo.

Desde entonces, vivo aquí, en el mercado abandonado. Un hombre lo compró hace más de un año y está alquilando algunos locales, los antiguos puestos. Ahora, como tales, solo quedan tres en la galería: un puesto de variantes y conservas, la pescadería de los Hermanos Martínez y el puesto número 15, de aves y caza. Todos tienen las letras en color rojo y el número en azul. Todos tienen el cierre herrumbroso y están abandonados desde hace años. El resto se ha ido transformando en pequeñas lonjas a lo largo de los dos pasillos.

En mis paseos por el mercado abandonado los he ido contando. Son 52 locales. Debía haber de todo aquí, como en los buenos mercados de barrio, y lamento que se conserven tan pocos rótulos. El suelo está deteriorado y a mí me sigue oliendo a mercado, aunque no sé si es una sugestión mía.

Al final del pasillo hay unos lavabos; una señora viene a limpiarlos una vez por semana, ahora que parece que cada vez hay más locales alquilados. En mi pasillo, además de mi vecino, están un chico que lo tiene alquilado para construir sus maquetas de aviones y un grupo que ensaya dos veces por semanas hasta las tantas de la madrugada y no me deja dormir. Pero no me puedo quejar, esto no es un bloque de apartamentos.

Mi vecino ha convertido su local en un taller donde hace figuras de madera, barcos, faros, carretillas que llena de frutos secos… Todas son bellas y delicadas. Tiene las herramientas perfectamente ordenadas en la pared, cada una tiene su lugar, hasta ha dibujado a lápiz el contorno de cada una de ellas para evitar equívocos. La primera vez que lo vi me quedé perplejo. Luego pensé lo fácil que sería la vida si todos tuviéramos ese contorno, ese camino marcado. Me he vuelto muy reflexivo desde que vivo aquí.

Su local siempre está limpio y se nota que ese hombre sabe lo que se hace. No sé cómo se llama, no me he atrevido a preguntarle su nombre, aunque me gusta charlar con él un rato cuando se acerca al local. Nunca le habría dirigido la palabra si él no me hubiera hablado primero. Últimamente, también me he convertido en una especie de anacoreta.

El hombre no se anda por las ramas. Me preguntó si vivía allí y no tuve fuerzas para mentirle. Le dije que sí con la cabeza mirando al suelo. Enseguida me ofreció unas herramientas y unas maderas que le sobraban. Por si me venían bien, me dijo. No me hacían falta, pero para mí son una especie de tesoro y las tengo apiladas contra la pared al lado del pájaro que su nieto ha pintado para mí.

El chico viene a veces a acompañar a su abuelo. Es callado y dibuja muy bien. Vi cómo pintaba el pájaro en la puerta de su abuelo, por la parte de fuera, y varias veces me sorprendió mirándolo. Unos días más tarde, mientras hablaba con su abuelo, se ofreció a pintarme uno. Acepté y me atreví a pedirle que lo dibujara en el lado de la puerta que da al interior de mi local. Como no quería que entrara y viera mis cosas, le abrí la puerta y, en silencio, se sentó en un taburete en el pasillo y creó un hermoso pájaro para mí.

Lo observo mucho. Sus plumas, sus alas, su cabeza perfecta, el brillo de sus ojos negros, sus patas delicadas. No tengo mucho que hacer aquí. Me levanto, me aseo en los lavabos al final del pasillo, lavo alguna prenda que cuelgo en la cuerda que he puesto de lado a lado de la pared, encima de la cama, y salgo a la calle. No saludo a nadie y nadie me saluda, aunque algunos ya nos reconocemos. Me tomó un café con leche en el bar y de vez en cuando voy a la biblioteca a leer o a coger libros, también me he ido acostumbrando a eso para llenar mis horas. Cuando llueve o hace mucho frío doy paseos por el mercado. Cuento los pasos, cuento los locales, cuento los minutos.

Como y ceno en un comedor social, aunque algunas noches me tomo un bocadillo sentado en la cama mientras oigo la radio. Mi vecino se ha ofrecido a ponerme un enchufe y a instalarme un extractor en la pared como el que se ha puesto él, pero todavía no he aceptado, me da demasiado pudor.

Procuro que todo esté en orden. Procuro hacer que parezca una vivienda, aunque no sé si lo consigo, puesto que no ha entrado nadie hasta ahora. A veces algo al pasillo, dejo la puerta abierta y me imagino que soy otra persona que está mirando la habitación. Según los días, pienso que es una habitación muy digna y otros que no es más que una especie de chamizo sórdido.

Sin embargo, algo ha ocurrido últimamente. Desde hace dos semanas, el local que está cuatro puertas más allá luce en su puerta dos grandes flores de papel rosas y rojas. Justo enfrente hay una puerta de cristal sellada, uno de los dos accesos que tenía el mercado. El cristal tiene manchas de suciedad, pero no está roto y, en los días de sol, deja pasar la luz, que incide en esas hermosas flores de papel haciendo que el rojo y el rosa sean aún más intensos.

Lo ha alquilado o comprado una mujer que viene los martes y los jueves por la tarde. Está arreglando el local, pero ignoro qué uso le va a dar. Algunos días, como hoy, me siento en el suelo junto a la puerta sellada y me quedo absorto mirando cómo el sol de este otoño que se cuela entre las manchas de suciedad del cristal me entibia la espalda y se refleja en los pétalos rosas y rojos de papel de las extrañas y bellas flores.

No me atrevo a tocarlas por si se caen, pero sí he acercado la nariz para olerlas. Desprenden un aroma dulzón que no sé identificar, pero me reconforta y atrae. Son, junto con el pájaro dibujado en mi puerta, lo más bonito del mercado. Ella también parece bonita, aunque solo la he visto fugazmente. A veces canta por lo bajo y su voz devuelve un poco de vida al mercado. Cuando se va, su olor permanece durante un rato flotando en el pasillo.

Desde mi habitación, estoy atento a sus movimientos, a sus llegadas, a sus salidas. Cuando siento que se va, salgo y aspiro su aroma. Me ayuda a entrar en un mundo nuevo donde las cosas están bien, donde sé quién soy y hacia dónde voy. Una especie de nube, de paréntesis, donde solo quiero oler ese perfume, mirar las flores de papel rosas y rojas y soñar que un día, tal vez, nuestras miradas se cruzan.

 

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