Al otro lado de la puerta

Hace unos años sucedió un hecho traumático en el rellano de mi casa. Entonces era la casa de mis padres, un sexto piso donde había dos puertas más. En una de ellas vivía Blancanieves con su marido y su hija. Mis hermanos y yo empezamos a llamarla así porque su pelo era igual al de la Blancanieves de Disney y su cara, tan blanca como la de ese personaje. Mi madre tenía una relación cordial con ella, pero exenta de la complicidad de una auténtica vecina a la que le puedes dejar a tus hijos ante una urgencia o le puedes pedir unos huevos o unas patatas, aunque sea un poco tarde.  La hija de Blancanieves era muy silenciosa, no como mis dos hermanos y yo, que teníamos cierta tendencia a gritar y a discutir a menudo.

En el otro piso, cuya puerta estaba enfrente de la nuestra, vivía un matrimonio al que no veíamos casi nunca y menos aún oíamos. No parecía haber mucha vida en esa casa, salvo sus entradas y salidas para ir al trabajo. Esas sí las teníamos controladas. Ella salía a las ocho menos cuarto y él a las ocho y media. Ignorábamos en qué trabajaban, pues apenas nos relacionábamos con ellos, salvo unos saludos parcos de cortesía cuando nos cruzábamos en portal.

A nosotros tres nos daban un poco de miedo, sobre todo él. Un hombre muy alto, cargado de espaldas y con la mirada perdida. No vestía exactamente de traje, pero acostumbraba a llevar una americana de cuadros, unos pantalones grises y una camisa sin corbata. No llevaba nada más, ni cartera, ni maletín, ni bolsa, ni accesorio de ningún tipo. A veces, en casa se hablaba de qué tipo de trabajo debía tener ese hombre, a quien algunos días notábamos regresar a casa borracho y a horas desacostumbradas. Le empezamos a llamar «el borracho». Lo hacíamos todos. No sé quién fue el primero que lo dijo, si fue mi madre, mi padre, alguno de mis hermanos o yo misma, pero el caso es que todos en la familia nos referíamos a él de esa manera.

Realmente, no eran tantas las ocasiones en las que regresaba ebrio (o al menos que nosotros viéramos). Lo habitual era que volviera del trabajo, sereno y puntual, a las seis y media. Creemos que iba y venía en autobús, aunque es posible que lo hiciera en el metro; mis padres descartaban que tuvieran coche porque nunca los habían visto con uno, y en aquellos años todos los vecinos aparcaban en la plaza de debajo de casa. La llamábamos así, «la plaza», pero en realidad era una especie de pequeño parking que tenía dos bancos de madera en uno de los extremos. En uno de ellos se sentaba la mujer de nuestro vecino. Ella volvía a casa a las tres y cuatro, por lo que mi madre siempre decía que debía trabajar en el Ayuntamiento o en la Seguridad Social. Nunca lo supimos.

De lunes a viernes, la mujer se sentaba, sobre las seis de la tarde, en uno de los bancos a esperar a que llegara su marido. Solía llevar puesto un jersey amarillo y le gustaba comer pipas hasta que el hombre aparecía con su andar lento, más encorvado que por la mañana y con la mirada más turbia. Esto, claro, lo decía mi madre, que siempre ha estado muy atenta a todo lo referido a los vecinos. Algunos días, mientras cenábamos en familia, decía cosas como «hoy venía turbio» o «el borracho cada día tiene peor pinta».

Ahora me parece algo totalmente fuera de lugar y ofensivo, pero en aquellos momentos, y dado que a mis padres les parecía normal este tipo de conversación (y mantenerla delante de nosotros, además), todos participábamos dando nuestra opinión. Nos encantaba fabular con qué tipo de trabajo tenían, por qué no tenían hijos o qué hacían los fines de semana.

Mi madre, que era el motor de las conversaciones que giraban en torno a nuestros vecinos de enfrente, solía comentar que tanto silencio no era normal y que algo raro pasaba en esa casa. Mi padre asentía y le daba la razón. En una casa con tres hijos, dos de los cuales se pasaban parte de la tarde pegándose e insultándose (cuando no éramos los tres los que nos enzarzábamos), a mis padres todo lo que fuera silencio les parecía turbador.

La familia de Blancanieves también les producía cierta inquietud, con «esa niña tan callada». Pero claro, «la pobre es hija única» y ese hecho la eximía un poco. Aunque Blancanieves no era, como ya dije, una vecina de mucha confianza, sí intercambiaba algunas frases con mi madre, que recordaba con añoranza los años que vivimos en la otra casa, donde Flor sí que era una auténtica vecina. Tomaban café juntas mientras mis dos hermanos (yo no había nacido todavía) jugaban con sus dos hijos. Flor hacía unas tortillas riquísimas, que de vez en cuando pasaba a casa de mis padres, o nos hacía unos patucos de lana con su pompón y todo. Durante unos años, desde que mis padres se cambiaron de ciudad por el trabajo de mi padre, mi madre y Flor no se vieron, aunque hablaban mucho por teléfono. También en esas conversaciones aparecían Blancanieves, «el borracho» y «la canaria».

«La canaria» era la mujer del borracho. Ese nombre sí se lo puso mi madre. Lo dijo una tarde, mientras estaba asomada a la ventana, algo que hacía a menudo. Estaba mirando a la plaza, cuando dijo: «Ya está en el banco la canaria». A todos nos hizo mucha gracia porque realmente esa mujer, con su jersey amarillo, su pelo negro y corto y sus eternas pipas, nos parecía a todos un pájaro.

Una noche, mientras cenábamos, oímos llegar a nuestro vecino. La canaria lo había estado esperando hasta las siete menos cuatro. Entonces, se había levantado, había recogido sus pipas, y había vuelto a casa con un andar lento y abatido. A mi madre, que la estaba viendo desde la ventana, le dio pena. Justo cuando nos lo estaba contando en la cena sentimos que llegaba el vecino. Cuando sucedía eso (y ya digo que no era habitual), todos en casa dábamos por sentado que venía borracho.

Ahora, pasados tantos años, tampoco podría asegurar que siempre que regresaba tarde a casa lo hacía borracho, pero en aquella ocasión oímos cómo arrastraba los pasos, cómo aporreaba su puerta al no conseguir abrir con la llave y luego (esto sí era excepcional) cómo discutían acaloradamente.

Esa misma madrugada, nos despertaron los ruidos que provenían de la casa de nuestros vecinos. Nos fuimos levantando todos y nos juntamos en la cocina. Hacía frío, así que nos pusimos la bata para abrigarnos. Ahora, cuando rememoro aquella escena, me parece surrealista, pero en aquel momento a todos nos pareció normal, sobre todo a mis padres, que supuestamente eran los que tenían que haber puesto una nota de cierta cordura en todo ello. Así que allí estábamos los cinco con nuestras batas reunidos en la cocina haciendo hipótesis de lo que debía estar pasando.

Se oían unos pasos como de tacones y muebles que eran arrastrados de un lado a otro. Mi madre enseguida se alarmó. La canaria llevaba unos zapatos bajos de suela ancha y, además, era la primera vez que se armaba semejante alboroto, y más aún de madrugada. Mis hermanos y yo cogimos unos vasos de cristal y los pegamos a las paredes para ver si así conseguíamos escuchar algo más, lo cual era absurdo porque su piso estaba enfrente del nuestro y no compartíamos ninguna pared.

El estrépito era cada vez mayor, parecía que arrastraban mesas y sillas y que caían cosas al suelo con fuerza. Extrañamente, a ellos no se los oía. Mi padre dijo que debíamos llamar a la policía, pero mi madre se lo impidió, dijo que «eran cosas suyas», que «las cosas de familia se quedan en familia» y cosas así. Mis hermanos y yo íbamos de pared en pared con los vasos de cristal, sobre los que poníamos la oreja, pero estábamos cada vez más asustados. De pronto, oímos un ruido seco que dio paso a un silencio que nos sumió a todos en un gran desconcierto.

Al cabo de media hora, cuando estábamos en la cama, pero despiertos, llegó la ambulancia. Mi madre se puso a llorar, lo que hizo que nosotros tres también acabáramos llorando, mientras mi padre iba de un lado a otro del pasillo con la bata y descalzo diciendo: «Tenía que haber llamado a la policía, tenía que haberlo hecho».

Nunca supimos a ciencia cierta qué había pasado, salvo que la canaria murió esa noche. Todos, en casa, pensábamos que el borracho la había asesinado, pero no comprendíamos cómo podía estar libre y no cumpliendo condena en la cárcel. Los días siguientes, hubo un ambiente raro en casa. Mi madre se asomaba a la ventana, miraba al banco de la plaza y murmuraba: «Qué barbaridad, qué barbaridad» y mi padre se sumió en un extraño silencio que hizo que en las cenas de esos días solo se oyera el sonido de los cubiertos contra los platos.

Mi madre se cruzaba a veces con Blancanieves cuando iba a hacer la compra, pero ninguna de las dos comentó nada de lo que había sucedido. En casa, poco a poco todo volvió a la normalidad, pero a mí ese hombre, que siempre me había parecido extraño, ahora me daba todavía más miedo. Ni mi madre ni mi padre lo dijeron expresamente, pero todos evitábamos cruzarnos con él, sobre todo por la tarde cuando regresaba del trabajo. Seguía vistiendo de la misma manera y haciendo las mismas rutinas, salvo que, al cabo de un tiempo, cuando llegaba más tarde a casa (esporádicamente, al igual que cuando vivía la canaria), lo hacía acompañado de una mujer que sí llevaba tacones y con la que, indefectiblemente, acaba discutiendo y armando jaleo a medianoche.

Mi madre, por supuesto, ya tenía su teoría. Era una rusa que debía ser puta y también borracha. Nosotros tres nunca la habíamos visto, pero mi madre sí; un día no pudo más con la curiosidad y los espió por la mirilla cuando el vecino intentaba abrir la puerta con la llave. Mientras cenábamos, un día nos contó que era rubia «de bote», que vestía con «malas pintas» y que fumaba. Lo de que era rusa no sé de dónde lo sacó, porque solo los oíamos cuando discutían y solo nos llegaban sonidos ininteligibles, pero lo cierto es que todos los llamábamos así, «el borracho» y «la rusa».

Con los años, nos fuimos marchando de casa y la presencia del vecino pasó a un segundo plano. Cuando comíamos juntos algún domingo, mi madre nos informaba de que «el borracho» estaba muy tranquilo últimamente, que casi nunca volvía ebrio y que, cuando lo hacía, volvía solo. Que había envejecido y cada día estaba más encorvado. «La rusa» había desaparecido y, aunque ninguno de los cinco decíamos nada, creo que todos pensábamos que igual la había asesinado como había hecho con su mujer. Solamente mi padre se aventuraba a decir tímidamente que no sabíamos lo que había pasado realmente aquella madrugada, yo creo que movido todavía por la culpa que sentía por no haber llamado a la policía.

Ese verano, mis padres se marcharon un mes al apartamento de la playa que mis tíos les habían dejado. Habíamos estado muchas veces allí, con mis primos, pero apenas íbamos ya. Mi hermano mayor estaba viviendo en Londres y mi otro hermano y yo nos turnamos para pasar una vez por semana «a dar una vuelta a la casa», según nos había pedido mi madre. Los dos sabíamos que era absurdo, pero como vivíamos relativamente cerca, nos comprometimos a ir una vez por semana para subir las persianas, abrir las ventanas y asomarnos a la ventaba de la cocina para hacer que la casa no estaba vacía. Mi madre hacía mucho hincapié en lo de que nos asomáramos por la ventana, pero ni mi hermano ni yo lo hacíamos.

La segunda semana de agosto me tocaba ir a mí a «dar una vuelta a la casa», así que esperé a que se pasara un poco el calor y a última hora de la tarde fui para allí. Al salir del ascensor, y antes de entrar en casa de mis padres, me di cuenta de que la puerta del vecino estaba abierta. No del todo, pero sí lo suficiente como para ver, por primera vez en mi vida, parte de su cocina, que no se parecía en nada a la nuestra. Solo había sido un vistazo, pero me había sorprendido. Creo que durante los últimos años me había hecho una imagen de la casa de ese hombre sin darme cuenta: una cocina sucia y pegajosa llena de platos y botellas, envases de comida precocinada, vasos con restos de whisky y basura acumulada.

Me pareció muy extraño que la puerta estuviera abierta, no había sucedido nunca, pero como no se oía nada, entré en mi casa y subí las persianas. Puse el ventilador de la cocina y me senté en una silla. De pronto, todos los recuerdos de aquella madrugada vinieron de golpe y la imagen de mi padre caminando nervioso de un lado al otro del pasillo hizo que me levantara como un resorte y saliera al descansillo.

Me acerqué a la puerta del vecino y metí un poco la cabeza. El pequeño vestíbulo era como el de mi casa, pero no había ningún aparador, sino un perchero vacío y una silla sobre la que había una gorra. No sabía qué hacer ni qué decir, mucho menos cuando, en ese mismo instante, me di cuenta de que no sabía cómo se llamaba ese hombre.

Estaba muerta de miedo. El hecho de que ahora fuera un anciano no mitigaba mi temor, y mi afición por la novela negra me llevaba a no atreverme a pasar y a imaginarme a ese hombre tirado en el suelo, quizás asesinado, con una mancha de sangre saliendo de su cabeza, como si finalmente se hubiera hecho justicia. Todo era absurdo, lo sé, pero en aquellos momentos mi razonamiento estaba bajo mínimos y solo hablaba mi miedo y mi paranoia.

Di dos o tres pasos y llegué a la cocina. Dije en alto (o eso creo) «¿hola?» y me quedé ahí parada con la vista fija en un frutero cubierto por un paño blanco y limpio rematado con un adorno de ganchillo del que asomaban dos plátanos. Todo estaba limpio y recogido, salvo el fregadero, donde había un par de tazas y un vaso. Sin saber por qué saqué el móvil y avancé por el pasillo. Estaba aterrada, pero sabía que no podía no hacer nada (como mi padre aquella noche fatídica) y eso me impelía a continuar avanzando hasta llegar al salón. Lo primero que vi fue una mesa grande llena de cuadernos y de dibujos hechos a carboncillo, a lápiz, a bolígrafo. No había mucho más, según creo recordar. Ni libros ni música ni televisión.

Di dos pasos y lo vi al lado del sofá. Estaba ahí tirado en una extraña postura. No había sangre, pero el viejo parecía desmayado o inconsciente. No sabía si estaba vivo o muerto. Yo solo quería huir, marcharme de allí, pero no podía moverme. La imagen de mi padre volvió a aparecerse y me agaché para tocarlo y ver si tenía pulso. Así era, así que sin saber cómo llamé a emergencias, que llegaron en pocos minutos. En ese lapso de tiempo, que se me hizo eterno, me dio tiempo a permanecer ahí a su lado como una estatua. Quería decirle algo, susurrarle unas palabras de ánimo, tal vez un «tranquilo, todo va a ir bien», pero era incapaz de pronunciar ni un sonido. Sabía que no debía moverlo y tampoco me hubiera atrevido, pero al mirar detenidamente su rostro sentí hacia él por primera vez tanta pena que posé mi mano sobre la suya, que estaba fría, y así estuve hasta que apareció la ambulancia.

Cuando se lo llevaron, volví a casa de mis padres, cuya puerta me había dejado abierta, me senté en la cocina y me puse a llorar. Lloré mucho, con una mezcla de sensaciones que en ese momento todavía no sabía explicarme ni entender. Ya por la noche, más calmada, llamé desde mi casa a mi madre para contarle lo que había ocurrido. Ella guardó silencio y solo dijo: «Lo que mal empieza mal acaba». Imaginé a mi padre, apesadumbrado en el sofá del apartamento, y guardando silencio, como siempre hacía cuando no comprendía algo.

La semana siguiente mi hermano fue a casa de mis padres para la ceremonia de subir y bajar las persianas y, quizá, asomarse a la ventana y luego me llamó para decirme que no sabía qué había sucedido con el vecino, que no se oía nada. Ahora ya no podíamos seguir llamándolo «el borracho».

La última semana se agosto me acerqué al piso y, antes de subir a casa de mis padres, entré en el mercado para comprar algo de fruta. Mientras esperaba mi turno, giré la cabeza hacia la derecha y lo vi. Estaba en la pescadería, parecía ensimismado, pero tranquilo, y mucho menos alto de lo que yo recordaba, con la espalda tan encorvada que prácticamente le debía resultar más sencillo mirar al suelo que de frente. No me vio y yo no hice nada por acercarme. No habría sabido qué decirle e ignoraba si él sabía que había sido yo quien lo había encontrado en el suelo del salón y había llamado a la ambulancia. Eso no tenía importancia ahora, que parecía haber salido del trance.

Compré fruta y verdura, algo de pollo y unos encurtidos. Luego subí a casa, pero nada más salir del ascensor vi que había algo en la puerta de casa de mis padres. Dejé las bolsas en el suelo y con la mano un poco temblorosa lo cogí. Era un retrato mío hecho a carboncillo. Era yo, con mi pelo, con mis rasgos finamente dibujados y captados, pero con un cierto toque infantil, como si aquel rostro fuera el rostro de mi infancia, pero dotado de trazos de adultez. No había firma, ni fecha, ni ningún tipo de mensaje.

Los ojos se me empañaron de lágrimas, que no quise retener. Luego, con el dibujo en la mano, me giré hacia la puerta de mi vecino y sin decir nada incliné un poco la cabeza no sé si en señal de respeto o de agradecimiento o de perdón. Ya no pude entrar en casa de mis padres, así que metí el retrato en el bolso, cogí las bolsas y me fui.

Esa es la última vez que vi al vecino. Mi madre nos contó que murió ese otoño. Y yo volví a acordarme de su cocina, limpia y recogida, del frutero con el paño blanco con el adorno de ganchillo del que asomaban los plátanos y de la mesa del salón llena de dibujos y me pregunté cómo era posible que, durante todos aquellos años, hubiéramos compartido rellano con alguien del que lo desconocíamos todo al otro lado de la puerta.

 

 

 

 

 

1 comentario en “Al otro lado de la puerta

  1. Me ha encantado este relato, es una preciosidad! Cuántas cábalas se habrán hecho en las cocinas sobre los personajes que han poblado, y siguen poblando, los descansillos de los edificios en los que hemos vivido…

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