Indigestión

Fueron necesarias tres señales para que empezara a darme cuenta: una foto, un anillo y un abrigo. Por este orden. La primera, la foto, me cogió por sorpresa. Ni Marcos ni yo somos muy dados a hacernos fotos y muchos menos a imprimirlas para ponerlas en casa. Por eso, cuando buscaba Invisible, de Auster, para dejárselo a una amiga, me sorprendió que aquella imagen apareciera entre sus páginas y precisamente en un libro titulado así. Estaba bien conservada, a pesar de que al menos habían pasado diez años desde entonces. No ponía ninguna fecha, evidentemente, pero era del principio de nuestra relación.

Marcos estaba más gordo, eso saltaba a primera vista, y tenía más pelo. Yo estaba más o menos parecida (bueno, eso creía, aunque daba la impresión de tener la cara más rellena), el pelo mucho más largo que ahora y un flequillo que hace años que ya no llevo. Pero todo eso daba igual. Allí, de pie frente a la estantería, no podía dejar de contemplar la escena: yo, apoyada en la barandilla de una terraza que daba al mar y Marcos, arrodillado a mi lado y ofreciéndome con gesto teatral un ramillete de puerros como si se estuviera declarando. Era el apartamento, ahora lo recordaba, de unos amigos con los que estábamos pasando un fin de semana. Aunque tenía un recuerdo vago del lugar, aquella escena volvió a mi memoria como si hubiera ocurrido hacía poco.

Nuestros amigos nos acababan de anunciar que se casaban y Marcos, después de que brindáramos por ellos, se había ido a la cocina y había vuelto con aquellos puerros y me había hecho una declaración de amor improvisada, patosa, pero con mucha gracia. Hacía mucho el tonto por entonces. En la imagen, los dos sonreímos. Él, con una sonrisa franca, enamorada, y yo entre divertida y asombrada. Mirando aquella foto me di cuenta de lo mucho que echaba de menos a aquel Marcos. Físicamente ahora estaba mucho mejor, hacía algo de deporte y seguía la misma dieta que yo desde que unos años atrás empezaron mis problemas digestivos, y eso le daba un aspecto más sano y atractivo que el de antes. Sin embargo, ya no hacía el tonto ni sonreía ni se me declaraba con un ramillete de puerros.

En esos momentos, aún con la foto en la mano, cerré los ojos y me di cuenta de que por primera vez en mucho tiempo sentía un calor en el estómago, que normalmente notaba frío y tirante. Me acaricié la tripa y suspiré. Aquella imagen, aquel recuerdo, lejos de provocarme malestar había hecho que mi sistema digestivo, siempre tan alterado, se calmara como por arte de magia, con una suavidad de la que ya ni me acordaba.

La segunda señal, unas semanas más tarde, fue el anillo. Digo «el anillo» porque es el único que Marcos me ha regalado en estos doce años. Dice que no entiende de bisutería, así que prefiere ir a lo seguro y comprarme libros o música. Estaba en una caja donde guardo broches que no me suelo poner a menudo y que ocupan mucho espacio en mi tocador. Fui a buscar uno porque esa noche tenía una cena especial de trabajo y rebuscando en la caja apareció ese anillo que tanta risa me había dado. Nunca me lo había puesto para salir a la calle, pero me gustaba ponérmelo en casa cuando venía alguna amiga. Era una bola de plástico transparente que dentro tenía un líquido lleno de purpurina. Era un anillo barato, casi de broma, pero Marcos lo había metido en una caja bastante lujosa y me lo había dado en nuestro primer aniversario.

Me senté en la cama y me lo puse. Luego, lo miré detenidamente y lo agité. La purpurina se seguía moviendo y yo sonreí al tiempo que notaba, por segunda vez en aquellas semanas, aquel calor tan reconfortante en el estómago, como si una especie de lucha hubiera cesado y todo estuviera bien allí dentro.

No tuve que esperar mucho a que apareciera la tercera señal: era un chaquetón rojo con unos botones enormes que se me había encaprichado un día mientras paseaba con Marcos y que él entró a comprar mientras yo estaba en la tienda de al lado. Me lo puse mucho, pero luego me cansé y lo llevé a casa de mi madre, donde ahora me lo encontraba después de mucho tiempo. Olía un poco a ambientador de armario, pero, aun así, me lo puse. Enseguida me sentí reconfortada, como me sentía en brazos de Marcos en aquellos tiempos. El estómago volvía a sentirse como antes, como hace años, sin dolores, sin molestias, sin esa tirantez que hacía que casi todo lo que comía me sentara mal, a pesar de haber eliminado el gluten, la lactosa, los huevos y mil cosas más que habían ido apareciendo en las pruebas y en los test a los que me sometía regularmente para dar con la clave de todas aquellas molestias. No era alérgica a nada, pero casi todo lo que comía me hacía daño.

Y entonces lo vi claro. No podía seguir negando la evidencia, no después de aquellas tres extrañas y sorprendentes experiencias. Así que me propuse llevar a cabo una prueba de fuego que me indicaría, más allá de unas vagas sensaciones, si estaba en lo cierto o me estaba volviendo completamente loca.

Con el chaquetón rojo puesto, bajé a la churrería que hay debajo de casa de mis padres y pedí media docena de churros y un chocolate. Me senté en una de las mesitas y aspiré el aroma que salía de la taza caliente. Hacía más de diez años que no tomaba una bomba de relojería como aquella para mi maltratado estómago, pero estaba decidida. Así que cerré los ojos, pasé las manos por el tacto suave de las mangas de aquel abrigo y rememoré cada detalle de la foto de la playa en la que Marcos se me había declarado con un ramo de puerros y luego traje a mi memoria el anillo de plástico con purpurina. Acto seguido, mojé un churro en el chocolate y luego otro hasta terminar la media docena. Luego me bebí lo que quedaba en la taza y esperé. Esperé a ver si me entraban retortijones o dolor, ese dolor agudo que me traspasa las tripas cuando no tolero algún alimento, pero allí no había nada. Bueno, sí, había una especie de calidez, de bienestar, que me indicaba que estaba en lo cierto.

Pagué y me fui directa a casa. Tenía que hablar con Marcos y tenía que hacerlo ya. Estaba viendo la tele. Con el chaquetón rojo puesto me senté a su lado y le indiqué que quitara el volumen.

—Marcos, ya sé por qué tengo tantos problemas de estómago.

—¿Por fin? ¿Estás segura? ¿Qué te han dicho?

—No, no me han dicho nada.

—¿Entonces?

—Lo he descubierto por otra vía.

Marcos abrió los ojos y subió las cejas, expectante.

—Es que no te digiero.

—¿Cómo que no me digieres?

—Pues eso, que no te digiero. Me he dado cuenta de que no te digiero.

—No te entiendo.

—Que los dolores de estómago que tengo son porque no te digiero —insistí.

—Será que no me quieres, en todo caso.

—No, de alguna manera te sigo queriendo.

—Entonces… Entonces es que no me soportas.

—Tampoco. Al menos no exactamente. Es verdad que hay cosas de ti que no soporto, pero imagino que tú tampoco soportas algunas mías.

—No te pillo, Sara.

—Es algo más global, Marcos, una especie de intolerancia.

—Esta sí que es buena, una intolerancia, dice.

Se hizo un silencio. Mis tripas seguían haciendo tranquilamente la digestión de los churros con chocolate, mientras Marcos luchaba por digerir lo que yo le estaba diciendo.

—O sea, que después de machacarme con la puta leche de soja, de avena o de alguna mierda de esas, de quitarme el pan y los bollos y de hincharme a tofu y seitán de los cojones ahora resulta que soy yo el que hace que te duela la tripa —explotó.

—Más o menos.

—Es que no me lo puedo creer. —Seguía con el mando de la tele en la mano y se lo pasaba de una a otra—. No me puedo creer que estemos teniendo esta conversación, Sara. Estoy alucinando. Es lo último que me faltaba por oír.

—Ya, es un poco raro.

—¿Raro? ¿Raro? Esto es acojonante.

Yo no sabía muy bien qué decir, así que permanecí callada, mientras Marcos se seguía cambiando el mando de mano.

—O sea, que te doy alergia. ¿Es eso? ¿Te parece que así dicho es correcto?

—No, Marcos, no sigas por ahí. No es eso. Es que la vida que llevamos ahora se me atraganta, se me hace bola, para que lo entiendas. Por eso te digo que no te digiero. Y por eso me duele el estómago.

—Esto es la hostia. Lo último que me faltaba por oír.

—Sí, ya lo has dicho.

—Y lo seguiré diciendo las veces que me dé la gana…

—Claro, claro. Solo lo decía porque te estás repitiendo.

—¿Repitiendo? ¿Repitiendo? Esto sí que tiene gracia. Tantos años soportando tu mierda de reflujo y ahora soy yo el que repite.

—No tiene gracia, Marcos. Y te estás poniendo demasiado borde.

—Pues yo me descojono. Mira. Ja, ja, ja. ¿Lo ves?

—Sí, lo veo —dije—. Imagino que tengo que aguantar esto. Es normal tu reacción, no creas…

—Ah, ¿que te has estudiado también cómo iba a ser mi reacción?

—No, estudiado no, más bien imaginado. O pensado.

—Sara la estudiosa.

—Marcos, yo también estoy un poco sorprendida. Todo esto ha sido reciente y ha sucedido de una manera muy rápida. Tal y como se estaba comportando, lo último que quería era explicarle cómo había llegado a esta conclusión.

—Y ¿cómo has llegado a esta conclusión si puede saberse?

Casi me atraganto. Empecé a toser tan fuerte que, en esos momentos, deseé con todas mis fuerzas que el chocolate con churros hiciera el efecto que debería haber hecho. Deseaba que me empezara a doler el estómago fuerte, tan fuerte, que Marcos me cogiera entre sus brazos mientras yo lloraba pidiéndole perdón por todas las tonterías que le acababa de decir. Él no era indigesto. Él era mi pareja. Él era el amor de mi vida. Lo churros me hacían daño y él me daba calor. Pero no era así. Ni el estómago me dolía ni Marcos me abrazaba.

—Bueno…, no ha sido solo una cosa. Vi una foto, la foto que nos hicieron cuando te declaraste con el ramo de puerros, y luego apareció el anillo de purpurina y hace un rato este abrigo, ¿te acuerdas?

Marcos tenía los ojos muy abiertos, la frente sudada y seguía con el mando en la mano.

—Pero ¿tú te estás oyendo, Sara? Que si una foto, que si un anillo, que si este abrigo… Sara, me estás preocupando, de verdad te lo digo.

—Son recuerdos del pasado, de nuestro pasado. Con ellos el estómago no me ha dolido. Y luego, bueno, no sé si decírtelo…

—Que estás con otro, vaya.

—Que no, joder, que no.

—¿Entonces?

—Pues que para probar que todo lo que te he contado es cierto acabo de hacer una prueba. He bajado a la churrería que hay debajo de casa de mis padres y me tomado un chocolate con seis churros. Y me han sentado fenomenal.

—Dime cómo se llama.

—… Eso no hace más que probar que estoy en lo cierto. No son los alimentos, no hay nada a lo que sea intolerante, no hay nada que se me indigeste. Bueno, sí, tú. Eres tú, es nuestra relación…

—¿Es del trabajo?

—A mí también me parece mentira, pero es así. He debido somatizar o algo así…

—¿Lo conozco?

—De hecho, al principio no tenía problemas de estómago, ¿te acuerdas?

—Cómo he podido no darme cuenta, joder.

—Si quieres hacemos otra prueba para que me creas. Elige un alimento, el que quieras, y verás que lo que digo es cierto.

—Para, Sara, por favor, no puedo más…

De pronto, empezó a sonar la tele. Marcos le debía haber dado al volumen sin darse cuenta en uno de los vaivenes del mando. Los dos miramos la pantalla sin decir nada. No sé qué estaba viendo cuando yo llegué, pero ahora una mujer explicaba cómo actuar cuando alguien se atragantaba. No había que dar golpes en la espalda. Lo mejor era toser. Si esto no funcionaba, había que abrazar a la otra persona por detrás y hacer presión en el esternón para que expulsase aquello que lo estaba ahogando.

Tras una breve pausa, los dos nos miramos sin movernos de nuestro sitio. Aquello, sin embargo, parecía haber hecho reaccionar a Marcos. Se levantó, fue a la cocina y volvió con una bolsa de nachos picantes que yo nunca había visto hasta ahora. Me la ofreció en silencio. Yo la abrí y, ya sin pensar en nada, ni en la foto, ni el anillo, ni en el abrigo, empecé a comerme los nachos hasta terminar la bolsa.

Marcos me miraba fijamente en silencio, con el ceño arrugado, preocupado y en tensión, como si de un momento a otro tuviera que intervenir. Cuando acabé, me limpié los labios con uno de los tisús que había encima de la mesa del salón y suspiré.

—Qué, ¿a que te duele la tripa? Ya verás cómo en un rato te tengo que llevar al hospital… Si te conoceré, yo, … Menudo susto me has dado, Sarita.

 

 

 

 

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