Año nuevo

No logro despertarme de la siesta. Trato de abrir los ojos,pero me cuesta, hay una especie de telaraña, algo denso que hace que vuelva a dormirme otra vez. Al cabo de un rato, intento abrirlos de nuevo y lo consigo solo a medias. Me da la sensación de que todo está oscuro en la habitación y en un extraño silencio, que me invita a sumergirme otra vez en el sueño. Noto el roce de la manta suave contra mi cara y el olor de la funda de la almohada, que he cambiado esta mañana. Siempre lo hago el día 31 porque me gusta empezar el año con sábanas y funda limpias. No hay nada como ese olor, evanescente, del jabón y esencia de lavanda. Me gusta posar la mejilla justo cuando el olor es reciente, aspirarlo con suavidad y sentir que es algo que me pertenece. Según pasan las horas, ese olor se va diluyendo y yo no quiero que se vaya, así que lo aspiro con más fuerza, sabiendo que es inútil.

Ese mismo olor me atrapa a esta hora indefinida de la última tarde del año. Es extraño que yo duerma siesta y más raro aún que dure tanto y que no pueda salir de ella. Tengo un poco de sed, pero el roce de la manta, el calor y el aroma de la almohada me invitan a seguir un rato más, a pesar de que tengo que terminar de envolver unos regalos y prepararme para la cena y la fiesta de esta noche.

Estoy tan a gusto que, por unos momentos, me planteo quedarme aquí, en la cama, arrullada por la manta suave y el silencio y la penumbra de la habitación. Imagino que lo hago. Que me vuelvo a dormir otra vez en esa especie de neblina que envuelve mi cuerpo y mi mente y que cuando despierto permanezco un rato más tumbada disfrutando de la estela del sueño.Luego me levanto despacio, perezosa, me pongo mis zapatillas de peluche y una chaqueta de lana y en lugar de dar la luz del salón enciendo unas velas. Ignoro qué hora es, pero no se me pasa por la cabeza mirar el reloj. Pongo música y me tomo una infusión con unas galletas de jengibre y canela que saboreo despacio. En ese momento, no pienso en nada ni en nadie, solo siento el calor de la taza en mis manos, el regusto de la canela en mi boca y la caricia de las zapatillas en mis pies.

La sensación de sosiego es tan grande que no sé si lo he imaginado o si me he vuelto a dormir y ha sido una ensoñación, pero esa placidez reconfortante no hace sino aumentar mi deseo de no moverme.

Cuando consigo salir del sueño, abro los ojos y veo que la habitación no está plenamente a oscuras, puesto que una luz tenue sale del armario. Me he dejado abierta una de las puertas y pienso en lo extraño que es porque en eso soy un poco maniática y es casi una norma autoimpuesta, que, antes de meterme en la cama, las dos puertas del armario ropero estén cerradas. Pero esa luz es tan frágil que tengo que encender la lámpara de la mesilla. Miro el despertador y veo que son las siete y media. Por un momento no me lo creo y vuelvo a mirar, dudando de que sea esa hora e incluso que sea 31 de diciembre y, efectivamente, yo tenga que levantarme en lugar de quedarme ahí, como en el sueño o en la ensoñación reciente.

Mi armario. Me gusta mirarlo cada noche cuando me acuesto.Es un armario elegido por mí y para mí y es muy bello y antiguo. Lo restauró una amiga y dejó el acabado que yo quería: un tacto un poco rasposo, primitivo,y al tiempo cálido y auténtico, con unos tonos beis haciendo aguas y formas que atrapan mi mirada y hacen que cada vez descubra nuevos recorridos. Es grande y tiene dos cuerpos, uno para la ropa de la oficina y otro para el resto. Y abajo unas baldas para los jerséis y unos cajones en los que guardo cinturones, adornos del pelo, pañuelos, medias y ropa interior. También tiene luz, esta luz que veo ahora. Era algo con lo que soñaba desde hacía tiempo. Quería una luz interior que iluminara, cada vez que abría sus puertas, las faldas, los pantalones, los vestidos, las chaquetas…

Todo está colocado tal y como yo quiero porque ahora, por primera vez, estoy sola y decido lo que me gusta y lo que quiero. Recuerdo con cariño el armario de mi habitación en casa de mis padres. Era mi pequeño refugio y tenía que hacer un auténtico esfuerzo de ordenación para que me cupiera todo. Aunque siempre estaba protestando porque no me cabían todos los jerséis, y las camisetas se arrugaban de estar tan pegadas las unas a las otras, era mi espacio. Tenía unas puertas correderas que acabaron por estropearse. Harta de oír cómo chirriaban y se desencajaban, las acabé quitando. Mi padre me colocó una barra de lado a lado y mi madre me hizo una cortina de tela muy gruesa con estampado japonés que desde entonces hizo las veces de puerta. Así como ahora observo con atención el acabado delicado de mi nuevo armario, en aquellos años miraba mucho el estampado de aquella tela y soñaba con ir algún día a Japón y ver esos cerezos elegantes y esas flores sutiles y pasearme entre ellos con un kimono de seda, suave, brillante y decolores delicados.

Me costó despedirme de ese armario cuando me fue a vivir con Julián. Tanto que me llevé la tela estampada que hacía las veces de puerta y la guardé en una caja junto con otros recuerdos. El armario que compramos para el piso era un armario metálico con espejo en las puertas. Nunca supe si me gustaba o no. A Julián le fascinó y era una estética muy habitual en aquella época. El que tuviera espejo nos hacía gracia en esos primeros años de mucha cama. También tenía puertas correderas, que con los años empezaron a chirriar y que costaba mover cada vez más. Los espejos, en los que apenas reparábamos ya,salvo para mirarnos cuando nos vestíamos para ir a trabajar, se habían convertido en un incordio para mí porque era difícil limpiarlos; a Julián le daba igual, pero a mí me gustaba verlos sin rastro de huellas de manos, y al tiempo me costaba cada vez más dejarlos inmaculados.

Así que cuando nos separamos y me vine a vivir a este apartamento solo tenía en mente una cosa: quería un armario bonito, grande y que tuviera luz dentro. Quería abrir sus puertas, por primera vez no correderas, y que una luz iluminara todas mis prendas, también por primera vez no apretadas sino colgando suavemente, sin presión, dejando que los tejidos pendieran a sus anchas. Aunque hay prendas que normalmente están en la parte del armario reservada a la ropa de trabajo, siempre hay algo, una blusa, una camiseta, una falda, que oscila de un lado a otro, porque me gusta usarlas también pasa salir, y me gusta ese juego de buscarlas y ver dónde aparecen.

Ahora, tumbada y envuelta en la manta, observo la luz que sale del armario y por primera vez me doy cuenta de que apenas ilumina y me sorprende comprobar desde este ángulo que la ropa no está tan suelta como yo creía, sino que hay cierta presión entre las prendas. Me he comprado cosas nuevas desde que vivo sola, pero también es verdad que no he tirado nada de lo que me traje del piso que compartía con Julián. Están ahí, las nuevas y las viejas todas revueltas, un poco sin ton ni son y eso me vuelve a sorprender. Yo, tan acostumbrada al orden y a la clasificación, no me he dado cuenta de esa mezcla extraña que ahora, a falta de puertas correderas que chirríen, me empieza a molestar.

Así que, sin pensarlo, me levanto y empiezo a sacar todas las prendas viejas. Sin saber cómo, he decidido quedarme solo con lo nuevo. Cojo vestidos, faldas, camisetas, jerséis y pantalones, lo dejo todo sobre la cama y empiezo a quitar perchas. Las pongo a un lado y en otro el motón de ropa doblada. He dejado aparte un jersey marinero, al que le tengo demasiado cariño,unos pantalones vaqueros, aunque ahora me están un poco apretados, y una camiseta que me regalaron mis amigas cuando cumplí los treinta. No puedo deshacerme de estas prendas, así que busco una caja y las guardo hasta decidir qué hacer con ellas. El resto lo meto en bolsas de basura. Me hacen falta tres,no sabía que tenía tanta ropa.

Cuando acabo, me siento en la cama y observo que ahora sale más luz y que las prendas nuevas que he comprado los últimos meses penden con más soltura, disfrutando de más espacio, pero, precisamente por eso, obtengo una nueva visión de ellas, como si no las reconociera, como si no fueran mías.Sin lo viejo dándoles calor, esas blusas, esos pantalones, esas faldas, parecen intrusas, no me representan. Cuanto más las miro menos sentido encuentro en ellas, así que me levanto y las descuelgo para meterlas también en bolsas de basura.

Disfruto, ahora sí, de la cálida luz que sale de esa cavidad. La luz que yo quería cuando compré y restauré el armario. Suspiro y siento que dentro de mí también se ha abierto un espacio y se ha encendido una luz. Apago la lámpara de la mesilla y estoy tentada de tumbarme en la cama cuando,intempestivamente, surge un impulso dentro de mí que me lleva abrir la otra puerta. Paso la mano por todas esas faldas, vestidos, pantalones y americanas que uso para ir al trabajo y de repente todas esas prendas me parecen viejas,ásperas, rígidas. Ignoro de dónde sale esa sensación y el pensamiento que la acompaña y que hace que me pregunte qué hacen realmente ahí, como si fueran unas impostoras. No me gustan. No me gustan nada, así que las descuelgo con urgencia y con la percha y todo las meto en bolsas. Las perchas rompen el plástico y me parecen patéticas en su intento de escapar de su nuevo e ignorado destino, como si estuvieran luchando a brazadas por salir a flote o huir. Me molesta mirarlas, así que las saco a la terraza, junto con las otras bolsas y el resto de las perchas. Hace frío fuera y, como si me hubieran quitado unos tapones, de repente oigo petardos, gente cantando y coches tocando el claxon en la algarabía previa a la Nochevieja.

Regreso a mi cuarto y ahora sí, me tumbo de lado en la cama y me vuelvo a tapar con la manta suave para entrar en calor. Lo que veo me deja impresionada. El cuarto está en penumbra, suavemente iluminado por una luz acogedora que emerge y se expande de un armario casi vacío. Los cinturones, los pañuelos y la ropa interior siguen en los cajones, pero no me importa.

Las luces del armario dan un aspecto irreal al vestido para esta noche, que cuelga del galán. Es tarde ya, el reloj marca las nueve, pero eso no me inquieta, así que continúo tumbada, maravillada ante ese nuevo espacio y esa nueva luz que han surgido y que me permiten descubrir nuevas marcas en el interior del armario, nuevas formas, nuevas rutas. Y allí, tendida, me pregunto qué tendrá preparado para mí el nuevo año.

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