Laura, Laura, Laura

Recuerdo que al principio no entendía la mitad de las cosas de las que me hablaba. Íbamos al cine a ver una de esas películas orientales en versión original y luego filosofaba un rato sobre la poesía de las imágenes que acabábamos de ver. Yo la agarraba fuerte de la cintura y acariciaba su brazo blanco, mientras ella de repente se paraba en medio de la calle para reírse y abrazarme y decirme que yo era un encanto. Por aquel entonces, a mí me gustaba el cine americano de toda la vida, las películas de acción y por qué no, también alguna romántica con una de esas actrices tan delgadas de Hollywood.

Estos ratos a la salida de las películas japonesas o chinas eran los mejores. Lo peor era cuando nos juntábamos con sus amigos. Al igual que Laura, sus amigos eran todos un poco raros. Recuerdo ahora con añoranza la primera vez que los conocí. Estaban todos juntos, sentados alrededor de una mesa de un café viejo hablando muy alto y bebiendo pacharán, excepto Laura, que siempre tomaba leche. Esa primera vez no abrí la boca,excepto para beberme todos los vasos de pacharán que pasaban por mi lado.

Luego los seguí viendo en otras ocasiones y empecé a conocerlos mejor. Había uno, bastante alto, que estaba obsesionado por la metafísica y otra, delgada y fumadora de tabaco negro, que invitaba a sus amigos a que pintaran las paredes de su casa con haikus, y otro más, con el lóbulo de la oreja dilatado por un aro enorme, al que le fascinaban las películas de encerrados, de ahogados y de gente claustrofóbica en general.¡Ah! y una chica a la que le daba por escribir todo cuentos de monjas, aunque ella no tenía mucha pinta de haber pasado por uno de esos colegios.

El peor, sin duda, era uno calvo, que en cuanto podía se ponía a hablar de los personajes en la literatura, que si planos, que si redondos, que extras, o si no, sobre el papel de la novela, la finalidad de la escritura y rarezas semejantes. Como se puede ver, una panda de tarados, sí, pero una panda a la que yo, como novio de Laura y personal normal que era, todavía no podía pertenecer del todo.

No es que me hiciesen de menos, eso tampoco, pero yo veía que me quedaba al margen y que nunca me pedían mi opinión en esas tertulias que se montaban. Afortunadamente para mí, por otra parte,porque no habría sabido qué decir la mayor parte de las ocasiones. Mi desplazamiento era tal que, a pesar de las sonrisas de auxilio que Laura me lanzaba de vez en cuando, decidí que tenía que hacer algo al respecto.

Revisé las chaladuras de los amigos de Laura una por una y al final opté por hacerme yo también raro. Me decanté por la superstición, un campo bastante amplio en el que en seguida podría desenvolverme con facilidad, puesto que es una ciencia bastante doméstica para la que no es necesario estudiar.

Al principio me pareció que mi conversión iba a ser un proceso poco molesto. Tan solo tenía que evitar pasar por debajo de una escalera, cruzar los dedos si se me cruzaba un gato negro,evitar romper un espejo y no brindar con agua. Lo malo era que en muchas de las ocasiones en las que me podía mostrar como un verdadero supersticioso me encontraba solo, ni siquiera Laura podía ser testigo de los cambios que estaba introduciendo en mi personalidad. Así que opté por radicalizar un poco mi postura y añadir a mi nuevo carácter de supersticioso el de maniático.

En las primeras veladas, empecé a dejar escapar algunos detalles. Por ejemplo, carraspeaba muy fuerte tres veces antes de hablar, aunque fuera una frase muy corta. También me dio por beber granadina con leche merengada y por vestir siempre de azul.

Al cabo de unas cuantas semanas, coseché mis primeros éxitos. Los amigos de Laura empezaron a invitarme a salir con ellos al cine en versión original o a preguntarme mi opinión sobre algunos temas, como la creatividad durante la menopausia.

Yo estaba muy contento, por eso no me di cuenta de que Laura se alejaba cada vez más de mí. Embelesado por mi nueva personalidad y por la calurosa acogida que había tenido entre sus amigos, no era consciente de que Laura había dejado de sonreírme y de que ya casi nunca me abrazaba y se reía cuando salíamos del cine.

Que las cosas iban realmente mal lo supe el día que, en lugar de ver El vagabundo de Tokyo, Laura propuso ir a ver la última entrega de la Guerra de las Galaxias y luego cenar un bocadillo en alguna parte. Al principio pensé en un bocadillo de arroz,teniendo en cuenta sus gustos culinarios, pero enseguida capté el verdadero alcance de aquella propuesta. Laura estaba dispuesta a todo por reconquistarme,incluso a comerse un bocadillo de jamón.

Yo sufría al verla así, pero tengo que reconocer que podía más el calor y la admiración que me profesaban sus amigos,esa panda de chiflados, en la que ahora era un chiflado más.

Un día tuve que decidir entre Laura y sus amigos y opté, claro, por sus amigos. No tenían la piel blanca de Laura, pero me preguntaban todo el rato cosas que yo tardaba cada vez más en responder porque además de carraspear tres veces antes de hablar, tenía que cruzar y descruzar los brazos otras tres veces. Enseguida me di cuenta de que el número tres iba a tener una importancia capital en mi vida, y no solo por lo que he contado, sino porque, además, entre otros detalles, me bebía tres copas de granadina con leche merengada, eructaba tres veces y me sacudía tres veces la chaqueta azul, los pantalones azules y la camisa azul antes de marcharme a mi casa.

Aún en esos momentos de máximo esplendor para mí y de franca decadencia para Laura, ella seguía intentando acercarse,volverme a enamorar. La noche antes de la ruptura insistí en que teníamos quehacer el amor tres veces, fumarnos tres cigarrillos y comernos luego tres bocadillos. Laura estaba dispuesta a todo eso, menos a lo de comerse tres bocadillos.  Así que ese fue el final.

Laura no volvió a aparecer por el viejo café para tomarse sus vasos de leche y tocarse la melena pelirroja y desordenada.Luego fueron pasando los meses y ya todos me conocían como el ángel azul,porque era el único color de ropa que usaba, como ya he dicho. Nos habíamos acostumbrado a quedar antes, porque con esto de tener que hacer casi todas las cosas tres veces, necesitábamos más tiempo. Todos se sentaban alrededor de mí y esperaban a que yo carraspease tres veces para empezar a hablar, pero bastaba que yo me levantara para ir al baño o simplemente para irme a casa para que automáticamente la tertulia se diera por concluida. En fin, se notaba que me había convertido en un auténtico líder.

Aún así, un día me sorprendí echando de menos los brazos blancos de Laura y sus pecas casi invisibles. El corazón me decía que tenía que volver a conquistarla, y que para eso yo tenía que volver a ser el chico normal que era antes, cuando ella me conoció.

Pensé que, si había pasado 26 años de mi vida siendo un chico normal y unos meses de supersticioso maniático, no me sería del todo difícil volver a mi primer estado. Un día la llamé y le propuse ver una de las películas orientales que tanto le gustaban y a las que yo mismo había terminado enganchándome.

Ella aceptó gustosa, según pude apreciar por su voz. Le debió parecer un detalle que yo me sacrificara por ella yendo a ver una película asiática. La verdad es que sí que había hecho un verdadero sacrificio, pues había aceptado sustituir mi camiseta azul por una negra para que ella viera que yo era el de antes, el chico normal del que se había enamorado.

Las semanas han ido pasando desde entonces y no nos va del todo mal. Yo sigo insistiendo en hacer el amor con ella tres veces y ella acepta, pero a cambio de olvidar lo de los bocadillos.

Hoy hemos ido de nuevo al cine y yo, para hacerme el interesante con Laura, he hecho un esfuerzo y he comprado palomitas y regalices, como hacía antes. Me ha costado un montón acabar yo solo con la caja de palomitas que antes devoraba en diez minutos, aunque el regaliz se me ha dado mejor. Parece que a Laura la película le ha gustado mucho y eso ha hecho que vuelva a sonreír. También le ha debido agradar la arrocería a la que hemos ido después del cine porque se ha comido dos platos de arroz con verduras y se ha bebido cuatro vasos de leche. Yo, para demostrarle que no soy el maniático supersticioso del que ella se desenamoró, me he bebido tres copas de granadina, pero sin leche merengada.

Luego, de camino a casa, Laura ha empezado a dar pequeños saltos en la acera y a reírse mientras me abrazaba. Yo entonces la he agarrado fuerte de la cintura, he acariciado su brazo blanco y he pensado: «Todo va bien, todo va bien, todo va bien».

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