Si el amor se puede nombrar…

Te miro y no me cuesta esfuerzo alguno reconocer ahora,
tantos años después, tu mirada original, primera.
Un brillo un poco loco que se expande y que traspasa tejidos, ideas y estructuras
para llegar al corazón y emocionar.
Lo hacía antes y lo sigue haciendo ahora.
Era un brillo algo excesivo, quizá, para alguien como yo,
una luz expansiva que me asombraba y me hacía preguntarme,
a veces, de dónde salía y por qué.
Nunca había visto una mirada como aquella posarse en mi rostro,
en mis manos, en mi espalda.

Ahora te miro y compruebo esa misma mirada,
ese mismo brillo un poco febril que me inunda y se posa en mis ojos renovados
que ahora saben que en aquellos primeros días
sucedió un milagro que yo desconocía.
Empezó a construirse un amor que ya estaba hecho, en realidad,
que fue creciendo con palabras, caricias, elegancia, humanidad.
Un amor, ahora lo comprendo, sin pactos, sin normas,
sin estructura, sin envoltorio, sin condición.
Tan solo algo puro, expansivo, elástico, cálido,
mullido, reconocible, leal.
Un amor en el que lo único que hay que hacer es abandonarse, dejarse caer.

Más de media vida, un hijo y muchas vivencias después,
yo sigo viendo un hombre completo, cada día más sabio y ligero.
Un hombre que me interesa, que me sorprende, que me divierte.
Un hombre profundo de raíces poderosas al que le gusta volar y
que me envuelve en sus alas y me lleva adonde yo a veces no me atrevo a mirar.
Me impulsa, me sostiene, me deja, me espera, me permite.
Comprende las líneas y las formas que me componen
o, si no, las intuye, me deja estar, me deja ser, me deja probar.
Él está y es siempre. Cuando río, cuando lloro, cuando entiendo,
cuando me obceco, cuando me enfado, cuando me doy,
cuando regalo, cuando me repliego, cuando soy y cuando no soy.
Siempre.

Lo sostiene con sus manos elegantes, con una sonrisa perenne,
con un corazón que acoge y recoge, que calma, alienta y comprende
más allá de las palabras, más allá de los gestos, más allá del silencio.
Una suerte de sabiduría ancestral, pero también cultivada,
enriquecida y en expansión.
Y así es el regalo de un amor que no preocupa, que es fácil,
que como una nube ligera envuelve, que lo cubre todo como el sol
y brilla como los cometas.
No sube ni baja, no aparece y se esconde, no viene y se va.
Simplemente es.
Se alimenta de sí mismo y brota.
Está arriba y abajo, dentro y fuera,
antes y después, aquí y allá.
Un todo donde no hay partes ni mitades, más bien la eternidad.

Respiro esta sustancia que me alimenta el alma y sonrío como antes,
cuando todo me parecía un sueño tan bello
y al mismo tiempo tan natural.
Ese hombre, rico en amabilidad, detalles y matices,
supo ver en mí la luz cuando yo solo veía oscuridad.
Y ahora, cuando mi sombra ha dado paso a otros horizontes,
él sigue aquí, ahora, siempre,
con la misma mirada, la misma sonrisa, las mismas manos,
la misma humanidad.
Me basta ver ese brillo y sentir su calor
para volver a cerrar los ojos y soñar.

Te quiero, ahora y siempre.

8 comentarios en “Si el amor se puede nombrar…

  1. Lo has vuelto a hacer.
    !!!Me has emocionado!!!
    No imagino el sentir de esa persona tan especial que acompaña tus días, al leer tan hermosas palabras.
    Y que suerte haber encontrado ese amor.
    Enhorabuena.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.