Tangentes

Vamos a empezar por el final. Por la forma. Por lo publicado en un periódico: «Grave accidente en la carretera R-405». Hace mucho que no leo periódicos ni veo la televisión, no sé si siguen siquiera publicando o emitiendo este tipo de noticias, pero supongamos que sí. Supongamos que un periódico online publica la noticia. El piloto y copiloto del coche están graves y las dos personas que viajaban en los asientos traseros sufren varios traumatismos. El accidente ha provocado una reacción en cadena y hay otros heridos leves. El atasco se extiende ya durante varios kilómetros y desde los luminosos de la carretera se informa del accidente y se sugiere una ruta alternativa. No vamos a utilizar lenguaje periodístico, para qué, al final solo interesan los datos. Todos sabemos cómo hablan los periódicos de los accidentes, de los sucesos. Tono neutro, datos sueltos, párrafos breves.
Es imposible plasmar la esencia de lo ocurrido. Nadie que lea esta información comprenderá la conmoción de los que han vivido ese hecho trágico. Solo distinguirán la forma, las líneas que trazan un relato, pero sin llegar a saber nunca lo que palpita debajo.
El lector desconoce, por ejemplo, quiénes son las personas que están heridas de gravedad, qué es lo que realmente produjo el accidente, más allá de las explicaciones de la policía. Ignora si las cuatro personas del coche iban adormiladas a trabajar o por el contrario charlaban sobre algo. Si eran solo compañeros de trabajo o amigos, o si alguno estaba enfadado con otro.
La persona que lee el suceso ignora que uno de los coches atascados decide salirse por el arcén y llegar hasta la gasolinera para repostar y aprovechar este tiempo perdido. Hace tiempo que debía estar ya en la oficina y es imposible que llegue a la reunión de las 9:00. Ha informado ya, es lo primero que ha hecho, pero está inquieto, no le gusta llegar tarde y menos aún faltar a una reunión importante. Todas las reuniones son importantes para él, pero si es una a la que por algún extraño motivo no puede asistir aún más. Así que llena el depósito y aparca el coche en una pequeña zona al lado de la gasolinera. Está a punto de abrir el portátil para ir respondiendo al correo, pero se permite tomar un café rápido en la gasolinera. Cuando ha pagado el repostaje ha visto que tienen una cafetera pequeña y un surtido de bollería recién hecho. Antes de darse cuenta ya está sentado en un taburete al lado de la diminuta barra. Ha pedido al hombre que atiende la gasolinera un café con leche y una palmera de chocolate. No recuerda la última vez que se ha tomado una palmera de chocolate, y aún menos para desayunar. Tendría que remontarse a su infancia, quizás. Pero hoy es un día diferente y, aunque por un momento se siente culpable por estar tomándose una palmera de chocolate cuando ha habido un accidente y encima él no está en la oficina cumpliendo con su deber, hay algo que le impele a degustarla con gusto. Incluso a mojarla en el café con leche, que se ha quedado lleno de migas. Pide otro café al hombre, al que agradece en su interior su silencio, que no le haya preguntado nada acerca del accidente. Acaso está muy acostumbrado a ellos, o tal vez sea un hombre discreto al que no le gusta meterse en la vida de los demás y no importunar a nadie mientras desayuna.
Ningún lector sabrá nada de esto, como tampoco sabrá que el hombre que se ha tomado una palmera de chocolate y dos cafés con leche hacía mucho tiempo, muchos años, que no disfrutaba tanto de un desayuno. Que en lugar de comprar un periódico o volverse rápido al coche a trabajar desde su portátil, se ha comprado un cepillo de dientes en la gasolinera y se ha lavado los dientes con calma, deleitándose en el simple hecho de hacerlo, y luego se ha mirado en el espejo y se ha visto algo demacrado, así que ha salido de la gasolinera y se ha sentado en una piedra grande frente al sol. Ha cerrado los ojos, ha suspirado y luego ha dejado de pensar por unos segundos.
Lo dejamos ahí, en una extraña calma, mientras en otro coche, una madre crispada por haber salido diez minutos tarde abronca a su hijo adolescente que, parapetado tras su música, ni la escucha ni la mira. Tiene la cabeza girada hacia el cristal y parece abatido, o simplemente está dormido o aburrido de su madre.
La noticia del periódico no refleja que, en un momento dado, el adolescente se quita los auriculares, mira a su madre y le pregunta: «¿Tú crees en la reencarnación?». La madre se queda callada, perpleja por esta salida de su hijo. Normalmente hacen el camino hasta el instituto en silencio. A veces es ella la que habla, o la que grita, está harta de salir siempre tarde, está harta de que deje el desayuno sin recoger, está harta de que no se duche. Da igual lo que diga, ella lo sabe, pero no puede callarse. Algunos días sí, porque está demasiado cansada o se siente abatida y superada por un trabajo asfixiante y un hijo al que últimamente no conoce. Lo mira como no lo ha mirado en los últimos meses y se da cuenta de todo lo que ha cambiado. No es solo la voz, es un rostro que ha perdido las formas redondeadas, aunque conserva esa nariz un poco infantil, y un cuerpo que ocupa cada vez más en el reducido habitáculo del coche. No sabe qué contestarle, la verdad, hace mucho que no habla con su hijo de nada y ahora no sabe qué responder a una pregunta tan trascendente. Ignora lo que se le puede haber pasado por la cabeza a su hijo para que se atreva a salir de su mutismo con ella y lanzar esta cuestión, seguramente sea por el accidente, aunque no tiene manera de averiguarlo.
Suspira, le mira a los ojos y le dice que no está segura, pero que hace años, cuando murió su hermano en un accidente de moto, sintió, por primera vez, que era absurdo que su hermano se hubiera ido así, de pronto, y para siempre. Que ella, en la intimidad de su duelo, supo que su hermano seguía estando, aunque no sabía dónde. Que le sentía y que le sigue notando, como si su alma fuera eterna y solo echara de menos su cuerpo, su presencia física.
Sin darse cuenta unas lágrimas se han escapado y ruedan por sus mejillas estropeando un poco el maquillaje. Cierra los ojos para conectarse con ese sentimiento que últimamente ha estado escondido, para acordarse de su hermano, cuando nota dos dedos adolescentes que acarician levemente su mejilla. Ella abre los ojos, mira a su hijo con infinito amor y agradecimiento e inclina un poco la cabeza para apurar un poco más el contacto con esos dedos que, inesperadamente, le acaban de dar un poco de vida antes de retirarse tímidamente.
Una simple lectura de la información en el periódico no basta para hacerse una idea de la tensión que viven otras dos personas. Un joven matrimonio que, al igual que el primer hombre, llega tarde a una cita. En esta ocasión, con el notario. Van a firmar la compra de su casa, un chalet adosado en un pueblo cercano. Han estado viendo varias casas, ninguno de los pisos les convencía, así que decidieron vivir un poco más lejos y comprar a un precio moderado un chalet adosado con una pequeña parcela. Los dos están nerviosos y contentos. Bueno, él más que ella. Ella no está segura del todo, pero el entusiasmo de su marido, su vitalidad, la apabullan y a veces hacen que no pueda pensar con claridad. Ella preferiría seguir viviendo donde residen ahora, pero es un apartamento y tal vez pronto se les quede pequeño. Eso dice su marido, pero ella duda de que quiera que el apartamento se les quede pequeño. Quiere seguir saliendo de vez en cuando con sus amigas, y hacer alguna cena en casa cuando él está de viaje. Quiere seguir yendo al cine, y no sabe si la chimenea del chalet adosado va a ser lo suficientemente fuerte para calentar el frío que a veces siente por dentro.
Ahora llegan tarde a la cita con el notario y, aunque han avisado por teléfono y les han dicho que no pasa nada, que el notario también lleva retraso, él se está poniendo demasiado nervioso. Ha perdido la vitalidad y la alegría habituales, y ella está extrañada. Más aún, cuando al hacer un par de comentarios tranquilizadores él ha contestado irritado. Se supone que es un día importante para ellos y ella debería estar igual de nerviosa. También lo está, pero por otros motivos. Se pregunta, no sin cierta vergüenza, si este accidente no será una señal de que no deben comprar la casa. No se atreve a decírselo a su marido, pero es lo que piensa. No se alegra del accidente, claro, pero una vez que ha tenido lugar confía en que el atasco se demore lo más posible. Cuanto más tiempo pase, más tiempo tiene para pensar, con urgencia e in extremis, si quiere o no firmar la compra de esa casa. Su marido mira por la ventana, por el espejo retrovisor, pero no ve nada, así que se baja del coche y camina entre el atasco. Ella lo ve andar entre los coches y observa su cuerpo rígido, su andar apresurado, los ademanes que hace mientras habla con otro conductor que también se ha bajado del coche. Y, de pronto, no lo reconoce del todo, y eso le da mucho miedo, así que se pone las gafas de sol, cierra los ojos y entona una canción de la infancia que le cantaba su abuela. Solo así espera sosegarse y quizás encontrar una respuesta.
Ningún lector sabrá nunca, tampoco, que tres o cuatro coches por detrás un estudiante de tercero de Biología decide encenderse el porro que todos los días se fuma a mediodía. Parece que el atasco va para largo y le da igual ir un poco colocado a la facultad. Total, va a llegar tarde de todas formas. Pone a toda pastilla a The White Buffalo y se enciende el porro con gusto. No baja las ventanillas, no quiere que huela fuera porque hay varias personas que, impacientes y nerviosas, pululan entre los coches. El chico da caladas al porro y canta a media voz, desafinando y disfrutando de este inusual momento hasta que, de pronto, nota unos toques en la ventanilla y ve a una chica que le hace signos de que baje el cristal. Lo abre un poco solo y ella pregunta si le deja pasar. Él no sabe de dónde ha salido, pero unos instantes después se encuentra compartiendo su porro con esa desconocida.
Podríamos seguir así, asomándonos a otras ventanillas, introduciéndonos en otros coches, en otras vidas, pero vamos a dejarlo aquí por ahora. Total, el lector ya tiene bastante con lo suyo. Quizás la noticia le haya desasosegado o puesto de mal humor. Quizás la ha pasado de largo o ha leído solo el titular. Podrían pasarle muchas cosas, pero esto ya sería otra historia, ¿no?

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