Etiquetas

Siempre me dije a mí misma tres cosas: que no tenía madera de artista, que se me daban fatal las matemáticas y que era cobarde. Bueno, también me dije muchas cosas más, como «me da miedo cruzar un puente», «no me gustan los garbanzos», «soy incapaz de conducir» y cosas por el estilo.

Y como yo me decía todo esto, pues también me lo decían los demás: mi familia, mi marido, mis amigos, mis compañeros de trabajo, hasta los simples conocidos lo decían o lo pensaban.

Es el poder de las etiquetas. No hay que comprobar nada. No hace falta indagar nada. Te dan la información y una casilla donde las cosas están donde deben estar, y allí, simplemente, te asientas, te acomodas, te sientes seguro, y te vas adormeciendo plácidamente protegida por lo conocido.

Así son las etiquetas, te dan un lugar en el mundo, hacen que te reconozcas, te delimitan un espacio, cuyas dimensiones conoces y controlas.

Esta soy yo. Yo soy así.

Las etiquetas tienen un color definido. A veces son negras, a veces son blancas, a veces son rojas… La mía era de color gris pardo. Una etiqueta neutra, una etiqueta discreta, una etiqueta de marca blanca.

Y con esas etiquetas bien a la vista estudié Derecho, encontré trabajo en una gestoría, me casé, tuve dos hijos y fui a muchas comidas a casa de mis padres y de mis suegros en domingos alternos. Bauticé a mis hijos, preparé con esmero sus comuniones y sus cumpleaños, dejé pasar la oportunidad de montar mi propia gestoría con una compañera con menos etiquetas que yo y esperaba con cierta ansiedad las vacaciones de verano, que luego siempre me decepcionaban.

Mientras, seguía sin atreverme a cruzar ningún puente. Esto no es una metáfora. Me refiero a los puentes de verdad, como esos enormes de hormigón que hay en las autovías. No estoy hablando de los puentes colgantes de madera que se mueven según vas pisando y que hay, creo, en China. Debajo de esos puentes, de todos los puentes del mundo, no hay nada. Bueno, sí. Hay vacío, aire, algo etéreo e insustancial; así que, por mucho que pises una estructura de hormigón, tú te mareas, te agarras a quien está a tu lado y cierras fuerte los ojos hasta que llegas hasta el otro extremo.

Poco a poco te vas sintiendo cada vez más cansada. Es el trabajo, es la casa, son los hijos, son los padres. Tú misma. Y todo empieza a pesar demasiado. ¿Está esto también dentro de las etiquetas y acaso no lo has leído?

Un día estás tan cansada que no puedes ni levantarte de la cama. Lo cierto es que no se está tan mal allí. Te sientes cómoda, ya no tienes nada más que hacer, solo sufrir. Y cómo te cuidan y con qué lástima. Eso está muy bien, sí. Por fin alguien repara en ti, en tu cansancio, en tu esfuerzo, en tu sacrificio. Ahora les toca a los demás cuidarte, a los médicos, a tu marido, a tus hijos. Ahora podrán darse cuenta de todo lo que has hecho por ellos.

Y pasas el día en la cama, cómodamente instalada en esta etiqueta que te has puesto: «enferma». A los demás también les gusta y les tranquiliza. Las cosas están de nuevo claras.

Estás enferma. Pobrecilla. Hay que cuidarla. No se lo merece. La vida es injusta. A ver si se cura pronto. Menos mal que le han dado la baja. Y que su marido está ahí, a su lado. Y sus hijos. Qué buenos hijos. Lo malo, sus padres, qué sufrimiento para ellos.

Pero el colchón se va hundiendo cada vez más y la almohada ya no es tan confortable. El edredón a veces es demasiado grueso y a veces demasiado fino. Empiezas a no estar tan cómodamente enferma en la cama. No te apetece leer ni ver la tele ni hablar con nadie.

Solo tú y tu cabeza.

La cabeza es muy importante cuando tienes etiquetas. La cabeza se aprende las etiquetas de memoria y luego no para de repetirlas, como un estudiante de oposiciones: disciplinada y férrea.

Después de muchos meses en la cama, comienza a picarte la espalda, y te notas, por primera vez en tu vida, incómoda. Y te empiezas a mover, a rascar; no lo puedes evitar, incluso te haces pequeñas heridas. Luego te pican los pies, las manos, los brazos, la cara. Y tocas fondo. Sientes el suelo duro y frío, y acabas donde nunca pensaste que acabarías: en la consulta de un terapeuta, un lugar donde jamás pensaste estar.

Es un suelo desconocido, pero que también tiene una etiqueta: «raro». Y lo raro no te gusta porque no sabes qué es, excepto eso, raro. Algo difuso y nebuloso.

Pasas los siguientes meses tambaleándote. Cómo cuesta andar y mantenerse de pie cuando solo quieres estar en la cama, pero allí ya no estás tan a gusto como antes, cuando estabas «enferma».

Y esa terapeuta debe estar loca. Ha leído tus etiquetas, escritas con esa letra tan pulcra y tan clara, y las ha roto en tu cara. Delante de ti.

Así que vas a casa con la intención de escribirlas otra vez. Tienes buena cartulina, buena tinta y una caligrafía admirable. Pero ya no tienes fuerzas ni ganas; y lo dejas pasar, hasta que poco a poco te vas olvidando de las etiquetas y vas descubriendo, oh, sorpresa, que estabas confundida. Tan confundida…

Sí tenías madera de artista. Mucha madera, de hecho. Durante años te creaste un gran personaje, con un guion, sólido y consistente, con todas sus tramas y unos diálogos perfectos. Te das cuenta de que eres una gran escritora y cineasta. Y tú sin darte cuenta…

También reparas en que se te dan muy bien las matemáticas. Ahora lo sabes porque las restas te salen perfectas. Y eso haces: hallas la diferencia entre el personaje que te has creado y lo que tú eres. Y lo pones:

personaje – yo.

Y obtienes un resultado. Y lo pones también:

personaje – yo = sufrimiento.

Y, súbitamente, te sientes bien y sonríes. Y entonces, solo entonces, te das cuenta de otra cosa: para hacer esa resta hay que ser muy valiente.

6 comentarios en “Etiquetas

  1. ¡Cuántas conexiones con experiencias vividas o compartidas! Todo lo que escribes salpica a quien lo quiera leer, comprendiendo, claro. Gracias otra vez. Creo que me voy a hartar de agradecer en este blog 😉

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